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El Obispo Wenski - Artículos

Educación Católica - Mayo 2007

En varias Misas celebradas para los graduados de los colegios católicos de nuestra Diócesis, tuve la ocasión de citar el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los jóvenes durante su reciente visita pastoral al Brasil.  “...como el amor de Dios es infinito” él les dijo, “el Señor nos pide – mejor dicho – requiere que abramos nuestro corazón más ampliamente para que haya lugar para aún más amor, bondad y comprensión para con nuestros hermanos y hermanas, y para los problemas relacionados con nuestra comunidad humana...”

Por estar basada en la verdad total sobre la persona humana – su dignidad y su destino en este mundo (y más allá) – la educación católica ayuda a abrir el corazón de nuestros jóvenes más ampliamente y a extender los horizontes de su mente, para que haya lugar, en las palabras del Papa Benedicto, “para aún más amor, bondad y comprensión para nuestros hermanos y hermanas y para los problemas que afligen nuestra comunidad humana”.

Una educación católica sólida no se trata solamente de lograr una vida buena; también se trata de aprender como vivir bien.  Jesús le dijo a cierto joven rico, “Si quieres entrar en la vida, cumple los Mandamientos”. (Mat 19:17).  Los Mandamientos llevan a la vida, nos asegura Jesús, porque cumplirlos garantiza nuestra autenticidad.  Ellos son las señales de tránsito que nos mantienen en el sendero correcto, ese camino que nos lleva a Dios.

La educación católica no se satisface con solo conocer de los mandamientos.  La educación católica debe llevar a dar testimonio, lo cual es, simplemente, un “conocimiento aplicado”.  Pero ese testimonio no es tan sólo estar “en contra” de algo.  La verdadera educación católica no le enseña al estudiante a estar en contra del mundo, sino a enseñarle como estar a favor del mundo.  Por supuesto, esto no carece de retos – estamos rodeados por una sociedad hedonista y materialista, que está cada vez más secularizada, es decir: está organizada sin referencia ninguna a Dios.  Mas, ¿no es cierto que el Señor ya nos advirtió, “si el mundo los odia, sepan que primero me ha odiado a mi”?  Sin embargo, Dios ama al mundo, y nosotros también tenemos que amarlo.

Una educación basada en los valores católicos, presenta una perspectiva  en la que Dios importa – y en la que como Dios importa, también importa la obra de Sus manos, especialmente la obra hecha a Su imagen y semejanza, el ser humano.  Sí, Dios exige que no seamos del mundo.  No obstante, El no nos saca del mundo.  El nos permite quedarnos en el mundo, precisamente para que hagamos por el mundo.  Aún aquéllos que responden a una vocación a la vida enclaustrada, y al hacerlo dejan el mundo, nunca se vuelven “en contra” del mundo por ello.  Su misión – vivida en oración y contemplación – es siempre una misión para el mundo.  Los discípulos de Jesús siempre han de estar a favor  del mundo.  Y este estar a favor del mundo significa no volverle nunca la espalda a los problemas del mundo.

El sacrificio de los padres y de nuestras parroquias para apoyar la educación católica, valdrá la pena sólo si la existencia de nuestros jóvenes ya no es egocéntrica, sino que más bien está dirigida hacia el prójimo.  Fundamentalmente, esto es lo que trata de lograr la educación católica: preparar a nuestros jóvenes para estar vivos en Cristo y ser testigos de la esperanza.  De esta manera, ellos pueden estar a favor  del mundo: poniendo en práctica – con un corazón siempre más grande y una mente más amplia – lo que saben del amor de Dios, para que el mundo llegue a creer en Jesucristo y en El que lo envió.      

 


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