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El Obispo Wenski - Artículos

La Evangelización del Nuevo Mundo - Julio 2007

Hace quinientos años, comenzó la evangelización del Nuevo Mundo.  La historia del encuentro entre la población nativa y los europeos – como cualquier otra historia forjada por una humanidad caída – tiene sus luces y sus sombras: los misioneros trajeron la cruz y su mensaje de salvación; los conquistadores trajeron la espada.

A pesar de las probabilidades, el Evangelio encontró un hogar en el corazón de la población nativa de América, como lo encontró en las poblaciones europeas que una vez fueron paganas.  Hoy día está de moda descartar la sorprendente atracción que el Evangelio tuvo en estos pueblos, alegando que el cristianismo le debe su éxito a la espada.  Por supuesto que es verdad que algunas veces las personas fueron convertidas a la fuerza; mas también es cierto que cuando esto sucedió las “conversiones” fueron superficiales y los conversos, cuando podían, volvían rápidamente a sus antiguas costumbres.

No obstante, tales conversiones forzadas no cuentan toda la historia de la evangelización del Nuevo Mundo.  Ni la fuerza ni los favores especiales concedidos a los conversos pueden explicar el éxito de esta primera evangelización del continente americano.  Para muchos, si no para la mayoría de los nuevos conversos, el Evangelio fue percibido genuinamente como una buena nueva – y esto aún a pesar del mal ejemplo de muchos de los colonizadores europeos.  Esta es una sorprendente – y quizás increíble – aseveración para muchos estudiantes modernos de esta historia de los primeros tiempos.  Ellos han sido condicionados por un recuento “políticamente correcto” de esta historia – un recuento que se apropió de mucho de la “leyenda negra” anti-católica que por siglos ha predispuesto las historias de lengua inglesa de la exploración y la colonización americana.

Sin embargo, ¿por qué es sorprendente que los pueblos indigenos de este continente, como los aztecas de Méjico, encontrasen atractivo el cristianismo católico?  Estos pueblos habían rendido culto a dioses que exigían el sacrificio de sus propios hijos.  El cristianismo, por otra parte, presentaba a un Dios que más bien que exigirles sacrificios sangrientos, ofrecía Su Único Hijo sacrificado en la Cruz por ellos.  Por supuesto que tal Dios tiene que haber sido visto como una “buena nueva” por estos pueblos.

Hoy vivimos en un mundo secularizado – un mundo que se cree lo suficientemente sofisticado como para poder prescindir de Dios.  Sin embargo, el hombre está hecho de tal manera que si no pone su fe en Dios, acabará poniendo su fe en ídolos a pesar de toda su sofisticación.  En el siglo pasado, vimos y sufrimos el surgir de religiones sustitutas, el marxismo, el nacionalismo y otras por el estilo.  Estas ideologías muestran la misma sed de sangre que los antiguos dioses.  Y nuestra era “pos-moderna” aún tiene que purgarse de los ídolos sedientos de sangre que, como vemos en la licencia actual del aborto de nuestro mundo desarrollado, todavía exige que niños sean sacrificados en los altares de la conveniencia y la satisfacción propia.  Hasta la ciencia, con sus elusivas promesas de curas futuras, se convierte en un ídolo que exige que creemos y después sacrifiquemos vida humana embrionaria.

En el mundo de hoy, la religión es percibida como una imposición.  Sin embargo, como católicos, no buscamos imponerle nuestros puntos de vista a nadie.  La conversión “por la espada” simplemente no funciona.  Pero necesitamos hacer nuestra propuesta, y necesitamos hacerla con confianza renovada; y esta propuesta del Evangelio es, en realidad, una buena nueva.

El Papa Benedicto XVI ha notado con frecuencia: con demasiada frecuencia, el cristianismo es visto como una serie de negativos.  Si hemos de evangelizar a este mundo actual, tenemos que hacerlo presentando el Evangelio como una buena nueva: como la buena nueva del sí de Dios a la humanidad, un sí que nos ha sido revelado en la persona de Jesucristo, quien siendo verdadero Dios y verdadero hombre se revela como el rostro humano de Dios y la faz divina del hombre.  En Cristo, el hombre encuentra su verdadera identidad, su verdadera dignidad, y su verdadero destino.

Tal vez, como los aztecas de antaño, nuestros contemporáneos se cansen de sus ofrendas sangrientas a los ídolos modernos creados por nuevas ideologías  hechas por el hombre, y escuchen con oídos frescos y con un corazón ansioso la Buena Nueva sobre el Dios que amó tanto al mundo que nos envió a Su Único Hijo Engendrado.

 


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