10o Aniversario ordenación en el Episcopado - Septiembre 2007
El 3 de Septiembre marcó el 10o aniversario de mi ordenación en el Episcopado. Me asombra que ya haya transcurrido una década: los primeros seis años, serví como Obispo Auxiliar en Miami, los últimos cuatro aquí en Orlando, primero como coadjutor y luego como ordinario de esta maravillosamente vibrante Iglesia local. El 3 de Septiembre también tiene un significado especial para mi familia: fue ese día, en el año 1947, que mis padres se casaron. Si aún hubiesen estado vivos, mi ordenación como Obispo hubiera coincidido con el 50o aniversario de su boda. Sólo puedo darle gracias a Dios por ellos – y por la fe católica que me dieron.
El 3 de Septiembre es también la fiesta de un Santo Papa y Doctor de la Iglesia: San Gregorio el Magno (540-604 DC). Nacido en Roma, Gregorio vivió en tiempos desafiantes; sin embargo, probó ser un verdadero pastor, desempeñando su puesto, ayudando a los pobres, propagando y fortaleciendo la fe. Su ejemplo y su testimonio inpiran a los Obispos, aún con los retos de hoy, a hacerle frente a las grandes responsabilidades que nos han sido dadas con cierta ecuanimidad. El Papa Juan Pablo II escribió en Pastores Gregis: “El realismo espiritual lleva a reconocer que el Obispo ha de vivir la propia vocación a la santidad en el contexto de dificultades externas e internas, de debilidades propias y ajenas, de imprevistos cotidianos, de problemas personales e institucionales. Esta es una situación constante en la vida de los pastores, de la que San Gregorio Magno da testimonio cuando constata con dolor: ‘Desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos. Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular... Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? ... ¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña?’ (#23)
San Pablo dice: “Pues ¿cómo podría alardear de que anuncio el Evangelio? Estoy obligado a hacerlo, y ¡pobre de mí si no proclamo el Evangelio!” (1 Cor. 9:16) Sin embargo, como Gregorio y otros que han servido como sucesores de los Apóstoles, un Obispo nunca está solo al buscar responder a su vocación de ser un “siervo del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo”. Aunque cada uno de nosotros es en verdad un “siervo indigno”, podemos contar y contamos con las gracias extraordinarias del Señor Jesús, quien permanece siempre cerca de nosotros. Y, ciertamente, contamos con las oraciones y la colaboración de nuestros sacerdotes, diáconos, hombres y mujeres religiosos, así como con la de los miembros de los fieles de Cristo. Al reflexionar sobre mis 10 años de servicio como Obispo – y ahora 31 años como sacerdote – me vuelvo aún más profundamente consciente de cómo estas oraciones, y la colaboración de tantas personas llenas de gracia, han hecho posible que el Señor obre a través de mí, ayudándome – muchas veces a pesar de mí mismo – a enseñar, dirigir y santificar esa porción del rebaño del Señor que me ha sido confiada.
Y así, este 10o aniversario me ofrece la ocasión para darle gracias a Dios, mas también para darles las gracias a todos ustedes, el pueblo católico de la Arquidiócesis de Miami antes y ahora de la Diócesis de Orlando, por su continuo apoyo a mi ministerio, por todo lo que hacen conmigo promoviendo el Evangelio de Jesucristo, y por sus oraciones. Y lo único que deseo de ustedes es: “¡No paren!”.
|