La Política - Octubre 2007
Con frecuencia, cuando yo o uno de mis hermanos Obispos hablamos sobre una cuestión
de política pública – ya sea que se trate del aborto, la inmigración, la investigación de células madre, la guerra o cualquier otra cuestión “caliente” – somos acusados de “entrometernos en la política”.
Algunas veces, tales acusaciones se derivan de un malentendido de lo que la separación de la Iglesia y el Estado significa. Aunque la frase “separación de la Iglesia y el Estado” no aparece en la Constitución de los Estados Unidos, la Primera Enmienda, garantizando la libertad religiosa, fue diseñada por los fundadores de la nación que redactaron la Constitución para proteger las iglesias de una influencia y de un control estatal indebido. De todas formas, aunque los laicistas quieran darle de lado a la Iglesia y marginar cualquier discurso basado en la fe en la vida pública, los fundadores nunca tuvieron la intención de que la “cláusula de no-establecimiento” separara la fe religiosa de la sociedad.
Por supuesto, otros nos acusan de “entrometernos en la política” cuando no estamos de acuerdo con ellos en una u otra cuestión. Cualquiera que sea ciegamente leal a un partido – o a una posición ideológica – se disgustará con la Iglesia cuando ella o sus pastores estén en desacuerdo con ellos. Y como la Iglesia no tiene “partido”, habrá de estar en desacuerdo con uno u otro, o ambos, en cualquier número de cuestiones. El hombre de letras inglés G. K. Chesterton, bromeó una vez sobre las divisiones partidistas de su propio país: “Los progresistas quieren seguir cometiendo errores; los conservadores no quieren reparar los errores ya cometidos”. Tal actitud puede hacer que los partidarios de ambos lados se vuelven sordos y no oyen la voz de la Iglesia.
En la tradición católica, la responsabilidad ciudadana es una virtud. La participación en el proceso político es una obligación moral. Decir que los católicos deben poner sus creencias a un lado cuando ejercen sus derechos políticos, sería negarles a los católicos la oportunidad de hacer su propia contribución a sus conciudadanos de nuestro entendimiento del bien común y de las condiciones necesarias para el florecimiento humano en nuestra sociedad. La política no se trata de “imponerle” las creencias y los valores de uno a los demás; se trata, sin embargo, de hacer las proposiciones de uno en el foro público que es nuestro proceso democrático. Y decir que los católicos no deben escuchar a sus pastores, quienes como maestros buscan formar conciencias, de hecho viola tanto el espíritu como la letra de la Primera Enmienda – sin mencionar que también ignora las palabras de Jesús a sus apóstoles: “El que los oye a ustedes, me oye a mí”.
El Papa Benedicto XVI escribe en Deus Caritas Est, 28: “La Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables.” Por supuesto, ésta no es una tarea fácil: se nos reta a tener principios sin ser ideológicos, a ser políticos sin ser partidistas, a ser corteses sin ser sumisos, y a participar sin ser manipulados. (cf. Faithful Citizenship / Ciudadanía Fiel, Septiembre 2003)
La Iglesia tiene un papel definido y valioso que desempeñar en el orden político. Primero, la Iglesia tiene que educar a su pueblo y a otras personas de buena voluntad con respecto a sus enseñanzas y a las responsabilidades de los fieles. Mucho de lo que la Iglesia dice puede ser organizado bajo varios temas claves: la vida y la dignidad de la persona humana; el llamado a la familia, a la comunidad y a la participación; los derechos y las responsabilidades de la ciudadanía; una opción para los pobres y los vulnerables; la dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores; la solidaridad y el cuidado de la Creación de Dios.
Debidamente, la Iglesia analiza las cuestiones por sus dimensiones sociales y morales – cualquier cosa relacionada con la persona humana y su dignidad está de hecho dentro del ámbito de la Iglesia, que con toda razón mide la política pública contra los valores del Evangelio. Esto no es “entrometerse en la política”, sino un servicio de amor – y dejar de hablar con valor y coherencia sería un fallo en la caridad que le debemos a nuestro prójimo. |