La Navidad: El Regalo de Dios es el Amor - Diciembre 2007
“La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros.” Este bebé en el pesebre – tan pequeñito, tan indefenso, tan vulnerable, esta criatura es el Hijo del Dios Altísimo. La oscuridad de una larga noche – cuando Dios parecía tan distante y su voz tan silente – es disipada por la brillante luz de un coro de ángeles cantando con alegría las buenas nuevas: en el hijo de María, Dios y el pecador serán reconciliados.
El pasaje del evangelio que hemos escuchado, que es el prólogo de Juan a su evangelio, nos presenta a nosotros la totalidad del plan de salvación de Dios. El que estuvo con Dios al principio antes de todo y quien, como Dios, creó, trajo a la vida e iluminó todo en el mundo, ha entrado a este mundo – y lo hace no en un estilo pomposo que pudiese intimidarnos, sino en humildad. Viene a la pobreza de Belén, nacido de una mujer. Viene pequeño y débil, para que nos pudiésemos acercar a El sin temor, para que pudiésemos abrazarlo sin titubeo.
Al principio del Adviento de este año, el Papa Benedicto ofreció a su Iglesia universal un regalo adelantado de Navidad, su segundo encíclica, Spe Salvi, Salvado por la Esperanza. Hoy día, mucha gente vive sin esperanza – y no tenemos que mirar muy lejos para ver los síntomas de la desesperanza en nuestra Era Moderna. Lo vemos reflejado en varios de los males sociales de nuestros tiempos: el aborto, la promiscuidad, el abuso de drogas, el rompimiento de la familia. Lo vemos reflejados en la guerra y el terrorismo sin sentido. Lo vemos en la pobreza y en las enfermedades que afligen a demasiados en un mundo de afluencia escandalosa. Un mundo sin Dios, nos dice el Papa Benedicto, es un mundo sin esperanza.
Sin embargo, a causa de ese niño vestido en pobres pañales, rodeado de animales y pastores ignorantes, nos atrevemos a tener esperanza. “Cristo no nos salva de nuestra humanidad si no a través de ella; no nos salva del mundo, pero vino al mundo para que a través de El, el mundo pudiese ser salvado.” Papa Benedicto XVI, Urbe et Orbe 2006.
En el nacimiento de Cristo, la esperanza de la humanidad es restaurada. Por este motivo, hoy – más que nunca, miramos hacia el futuro con confianza renovada. A pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestra avaricia, nuestro orgullo, nuestra lujuria, nuestra envidia – estas cosas que son la raíz, la miseria humana, la pobreza y la guerra, no estamos perdidos. Dios se niega a darse por vencido en su creación: fue por amor que El nos creó; y en el amor somos redimidos.
Dios ha hablado. En la segunda lectura escuchamos: “En distintas ocasiones y de muchas maneras, Dios habló a nuestros antepasados por medio de los profetas.” Pero quién hubiese adivinado que un día Dios nos hablaría una palabra como es Jesús? De El, como nos dice Juan, en el evangelio, es la “gloria como el único Hijo del Padre, lleno de gracia y verdad.”: la verdad, en Jesús vemos cómo Dios es en verdad; gracia, en Jesús Dios es amor puro ofrecido sin ataduras.
Nos atrevemos a tener esperanza porque Dios nos ha dado su Palabra, quien es ahora y por siempre, Emmanuel - Dios con nosotros. La Navidad no se trata solamente del nacimiento de Jesus; pues como nos dice Juan, “Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios.” Por lo tanto, la Navidad se trata también de nuestro propio nacimiento en El “no por sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano sino de Dios”
Aunque el niño Jesús es el Hijo del Dios Altísimo es Hijo de María. Jesús es verdadero Dios, pero también es un verdadero hombre. En este Niño Dios, nos ofrece las pautas por las cuales la humanidad debe vivir. Navidad es, para nosotros, un festival de regalos, precisamente porque debemos imitar a Dios quien se ha regalado a si mismo a nosotros. Dios, nuestro Padre, nos ha enseñado su amor misericordioso en el nacimiento de su único Hijo – y nos llama a cada uno de nosotros a que sigamos sus pasos y cambiemos nuestras vidas, como lo hizo El, en un regalo de amor. |