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El Obispo Wenski - Artículos

Unidad Cristiana - Enero 2008

La Semana de Oración por la Unidad Cristiana comenzó el Viernes, 18 de enero y concluye el 25 de enero, un día observado en muchas confesiones Cristianas como la Fiesta de la Conversión de San Pablo.  No es por coincidencia que esta observación de toda esta semana concluye en este día – ya que la unidad entre los que reconocemos a Jesús como nuestro Señor y Salvador sólo puede ser el fruto de la conversión.  Dicha conversión, por supuesto, conlleva mucho más que cruzar la línea denominadora, es “metanoia”,un cambio radical de mente y corazón.  Por lo tanto, el tema de la observación de este año es particularmente apropiado: “Ora sin cesar”. (1 Tesalonicenses 5:17)  Como en el caso de San Pablo, la conversión no sucede a través del deseo del hombre; más bien, es el fruto de la gracia, un regalo del Espíritu Santo.  Un regalo así se puede buscar solamente orando sin cesar.

Este año también marca el centenario de estas semanas de oración.  Originalmente concebidas como “Las Octavas de la Unidad de la Iglesia” en el 1908 por Paul Watson, entonces un sacerdote Episcopal, la Semana de Oración por la Unidad Cristiana se ha observado anualmente por todo el mundo y a través de divisiones confesionales.  Desde el 1968, los materiales utilizados en las parroquias y congregaciones han sido preparados conjuntamente por la comisión del Concilio Mundial de Fe y Orden de Iglesias y el Secretariado para la Unidad Cristina de la Iglesia Católica.  Sin embargo, esta iniciativa no es una innovación moderna, ya que el mismo Jesús rezó al Padre “para que todos sean uno…”

Naturalmente, hay muchos temas que dividen a los Cristianos hoy día – muchos de estos temas tienen su raíz en disputas históricas o doctrinales.  Y ya que muchos de estos desacuerdos se originan de reclamos de diferir sobre la verdad, éstos no pueden ser simplemente mencionados de pasada.  El crecimiento del diálogo ecuménico, del cual esta Semana de Oración por la Unidad Cristiana es solo una expresión, está orientado hacia restaurar unidad al Cuerpo de Cristo, pero dicha unidad solamente se construye en la verdad, no a costas de la verdad.  El objetivo de cualquier diálogo no es el de socavar los reclamos de la verdad de los demás, sino entenderlos.

Sin embargo, gracias al Movimiento Ecuménico de este pasado siglo, los Cristianos hemos redescubierto nuestra “fraternidad” – que somos hermanos y hermanas en Cristo.  Esta fraternidad es notable en muchos pasos concretos hacia la cooperación entre iglesias – a todos los niveles – especialmente en extender la mano al pobre y al necesitado.  Estos pasos logran superar la sospecha mutua que en el pasado muy a menudo ha caracterizado las relaciones entre las diferentes Iglesias y comunidades eclesiásticas.

Y, mientras lo que todavía nos divide no es insignificante, lo que nos une como Cristianos es aún más significativo.  Fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, es la fundación común de nuestro Bautismo.  Este bautismo nos hace Cristianos y es el acuerdo fundamental, el común denominador, de todos los que participamos en el Movimiento Ecuménico.  Todos estamos de acuerdo que la salvación no se encuentra en ningún otro nombre que no sea el de Jesucristo y por lo tanto, el objetivo del Movimiento Ecuménico es un testimonio misionero en común  para “que todos puedan creer.”  Nuestro mundo necesita este testimonio.  Porque, como nos recuerda el Papa Benedicto XVI en su más reciente encíclica, Spe Salvi, “Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza.”

 


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