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El Obispo Wenski - Artículos

San Karl Frantz - Enero 2008

En el 1922, despojado de sus títulos, exiliado de su tierra natal, el que en un tiempo fuese Emperador de Austria y Rey de Hungría, Karl Frantz (Carlos I) murió con el olor de la santidad.  Casi inmediatamente después de su muerte, se abrió un proceso con vista a su posible canonización.  Un gran obstáculo fue vencido cuando el Papa Juan Pablo II lo beatificó en Octubre 2004.  El próximo paso, la canonización, tendría que esperar por dos milagros confirmados – como la Iglesia requiere, antes de que alguien sea elevado a los altares para ser venerado por el público de los fieles como santo.  ¿Quién hubiera soñado que uno de esos últimos milagros tendría lugar aquí en la Florida Central?

Los santos, en la forma en que cooperaron con los impulsos de la gracia de Dios, son modelos y ejemplos para todos nosotros; y debido a que compartimos con ellos la Comunión de los Santos, también son poderosos intercesores nuestros.

San Mateo nos habla del comienzo del ministerio de Jesús con estas sencillas palabras: “Jesús recorría todas las ciudades y pueblos…proclamaba la Buena Nueva del Reino y curaba todas las dolencias y enfermedades”.  Y, por supuesto, Jesús también ordenó a Sus discípulos que hicieran lo mismo.  Los milagros de sanación que Jesús realiza en el Evangelio demuestran cómo, en El, Dios se acerca a nosotros.  Tanto de los Evangelios se trata de los milagros que hizo Jesús, que tratar de eliminarlos explicándolos o descontando su posibilidad, haría el Evangelio completamente incomprensible.  Y, como el ministerio de Jesús y Su acercamiento a nosotros continúa en y por medio de Su Iglesia, negar que los milagros y las curaciones aún suceden sería rechazar la promesa de Jesús de permanecer con nosotros siempre – una promesa cumplida en el don del Espíritu Santo que nos guía y nos santifica.

Sin embargo, no todos “los signos y las maravillas” son demostraciones supernaturales del amor y de la compasión de Dios.  De modo que cuando ocurren curaciones y milagros, especialmente cuando tales maravillas tienen el propósito de edificar a las personas, la Iglesia inicia un cuidadoso proceso de discernimiento.  Un proceso así se ha llevado a cabo en la Diócesis de Orlando, en el caso de la curación, de otra manera inexplicable, de una mujer residente de la Florida Central que sufría de un cáncer incurable.  Durante su enfermedad, alentada por algunos amigos católicos, esta mujer – que no es católica – buscó la intercesión del Beato Karl.  Estos amigos supieron de Karl porque por la providencia de Dios, habían asistido a su beatificación en Roma.  

Durante los últimos 16 mese, se han recibido testimonios; se han reunido documentos, incluyendo declaraciones de los médicos que habían diagnosticado la enfermedad como incurable.  Todo esto se hace con la mayor discreción.  El 31 de Enero, personalmente entregué esta documentación al Postulador de la causa, quien vino aquí desde Roma para custodiarla – y ahora esperamos la decisión final de las autoridades apropiadas de la Iglesia.

El Concilio Vaticano II le dio renovado énfasis a la vocación a la santidad, a la que cada miembro del Cuerpo de Cristo está llamado en virtud de su Bautismo.  Como dijo el Papa Juan Pablo II: “como el Bautismo es una verdadera entrada a la santidad de Dios…..sería una contradicción conformarse con una vida mediocre, marcada por una ética minimalista
y una religiosidad vacía”.  Por lo tanto, examinar la vida del Beato Karl de Austria, o de cualquier otra persona propuesta para la canonización, es también un llamado a examinar nuestra propia vida.

Sin embargo, no hay un molde para la manifestación de la santidad – porque la santidad no elimina o reduce el carácter o la personalidad de una persona en particular; más bien, esa personalidad, ese carácter, se convierte en un prisma que refleja con colores y matices únicos la luz del mismo Cristo.  Cuando una vez en la clase de catecismo se le preguntó a un niño “¿Qué es un Santo?”, pensando en las representaciones de los santos en su parroquia, él contestó – un santo es una “ventana”.  Un santo tiene una cierta transparencia – que, como el vitral de una iglesia, refleja el resplandor de Jesucristo.  Ese resplandor, reflejado en la vida de Karl de Austria y guiado por su intercesión, aparentemente le llevó la sanación a una de nuestras vecinas aquí en la Florida Central.  ¡Deo gratias!

 


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