La Tortura - Febrero 2008
Durante la Cuaresma – y por supuesto en los Misterios Dolorosos del Rosario – nuestra mente y nuestro corazón se vuelven hacia la meditación en los sufrimientos de Nuestro Señor: Su agonía en el Jardín antes de Su arresto, Sus dolorosos azotes, la burla de la coronación con espinas, Su cargar la cruz y Su crucifixión. Hacemos bien en recordar cómo Jesús fue infligido con esto, con la sanción del estado, aunque sea tan sólo para comprender por qué la Iglesia, en sus enseñanzas, condena la tortura. El Papa Benedicto XVI, en un discurso pronunciado el 6 de Septiembre, del 2007, dijo: “A este respecto, reitero que la prohibición de la tortura ‘no puede derogarse en ninguna circunstancia’”. La tortura socava y degrada la dignidad humana tanto de las víctimas como de los perpetradores.
Como Presidente del Comité de Justicia y Paz Internacional de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, en los últimos dos años, he escrito varias cartas al Congreso urgiendo que se apruebe la legislación para prohibir la tortura como técnica de interrogatorio. En el 2005, nuestra Conferencia de Obispos tuvo éxito en alentar al Congreso para que adoptara disposiciones prescribiendo estándares uniformes para el interrogatorio de los detenidos, sostenidos por el Departamento de Defensa, y para que prohibiera el trato o el castigo cruel, inhumano y degradante de las personas bajo su custodia o control. El Congreso adoptó estas disposiciones. Sin embargo, la legislación que habría de expandir esta prohibición acerca de la tortura a otras agencias y a otros agentes del gobierno de los Estados Unidos, aún está siendo discutida calurosamente.
Los Estados Unidos deben ceñirse a los más altos estándares éticos y cumplir a plenitud con compromisos anteriores de observar la ley internacional en su trato de los detenidos. Esto debe aplicarse a aquéllos detenidos aquí en los Estados Unidos o en el extranjero o si han sido entregados por los Estados Unidos a sus aliados. Esto es importante para cómo los Estados Unidos son vistos en el extranjero; pero lo que es más importante aún, la dignidad humana es socavada una vez que nos permitamos continuar con la ética de que el fin justifica los medios.
La postura de “la fuerza hace el derecho” socava el imperio de la ley y le abre la puerta a la tiranía. En una sociedad abierta, el fundamento de la seguridad, de la justicia y de la paz tiene que estar basado en el respeto a la dignidad de cada persona, aliada o enemiga. No puede haber compromiso acerca del imperativo moral de proteger los derechos humanos básicos de cualquier individuo encarcelado.
Como nación, hemos defendido los derechos humanos. Hace mucho, que apoyar el Artículo Común 3 de las Convenciones de Ginebra ha sido la política de los Estados Unidos. Este Artículo prohíbe “el trato y la tortura crueles”, así como “ultrajes a la dignidad personal, en particular el trato humillante y degradante...” Mientras que combatir el terrorismo sigue siendo una prioridad máxima para nuestro gobierno, cualquier reporte del maltrato de un prisionero por los Estados Unidos o sus aliados probará, en última instancia, ser contraproducente en la guerra contra el terrorismo.
El terrorismo incita el temor; pero no podemos permitir que el temor nos deshumanice al buscar responder a amenazas muy reales. Al adherirnos al Artículo Común 3 de la Convención de Ginebra, comprometemos a nuestra nación a tratar a los prisioneros como demandamos que
nuestros enemigos traten a nuestro personal militar o a nuestros ciudadanos. El Congreso debe actuar para prohibir la tortura por cualquier agente del gobierno de los Estados Unidos. Tolerar o aprobar la tortura resulta no sólo en socavar nuestra credibilidad moral en el mundo, sino que también mina nuestro propio entendimiento como pueblo dedicado a la proposición que todos los hombres, creados iguales, “son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables...” |