Y por sus llagas hemos sido sanados - Marzo 2008
En el recuento de Isaías del Servidor que Sufre, él dice: “ Y por sus llagas hemos sido sanados” (Is 53:5).
Al contemplar la imagen de Jesús, golpeado, torturado, muriendo en la cruz – una imagen
representada tan gráficamente en la Pasión del Cristo de Mel Gibson hace un par de años-
debemos preguntarnos: Si ésta fue la cura, entonces, ¿cuál fue la enfermedad?
Y, por supuesto, a menos que reconozcamos la enfermedad – y nos reconozcamos a nosotros mismos como enfermos – no comprenderemos las dos principales lecciones catequéticas de la Semana Santa: que, ante todo, El murió a causa de nosotros, a causa de nuestros pecados; pero más importante, que murió por nosotros.
En la Ultima Cena, cuando Jesús anuncia que va a ser traicionado, todos los apóstoles le preguntan: “¿Soy yo, Señor?”. Y la Pasión seguirá siendo algo extraño a nosotros, a menos que reconozcamos que este sufrimiento y la muerte de Jesús fueron nuestra propia obra. Tenemos que hacer nuestra la pregunta que se hicieron los apóstoles – mas, al hacerlo, tenemos que responderla nosotros mismos: Yo soy Judas, el que traiciona; yo soy Pedro, el que niega; la multitud que grita, “Barrabás, no El”. Cada vez que he preferido mi satisfacción, mi conveniencia, mi voluntad, mi honor, a Cristo, mi respuesta a la pregunta es: “Sí, soy yo”.
Pero si Jesús muere a causa de nosotros, también muere por nosotros. “Y por sus llagas hemos sido sanados”. En esencia, ¿cuál fue esa enfermedad que requirió una cura tan drástica? Todos conocemos la enfermedad llamada arterioesclerosis – endurecimiento de las arterias. Quizás podríamos llamar la enfermedad que sufrimos y por la que Jesús sufrió y murió para salvarnos, “cardioesclerosis” – endurecimiento del corazón. Las Escrituras no usan esta palabra, por supuesto, pero encontramos sus equivalentes en la Escritura. Ezequiel habla de “corazones de piedra”; Jeremías habla del “corazón sin cincuncisar”; y Moisés, en el Libro del Deuteronomio, simplemente la llama “terquedad del corazón”.
Podríamos decir que la “cardioesclerosis” es una enfermedad genética. La heredamos de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Ellos le dijeron “No” a Dios y a Su voluntad. Ese pecado original representó un alejamiento de Dios, un dejar a Dios fuera del corazón, construyendo las murallas de piedra de nuestra propia voluntad. Y mientras se puede decir que esa “cardioesclerosis” está en nuestros genes, por así decirlo, se agrava con las decisiones de nuestro propio “estilo de vida” – las veces en que hemos ratificado ese “no” con nuestros propios pecados. Y en realidad esto es lo que la dureza de corazón representa en la Escritura: el rechazo a someternos a Dios, a amarlo con todo nuestro corazón, a obedecer Su ley.
En las Escrituras, el corazón es la sede de la vida interioir, el corazón representa el más profundo “yo” del hombre, su mismo ego – su inteligencia y su voluntad. El corazón es el centro de la vida religiosa, el punto donde Dios nos habla y nosotros decidimos nuestra respuesta a Dios. Cuando Jesús murió en el Calvario, los Evangelios nos dicen cómo el velo del Templo se razgó. Y esta Pasión, esta Semana Santa, se trata de razgar abierto nuestro corazón, rompiendo las piedras que rodean el corazón, que nos impiden decirle sí a Dios.
Jesús muere por nosotros. El es un verdadero hombre – Su obediencia subsana la desobediencia de nuestros primeros padres: el Jardín de Getsemaní redime, por así decirlo, el Jardín del Edén. El temor humano y la traición de Adán y Eva se encuentran con la confianza, el amor y la obediencia humana de Jesús de Nazaret, a quien Dios llama Su Amado.
Desde los tiempos del Antiguo Testamento, el Pueblo de Dios repetía la oración del salmista: “Crea en mí, Oh Dios, un nuevo corazón”. Y, por supuesto, es por esto que Jesús murió – para darnos ese nuevo corazón. Ese corazón puede ser nuestro solamente por medio de nuestro compartir Su Pasión, nuestro morir y resucitar con El del pecado a la nueva vida de la gracia, ese es el fruto del Bautismo. Esta semana somos llamados a estar con Jesús en el Calvario – y, al contemplar Su Pasión, Su Muerte, que ese terremoto que sacudió la tierra alrededor de Jerusalén y causó que el velo del Templo se razgara, también razgue nuestro corazón, rompiendo las piedras, venciendo la “cardioesclerosis” de nuestra condición humana. Entonces, la cruz de Cristo no nos parecerá más como “una locura y un escándalo”, sino, por el contrario, como “la fortaleza de Dios y la sabiduría de Dios”. La cruz se convierte no en un instrumento de tortura, sino en una razón para nuestra certeza, la prueba suprema del amor de Dios por nosotros. Con un nuevo corazón formado dentro del corazón atravesado del mismo Cristo, podemos decir con San Pablo: “En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor” (Gál 6:14). |