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El Obispo Wenski - Artículos

Humanae Vitae - Julio 2008

El pasado 25 de Julio marcó el 40 aniversario de la todavía controversial encíclica del Papa Pablo VI, Humanae Vitae (Sobre la Regulación del Nacimiento).  Muchos tanto dentro como fuera de la Iglesia – excitados sobre los innumerables cambios iniciados por el Segundo Concilio Vaticano – esperaban que la Iglesia cambiara su clara y constante enseñanza sobre la sexualidad humana y la procreación.  Proponentes del cambio en esta enseñanza argumentaban que el desarrollo de la píldora contraceptiva hacía dicho cambio no solamente posible si no imperativo.

Sin embargo, el Papa Pablo VI (aconsejado muy de cerca por el entonces Cardenal Wojtyla) se dio cuenta que mientras muchas cosas de la Iglesia debían ser modificadas (por ejemplo los ritos litúrgicos y el idioma habían cambiado a menudo en los dos mil años de historia de la Iglesia), nadie – ni siquiera el Papa – podía cambiar las enseñanzas recibidas de la Iglesia en asuntos de fe y moral. 

En Humanae Vitae, dando un ejemplo de valor eclesiástico, Pablo VI reafirmó la inmoralidad de recurrir a medios artificiales en la regulación del nacimiento.  Mientras el Papa Pablo VI y la Iglesia Católica estaban prácticamente solos en reafirmar que el fin de procrear y unificar del acto conyugal no podía ser moralmente arbitrariamente separado, es importante recordar que hasta el principio del siglo 20, esta era también la enseñanza constante de todos los otros cuerpos eclesiásticos cristianos – Ortodoxos, Anglicanos y Protestantes. 

Naturalmente, la Iglesia no está en contra del placer sexual como alegan algunos de sus oponentes; pero, más importante aún, estamos a favor de la felicidad del ser humano.  La promoción de dicha felicidad requiere el entendimiento del regalo de nuestra sexualidad como Dios lo pretendía.  Sexo, en el plan de Dios, es más que una “actividad recreativa”.  Como la feminista y filósofa católica, Janet Smith, indica: “… el sexo es para procrear bebés y establecer vínculos.  Si las personas no están listas para bebés y vínculos, no debieran envolverse en relaciones sexuales.”  ¿Y que son las nupcias si no una expresión pública de que la pareja está lista para esto? 

Una cuidadosa segunda lectura de Humanae Vitae – especialmente a la luz de la “revolución sexual” desencadenada en nuestra sociedad en los últimos 40 años – nos puede ayudar a apreciar cuan profético fue el Papa en sus advertencias sobre las graves consecuencias que una “mentalidad contraceptiva” tendría en la sociedad.  Los números de embarazos no deseados y los abortos no disminuyeron con la aceptación general de la contracepción – han aumentado.  Y la “píldora” en lugar de liberar a las mujeres de la dominación de los hombres la hizo más propensas a ser víctimas de la explotación sexual del hombre.  La ruptura de familias y la epidemia del divorcio en nuestra cultura, el aumento de la alta incidencia de mujeres teniendo hijos fuera del matrimonio, y la ausencia de responsabilidad adulta y la extendida “adolescencia” de los hombres, apunta – al mirar atrás – a lo correcto de Pablo VI y la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad humana. 

La Iglesia condena la contracepción artificial no solo por sus malas consecuencias.  Condena la contracepción artificial porque es intrínsicamente malvado (y porque es malvado, tiene malas consecuencias).  La contracepción es mala porque viola el propósito y la naturaleza misma del acto sexual – y al hacerlo, también viola la dignidad del ser humano. 

El Papa Juan Pablo II reafirmó Humanae Vitae a través de su pontificado.  Su “Teología del Cuerpo” ha buscado representar las enseñanzas  perennes de la Iglesia sobre la sexualidad humana en un idioma más accesible a nuestros contemporáneos.  El acto sexual, enseña él, implica darse a si mismo, un darse a si mismo denegado en el acto mismo de la contracepción.  Nuestro “lenguaje corporal” debe significar tanto como nuestras palabras.    La felicidad y el florecer humano no pueden ser construidas sobre un lenguaje insincero o sobre mentiras.  La contracepción – al igual que el sexo pre- o extra-marital – es una mentira porque niega un incondicional “Sí” del uno al otro que se implica en el acto mismo de hacer el amor. 

 


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