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El Obispo Wenski - Artículos

La Solemnidad de la Asunción de María - Agosto 2008

A través de los siglos, los poetas cristianos han cantado las alabanzas de María, la Madre de Dios y nuestra Madre.  El poeta americano Longfellow, la describe como “el alarde solitario” de nuestra caída naturaleza humana, porque María fue inmaculada desde el primer momento de su concepción.

La Solemnidad de la Asunción de María, celebrada el 15 de Agosto, está debidamente entendida a la luz de su Inmaculada Concepción.  El Segundo Concilio Vaticano, reafirmando la Tradición (y el Papa Pío XII declarando infaliblemente la Asunción como un dogma de la fe católica en 1950) enseñaron que “la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo” (Lumen Gentium #59).

Dios, en vista de su papel especial en la historia de la salvación, como la Madre del Verbo Encarnado, anticipó los frutos de la redención de Cristo y preservó a María de todo pecado – original y actual.

Celebrando este día de fiesta Mariana, observado como un día de precepto, reconocemos que Dios verdaderamente cumple Sus promesas.  La Asunción de la Santísima Virgen “asegura” nuestra esperanza de que Dios creó a la raza humana para más que simplemente morir.  Como aprendimos en el Catecismo de nuestra juventud, “Dios nos hizo para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida y para ser felices con El en la otra”.  Como María, cada uno de nosotros está creado a imagen y semejanza de Dios; y, como María, cada uno de nosotros está llamado a un futuro de esperanza, realizado en la visión de Dios en el Cielo.   

Por medio de su Asunción al Cielo, María participa ya en ese futuro de esperanza al que nosotros como pueblo peregrino aspiramos – gracias a la gracia del Bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios y herederos de las promesas de Cristo.  En su reciente encíclica, Spe Salvi, el Papa Benedicto XVI, exhortó a la comunidad cristiana – como un contrapunto al secularismo de nuestra era – a redescubrir esta perspectiva escatológica que siempre ha estado en el corazón de la proclamación del Evangelio. 

San Pablo escribe: “También sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes El ha escogido y llamado.  A los que de antemano conoció, también los predestinó a ser imagen y semejanza de su Hijo, a fin de que sea el primogénito en medio de numerosos hermanos.  Así, pues, a los que eligió los llamó; a los que llamó los hizo justos y santos; a los que hizo justos y santos les da la Gloria”. (Romanos 8:28-30)

Estas palabras están más que cumplidas en la vida de la Virgen María, quien se convirtió en la Madre de nuestro Salvador, “el primogénito en medio de numerosos hermanos”. En verdad, las palabras de Pablo tienen una aplicación única a María:  por su Inmaculada Concepción, ella fue “predestinada”; en el Misterio de la Anunciación, fue “llamada”; en su Asunción en cuerpo y alma al Cielo, fue “justificada”; y, en su Coronación como Reina del Cielo y de la Tierra, fue “glorificada”.

Por la voluntad de su Hijo, desde la cruz, nosotros somos sus hijos.  Y aunque somos pecadores, hacemos de María nuestro alarde.  Nos volvemos a ella con confianza, y pedimos que, por medio de sus oraciones y siguiendo su ejemplo de confianza obediente en la voluntad de Dios, nosotros también seamos conformados a la imagen de Jesús, su Hijo.  ¡O María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, pecadores, para que seamos dignos de las promesas de Cristo!

 


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