El
Obispo Wenski - HomilÍas
NAVIDAD 2005
Hoy, la Antigua Promesa está cumplida; el tiempo de espera ha terminado y la Virgen da a luz al Mesías.
Hoy, Jesús ha nacido para una humanidad en busca de libertad y de paz.
El ha nacido para todos aquéllos que están agobiados por el pecado, necesitados de salvación, y anhelando la paz.
Esa Santa Noche, cuando en el Silencio de la oscuridad y de la pobreza Cristo nació, ha marcado el comienzo de un Nuevo Día, lleno con la luz de una esperanza imperecedera, que dispersa las tinieblas impuestas al corazón humano por el temor y la desesperación.
A través de los siglos, los pueblos han clamado: ¡Ven, Señor, sálvanos!. Dios ha escuchado y ha respondido con una Palabra, Su Palabra Eterna. Esta Palabra hablada en el comienzo de los tiempos dio lugar a la creación de todas las cosas, visibles e invisibles. Ahora, esta Palabra, esta última Palabra, hablada en el tiempo, ha asumido nuestra carne mortal para que en El, y con El y por medio de El toda gloria y todo honor le sean dados una vez más a Su Padre Eterno. Sí, la Palabra del amor de Dios por Su Creación ha entrado en el tiempo y en el lugar de la criatura. Emanuel, Dios-con-nosotros, ha nacido.
Hoy, nuestra atención se dirige al pesebre. En miles de iglesias – desde las grandes basílicas hasta las humildes capillas rurales, un pesebre realza el decorado litúrgico de costumbre. Hoy, se nos invita a contemplar este “ícono” de la Navidad. Vemos a los animales, a los pobres pastores, vemos a la Madre que acaba de dar a luz. Vemos al asombrado y aún protector José. Y vemos al Bebé, colocado en un comedero – en un pesebre.
¿Quién podría imaginar que este pequeño Bebé es el Hijo del Altísimo?. Sólo ella – Su Madre. Ella sabe la verdad y guarda el Misterio. Hoy, también nosotros podemos unirnos a su mirada, y mirar a este Niño a través de sus ojos – a través de aquellos ojos de una fe simple e inquebrantable – y así reconocer en este Niño la faz humana de Dios.
Mirando al Cristo Niño a través de los ojos de María, la primera discípula, hace de la Navidad una verdadera escuela de fe y vida, un terreno de entrenamiento para nosotros, a cambio, asumir los riesgos y las alegrías del apostolado, para volvernos como María, bendita entre las mujeres porque ella escuchó la Palabra y la obedeció. En esta escuela de fe y vida que es la Navidad, también aprendemos la verdad y nos convertimos en guardianes del Misterio.
En el Evangelio de Lucas, el ángel le dice a los pastores: “Encontrarán a un bebé envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Dicen que una pintura habla miles de palabras. Y antes me he referido al pesebre como el ícono de la Navidad: porque los íconos en el arte de la Iglesia son dibujados de tal manera que hablan la Palabra de Dios por medio de los signos y de los símbolos representados en el ícono. Como el Papa Juan Pablo II dijo hace unos años en una Misa de Medianoche, mientras miraba al Cristo Niño con sus ojos penetrantes de fe que reflejaron tan bien para nosotros a los ojos de María, los ojos de un verdadera discípulo:
“El Niño acostado en un humilde pesebre: éste es el signo de Dios. Los siglos y los milenios pasan, mas el signo permanece, y permanecerá siendo válido también para nosotros – los hombres y las mujeres del tercer milenio. Es un signo de esperanza para toda la familia humana; un signo de paz para aquéllos que sufren a consecuencia de conflictos de toda clase; un signo de libertad para los pobres y para los oprimidos; un signo de misericordia para aquéllos atrapados en el círculo vicioso del pecado; un signo de amor y de consuelo para aquéllos que se sienten solos y abandonados.
Un pequeño y frágil signo, un humilde y callado signo, mas un signo lleno del poder de Dios quien por amor se hizo hombre”.
Dios ha guardado Su promesa. Dios ha hablado. Nos ha dado Su Palabra. Su Palabra es nuestra paz. Su Palabra es nuestra esperanza. Su Palabra es misericordia. Su Palabra es Jesús.
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