El
Obispo Wenski - HomilÍas
MISA CARISMÁTICA – FEBRERO 2006
Con mucho gozo me uno a Uds. en esta celebración eucarística que da clausura a su congreso. Espero que haya sido provechoso para todos Uds.; un tiempo de gracia, una oportunidad de experimentar como en las palabras de la primera lectura del profeta Isaías nuestro Dios sí está realizando algo nuevo. El está de verdad abriendo caminos en el desierto.
Y este algo nuevo es la salvación que el nos ofrece por el medio de la pasión, muerte y resurrección de su Hijo amado, Jesucristo.
En la primera lectura, Dios habló por medio de la boca de su profeta Isaías de cómo el pueblo no le había invocado, no se había esforzado por servirle sino que puso sobre él la carga de sus pecados. Y sin embargo, Dios borró los crímenes de su pueblo, y lo hizo por amor de si mismo.
Esta profecía se cumplió en la persona de Jesucristo – y como la Ultima Cena anticipó lo que él realizó en la cruz, el perdón que dio al paralítico también anticipó lo que Cristo realizaba en la cruz – porque el perdón de los pecados es algo que recibimos, no por nuestros propio meritos, sino es únicamente un fruto cosechado solamente de ese árbol de vida eterna, ese árbol en el cual fue clavado el Salvador del mundo.
En esta historia que nos cuenta San Marcos hay mucho que podemos aprender. Y lo que podemos aprender nos ayudará mucho a entender mejor lo importante que es la comunidad cristiana para nuestro bien espiritual y nuestro crecimiento en la fe.
El símbolo de los apóstoles, o el Credo de los apóstoles, termina con estas palabras:
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna.
Yo diría que las tres lecturas bíblicas de la misa de hoy ponen de relieve estas verdades que proclamamos en este acto de fe.
Creo en el Espíritu Santo: Ya vemos al Espíritu Santo trabajando en los corazones de esa gente sencilla, los pobres del espíritu que recibieron las palabras de Jesús con tanta esperanza y fe. La llegada de Jesús a predicar la buena nueva fue un ejemplo concreto del “Si” que Dios siempre ha dado a la creación, creada a su imagen y semejanza. Mas que un ejemplo de ese “Si”, es el mismo “Si” de Dios hecho hombre. La fe en Jesús, esa fe que los amigos del paralítico obviamente tuvieron viene del Espíritu Santo, pues como nos dice San Pablo nadie puede decir Jesús es Señor si no es por el Espíritu Santo. La fe es nuestra respuesta al Si de Dios, es nuestro propio “Si”.
Creo en la Santa Iglesia católica: Otra vez a luz de esta historia del paralítico curado por Jesús con la ayuda de sus amigos, podemos entender que dentro de plan de Dios el no nos salva a solas. Nos salva dentro de una comunidad, una comunidad que llamamos Iglesia a la cual hemos sido incorporados por el bautismo. Tenemos que vivir el “si” que damos a Dios dentro de la Iglesia.
Por su cuentas, el paralítico nunca hubiera llegado donde estaba el Señor enseñando en la casa. Por su cuentas, nunca hubiera podido desatar las tejas del techo para poder bajarse.
Como el paralítico necesitaba de sus amigos – y le ayudaron a llegar a Jesús porque obviamente ya habían creído en El – también nosotros, los unos a los otros, nos necesitamos. Necesitamos a la Iglesia para que dentro de esta comunidad podamos acercarnos al Señor, necesitamos a la Iglesia, que debe ser para nosotros, como nos dijo el Siervo de Dios, Juan Pablo Segundo, una escuela de oración y también una escuela de comunión.
Hoy en día, oímos a mucha gente decir que quieren a Jesús por no quieren a la Iglesia. Tal fe individualista no es la fe de los apóstoles. Cristo nos invita que lo sigamos – y al seguirle a El, nos incorpora al grupo de sus compañeros. Como San Pablo aprendió en el camino hacia Damasco, cuando se encontró con Cristo, Jesús se identifica con ese grupo. “Saúl, ¿por qué me persigues?” Jesús le preguntaba y más tarde Saúl ya convertido en Pablo, apóstol de los gentiles, nos enseñaría que la Iglesia es Cuerpo de Cristo. No podemos decir que amemos a la Cabeza y al mismo tiempo no amemos a su Cuerpo.
Como el paralítico necesitaba a sus amigos, nosotros necesitamos a la Iglesia – y no la Iglesia que quisiéramos tener sino la Iglesia que Jesús quiso que tuviéramos, la iglesia apostólica, la Iglesia fundada sobre la Roca que es Pedro. Y por eso, decimos, Creo en la Santa Iglesia Católica.
Y a esa afirmación, añadimos que creemos en la comunión de los Santos. Todos los bautizados formamos en Cristo un sólo cuerpo – aun la muerte no nos puede separar los unos de los otros. (Sólo el pecado nos puede apartar de Cristo y de su cuerpo.) Y el evangelio de hoy nos ayuda a entender el poder de esa oración que se llama la intercesión. En la comunión de los santos, cada uno puede ayudar al otro por sus oraciones, como los amigos del paralítico le ayudaron al interceder delante del Señor que hiciera algo por su amigo sufriente. La fe de nuestros compañeros nos alienta – pero al mismo tiempo, puede ayudarnos como la fe de sus compañeros ayudó al paralítico. Porque creemos en la comunión de los santos podemos pedir la ayuda de nuestros compañeros en la fe –de los que están con nosotros a nuestro lado en nuestras luchas diarias o de los que están ya en la gloria. La comunión de los santos nos hace entender que la necesidad de uno puede ser aliviada por los meritos de otros.
Creo en el perdón de los pecados. Esta es la consolación de nuestra fe católica – por esta fe, confiamos en obtener el perdón de nuestros pecados. Había una vez un hombre de mucha cultura, un Ingles que sorprendió a sus amigos porque se convirtió en católico. Asombrados, le preguntaron como pudo hacer tal cosa siendo el un hombre inteligente. Y él les comentó: Quería que mis pecados fueran perdonados. En la Iglesia Católica podemos conseguir el perdón de nuestros pecados, en este sacramento que cura las almas paralizadas por el pecado; o sea, en el sacramento de la Penitencia.
Algunos dicen que se confiesen a solas – directamente – a Jesús. Y desagraciadamente, demasiados católicos han caído en esta trampa. El paralítico no pudo volverse a Dios por sus propios esfuerzos. Ni tampoco podemos nosotros. A él le faltó la ayuda de sus amigos para lograr un encuentro personal con Jesús que le perdonó sus pecados. Y a nosotros nos hace falta el ministerio del sacerdote para que tengamos un encuentro personal con el Señor en el Sacramento de la Confesión.
Y es necesario repetir que fuera de circunstancias muy excepcionales, la confesión tiene que ser individual, o sea personal, como fue ese encuentro del paralítico con Jesús.
Por eso, al llegar aquí como su obispo recordé a los párrocos de esta diócesis que, aunque haya una celebración común, la confesión y la absolución es personal, individual. Como el Papa Juan Pablo II insistió hace más que 25 años, en la práctica de confesión individual, la iglesia defiende el derecho del hombre penitente de tener un encuentro más personal con el crucificado quien le perdona. Y además, es defender el derecho de Cristo encontrarse con cada uno de nosotros en este momento clave de nuestra vida el momento de la conversión.
Los fariseos se escandalizaron con el hecho de que Cristo tuvo la audacia de perdonar al paralítico. Y hoy, todavía, muchos se escandalizan porque la Iglesia católica dice que tiene poder de perdonarnos los pecados. Ellos decían: sólo Dios puede perdonar. En cierto sentido tenían razón; porque es muy difícil para nosotros perdonar de verdad. Pero, si entendemos a Cristo bien, vemos que el nos dice que perdonar no es un derecho exclusivo de Dios, sino que perdonar es el deber de todos los que lo seguimos. Por eso, nos enseñó en el Padre Nuestro rezar diciendo: perdónanos como nosotros también perdonamos a los que nos ofrenden. Por eso, dio a sus apóstoles el poder de perdonar en su nombre.
Porque es solo a base de este perdón que Dios puede crear este algo nuevo en nosotros, que abre caminos en el desierto. Es a base de este perdón ofrecido desde la cruz que las heridas de nuestra alma, la parálisis de nuestro espíritu hallan sanación. Y es a base de esta sanación que podemos afirmar al concluir la recitación del Credo de los Apóstoles:
Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna.
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