El
Obispo Wenski - HomilÍas
DIA MUNDIAL DEL MATRIMONIO – FEBRERO 2006
El mes pasado, el Papa Benedicto XVI publicó la primera encíclica de su pontificado. Ciertamente, su título y su mensaje pueden ayudarnos con lo que tratamos hoy al honrar a parejas casadas que están celebrando este año sus bodas de oro, de plata, u otro aniversario significativo:
Deus Caritas Est: Dios es Amor. Que Dios es amor, es la verdad fundamental que el Evangelio proclama al mundo entero. Es el corazón de la “Buena Nueva” de la Salvación.
Fuimos creados a imagen y semejanza de este Dios que es amor. Comprender que estamos hechos a la imagen y semejanza de Dios, puede ayudarnos a comprender por qué Dios puso dentro de la humanidad del hombre y de la mujer la vocación – y así la capacidad y la responsabilidad – del amor y de la comunión.
Hoy los honramos, porque su respuesta a esa vocación, con la yuda de la gracia de Dios, se ha mantenido a través de las pruebas del tiempo.
Su vocación a una vida en común vivida en el Señor; es decir, dentro de los lazos sagrados del Matrimonio Sacramental, es un testimonio del hecho que Dios ama a Su pueblo. Su reunión “en una carne”, en una relación de mutua y exclusiva fidelidad “hasta que la muerte los separe”, es una imagen y un símbolo del pacto nuevo y eterno que une a Dios y a Su pueblo. Como Sacramento, el Matrimonio es un signo vivo y externo del propio amor de Cristo por su esposa, la Iglesia. Su amor mutuo e incondicional, la mutua y exclusiva fidelidad de su amor mutuo, el que su amor esté abierto a la vida, expresado por medio de sus frutos – sus hijos y sus buenas obras – refleja el amor del mismo Cristo. El nos ama hasta el fin con un amor que es incondicional, fiel y, por medio de los dones de Su Espíritu derramados en nuestra vida, fructífero. Sí, por su amor mutuo – en la enfermedad y en la salud, en lo bueno y en lo malo – ustedes ofrecen un testimonio vivo de que Deus Caritas Est, Dios es Amor.
Es un testimonio que se necesita urgentemente hoy, cuando tantas personas – y la sociedad misma – están confundidas acerca del significado del matrimonio y de la familia. Hoy, más que nunca, necesitamos su testimonio sobre la verdadera “realidad de la vida”, sobre el supremo significado y la suprema verdad de la vida conyugal. Los muchos años que han compartido juntos – y ciertamente nadie puede pretender que fueron siempre fáciles o que no habrá días difíciles en el futuro – mas esos muchos años les han dado experiencia, aún más que experiencia, les han dado sabiduría. Ustedes tienen que compartir esa sabiduría si los jóvenes de hoy han de descubrir la vocación al amor.
Como señaló el Papa en su encíclica, frecuentemente la palabra “amor” es usada y mal empleada. Más comunmente, representa lo que los antiguos griegos llamaban “eros”; es decir, el amor erótico entre un hombre y una mujer. Mas la Iglesia, desde sus primeros tiempos, propuso una nueva visión del amor abnegado, expresado en la palabra “ágape”. El amor humano natural entre un hombre y una mujer es algo hermoso y sagrado, pero necesita disciplina y madurez, necesita ‘ágape’ para no perder su verdadera dignidad y su verdadero propósito.
Nuestra sociedad moderna ciertamente ha exaltado el “Eros”, mas al mismo tiempo también ha degradado al cuerpo humano, y al hacerlo ha empobrecido el Eros. El Eros, reducido simplemente al “sexo”, se ha convertido en una mercancía – una mera “cosa” que se compra y se vende. La falta de modestia, nuestra autocomplacencia con la ‘pornografía blanda’ que ha invadido nuestra cultura popular, no es un signo de que nuestra sociedad “se sienta cómoda” con el cuerpo – en oposición al supuesto nerviosismo mojigato de una generación anterior. Más bien, es un signo del desprecio de nuestra sociedad por el cuerpo humano. Hoy en día, los hombre y las mujeres consideran que su cuerpo y su sexualidad son puramente materiales – de alguna manera fuera de sí mismos, como si fueran “un equipaje extra o una concha externa” y así estar disponibles para ser usados y explotados cuando se desee.
Como católicos, no creemos que somos platónicos “fantasmas en máquinas” o “mentes sustantivas” cartesianas. Creemos que somos “cuerpos con almas” – tenemos una naturaleza humana, hecha de una unidad de cuerpo y alma. Nuestro cuerpo – y nuestra distinción en masculinos y femeninos – no son extrínsecos a nosotros mismos, a nuestro mismo ser; más bien, la sexualidad de nuestro cuerpo es parte de nuestra identidad como personas. Igual que como hablamos de un Sacramento como un signo exterior o visible de una realidad interior o espiritual, nuestro cuerpo despliega nuestra alma sacramentalmente.
Como nos recuerdan los Padres del Segundo Concilio Vaticano, el hombre sólo se puede realizar por medio del sincero don de sí mismo. La “Teología del Cuerpo” desarrollada por el Papa Juan Pablo II, habla del “significado nupcial” del cuerpo, porque el cuerpo humano, constituido masculino o femenino, revela el llamado del hombre y de la mujer a convertirse en un don mutuo, un don plenamente realizado en su unión en “una carne”. El cuerpo también tiene un “significado generativo” que (si Dios quiere) trae a un “tercero” al mundo por medio de su comunión. De esta manera, el matrimonio constituye un “Sacramento primordial” entendido como un signo que verdaderamente comunica el misterio de la vida y del amor Trinitarios de Dios al esposo y a la esposa – y por medio de ellos a sus hijos y por medio de la familia al mundo entero.
De esta manera, podemos hablar del lenguaje del cuerpo. El lenguaje de nuestro cuerpo puede comunicar los más profundos sentimientos de la persona humana creada por Dios para el amor y la comunión. Sin embargo, para ser auténtico, este lenguaje del cuerpo tiene que reflejar la verdad sobre la naturaleza humana com fue creada por Dios. Solamente las manifestaciones de darse a sí mismo que corresponden a ese verdadero deseo, a esa comunión de personas hacia la cual la humanidad está dirigida. Por esta razón, el adulterio y la cohabitación sin matrimonio, pasar sólo una noche y las llamadas uniones del mismo sexo, aunque ciertamente descritos por algunos como” eróticos” son en sí mismos incompatibles con nuestra verdadera vocación al amor. Estas expresiones de un fraudulento “lenguaje del cuerpo” no son dignas de la dignidad del hombre creado masculino y femenino a imagen y semejanza de Dios. Es un lenguaje fraudulento del cuerpo que tan sólo comunica un falso verdadero amor.
Sin embargo, el Eros, entendido de una manera apropiada, simboliza el apasionado amor de Dios por Su pueblo – y este Eros que atrae mutuamente a los sexos opuestos, “lleva a un hombre y a una mujer al matrimonio, a un lazo que es exclusivo y monógamo tanto como permanente”. Esto es exactamente lo que Jesús afirma, cuando citando el Libro del Génesis dice: “Por esta razón un hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos no serán más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún ser humano debe separar”. (Mateo 19:5-6).
Y por supuesto, una noción distorcionada del Eros no es siemplemente un producto de nuestros tiempos modernos. Aunque la vocación del hombre es amar, nuestra capacidad para amar fue herida desde ese pecado original de Adán y Eva. Debido a esta herida, encontramos las responsabilidades del amor muy retadoras, si no imposibles. Aún los apóstoles, cuando Jesús afirmó la indisolubilidad del matrimonio, se quejaron: “Si ese es el caso de un hombre con su esposa, es mejor no casarse”. (Mateo 19:10).
Como el Papa Benedicto urge en su encíclica, una comprensión correcta del “Eros” necesita ser redescubierta si el hombre y la mujer de hoy han de responder fielmente a su vocación al amor. Un balance entre el éxtasis del “eros” y el amor no egoísta del ágape, necesita ser restablecido. La clave para recobrar ese balance, nos dice el Santo Padre, se encuentra en una relación personal con Dios y en una comprensión del amor abnegado de Jesucristo.
Necesitamos la gracia para ser sanados de las heridas del pecado. Solamente la gracia santificante de Dios puede superar la dureza de corazón que llevó a Moisés a premitir el divorcio. Solamente por medio del poder redentivo del sacrificio pascual de Cristo fue restaurado el matrimonio según el plan de Dios desde el principio, y así fue elevado por el mismo Cristo a la dignidad de un Saramento.
Las esperanzas que las personas ponen en el matrimonio son crecientemente frágiles en nuestra época de divorcio fácil. Demasiadas personas, especialmente entre los jóvenes, son cínicas acerca de las responsabilidades de entrar en un matrimonio gozoso que habrá de perdurar hasta la muerte. Las esperanzas que las personas ponen en el matrimonio son capaces de ser cumplidas solamente aceptando el Evangelio.
Por esta razón, nos reunimos hoy en este “ágape”, en esta celebración del amor abnegado de Jesucristo que es la Santa Misa. Aquí venimos heridos, pero buscando la integridad en el médico de almas y cuerpos, Jesucristo. Y confiamos en el poder de Su gracia – la gracia que nos restaura a la salud espiritual que hace posible la reconciliación con El y con el prójimo, como está representada en el Evangelio de hoy con Jesús curando al leproso. De nuevo, les pedimos una vez más que renueven el compromiso que se hicieron mutuamente hace tanto tiempo, un compromiso que ha sido probado y refinado a través de los años, un compromiso que es ahora bendecido y enriquecido por la sabiduría de la edad. Y les damos las gracias por este testimonio.
Obispo Tomás Wenski
Febrero 12, 2006
Día Mundial del Matrimonio
Iglesia Católica de la Anunciación
Longwood, FL
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