El
Obispo Wenski - HomilÍas
HOMILÍA DEL RITO DE ELECCIÓN DE CATECÚMENOS - MARZO 2006

El Evangelio de hoy nos dice que el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde fue tentado por el demonio.
Porque era verdaderamente humano, como nosotros, Jesús fue tentado; mas a diferencia de nosotros, El no pecó. Pero es precisamente porque compartió nuestra lucha contra las tentaciones que nosotros podemos compartir Su victoria sobre el pecado, la muerte y el demonio. Y esto es lo que el Bautismo nos promete – porque si el pecado se paga con la muerte, en el Bautismo morimos con Cristo para el pecado, de modo que liberados de las trampas de Satanás, podemos resucitar con El a una nueva vida.
Entonces, el Bautismo es un don – el don de la vida, de la vida eterna. Mas como don tiene que ser aceptado, tiene que ser vivido. El siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, escribió en su carta apostólica al cierre del Año del Gran Jubileo 2000, Novo Millenio Ineunte: “Preguntar a un catecúmeno, “¿quieres recibir el Bautismo?” significa al mismo tiempo preguntarle, “¿quieres ser santo?”. Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial”.
Puede que recuerden ese viejo himno del jazz de Nueva Orleáns, y que en español diría: ¡Oh! Cuando lo santos, ¡Oh! Cuando los santos entren marchando, ¡Oh! cuando los santos entren marchando, ¡Oh! yo quiero estar en ese número cuando los santos entren marchando.
Bien, hoy ustedes están inscritos en ese número, el número de los elegidos, aquellos escogidos para hacerse santos en Cristo. Con su inscripción en el Libro de los Elegidos, ustedes están diciendo que quieren ser santos.
La palabra “santo” simplemente significa “uno que es santo”. En creol haitiano, el idioma en que prediqué todos los días por casi veinte años, “santo” se dice ‘Zanmi Bondye’ – un amigo de Dios. Esta es una hermosa, y yo añadiría, sumamente apropiada traducción, ya que los santos son amigos de Dios – y sólo uno que es santo puede afirmar que es amigo de Dios. Y eso es lo que el Bautismo nos hace: amigos de Dios, reconciliados con El por medio de la pasión, muerte y resurrección de Su Hijo Jesucristo, en quien y por quien somos bautizados y que, por la inhabitación del Espíritu Santo, entramos en la santidad de Dios.
Aceptar un don de amistad implica un “sí” al amigo y un “no” a todo lo que es incompatible con esta amistad, a todo lo que es incompatible con la vida de la familia de Dios, con la verdadera vida en Cristo. Esto es lo que está implicado en la palabra “metanoia” o conversión.
Conversión significa un darle la cara a y un darle la espalda al – un darle la cara al Señor y un darle la espalda al pecado. Mas esto no termina con el Bautismo; como católicos, creemos que esa conversión es la labor de nuestra vida. Nuestro peregrinaje terrenal siempre tiene que ser vivido como un continuo darle la cara al Señor, y, por consiguiente, un continuo darle la espalda al pecado. De aquí, las primeras palabras de Jesús que se encuentran en el Evangelio de San Marcos, las palabras que acabamos de escuchar, son éstas: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.
En la Vigilia de la Pascua de Resurrección, ustedes harán su profesión de fe. Y en la Pascua, a todos los que ya hemos sido bautizados se nos pedirá que renovemos esa misma profesión de fe. Esa profesión de fe, basada en el Credo de los Apóstoles, es nuestro “sí” a Dios. Es nuestra promesa de que – a pesar de cualquier prueba y tribulación que podamos enfrentar – caminaremos por esta vida como amigos de Dios, como amigos de Jesús y en compañía de Sus amigos que son Su Iglesia Católica.
Ahora, antes de que puedan decir sí, también tienen que decirle no a algo. En el desierto, Jesús le dice no a Satanás y a sus falsas promesas de poder, placer y vanas riquezas. Y, por supuesto, antes de que hagan esa profesión de fe la noche del Sábado Santo, se les pedirá que renuncien a Satanás y a todas sus obras y a todas sus promesas vacías.
Para ustedes, catecúmenos, la Cuaresma es un tiempo de preparaciones finales para ese día, el día de su renacer en Cristo. Para ustedes, la Cuaresma tiene que parecerse de alguna manera a la experiencia de Jesús en el desierto. Como Jesús oró y ayunó por 40 días, la Cuaresma también tiene que ser para nosotros un tiempo de oración y de ayuno, de modo que cuando llegue el Sábado Santo, ustedes estarán listos para que se les perdonen sus pecados en las aguas del Bautismo. Por medio de su ayuno y de sus mortificaciones, ustedes aprenderán – como todos nosotros tenemos que aprender – a decir “no” a nosotros mismos y a las inclinaciones pecaminosas de nuestra caída naturaleza humana para que podamos estar más listos para decirle “sí” a Dios.
El contenido de ese sí a Dios está expresado en los 10 Mandamientos. Y es importante que comprendamos que los Mandamientos no son sólo un paquete de prohibiciones. No se permitan pensar de esa manera en las obligaciones que asumirán como católicos. Seguro, como católicos no pueden faltar a Misa el domingo, ni pueden aventurarse en ninguna de las supersticiones de la Nueva Era; como católicos no pueden usar contraceptivos artificiales ni apoyar el aborto o la fertilización in Vitro o la esterilización; como católicos no pueden tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Ni pueden, como católicos, engañar a sus empleados o robarle a sus empleadores o pasar su vida persiguiendo las cosas materiales solamente. Todo esto y mucho más es verdad; pero los mandamientos no son imposiciones en nuestra vida o limitaciones de nuestra libertad. En realidad, los Mandamientos proyectan una gran visión de la vida y nos muestran el camino hacia la verdadera libertad.
Como dijo el Papa Benedicto XVI el pasado Enero, cuando bautizó a unos niños en la Fiesta del Bautismo de Nuestro Señor: Los 10 Mandamientos son un “sí” a un Dios que le da significado a la vida (los tres primeros mandamientos); un “sí” a la familia (el 4º Mandamiento; un “sí” a la vida (el 5º Mandamiento); un “sí” al amor responsable (el 6º Mandamiento); un “sí” a la solidaridad, a la responsabilidad social con la justicia (el 7º Mandamiento); un “sí” a la verdad (el 8º Mandamiento); un “sí” al respeto al prójimo y a sus pertenencias (el 9º y el 10º Mandamientos)”. Enero 8, 2006).
De nuevo, para citar a Juan Pablo II en Novo Millenio Ineunte, “si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios... sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial”.
¡Oh! cuando los santos, ¡Oh! cuando los santos entren marchando, ¡Oh! cuando los santos entren marchando, ¡Oh! Yo quiero estar en ese número cuando los santos entren marchando.
Sí, hoy ustedes están inscritos en ese número, son escogidos para ser santos, para ser Zanmi Bondye, amigos de Dios. Y ahora, por supuesto, comienzan sus preparaciones finales, ahora comienza la experiencia del desierto. 40 días más para orar y ayunar, para hallar la fuerza para decir “no” a cualquier contradicción que quede en sus vidas que les impida aceptar el don del Bautismo, que les impida hacerse amigos de Dios.
A medida que el día del Bautismo se aproxima – el día en que su conversión, su volverse a Dios y alejarse del pecado se hace solemne con los Ritos de Iniciación Cristiana, permanezcan inquebrantables en oración y sepan que sus hermanas y hermanos católicos están rezando por ustedes, y esperando, con gran alegría, suentrada en la Iglesia. Recuerden las palabras pronunciadas una y otra vez en las Escrituras y que nos fueron repetidas a nosotros con frecuencia por el Papa Juan Pablo II: No teman. No tengan miedo de caminar por la vida como amigos de Dios.
El pasado Abril, cuando el Papa Benedicto dio su primera homilía como Papa en la Plaza de San Pedro, terminó con estas palabras que yo les ofrezco para que oren y reflexionen al completar su jornada hacia el Bautismo. Lo cito: “¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén.
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