El
Obispo Wenski - HomilÍas
Misa Crismal - Abril 2006
La Misa del Santo Crisma de hoy, se encuentra en el umbral del Triduo Sagrado que comenzará mañana por la noche cuando nos reunamos en nuestras parroquias para celebrar la Misa de la Ultima Cena del Señor.
En esta Misa, por supuesto, bendecimos los Santos Oleos y consagramos el Crisma Sagrado. Estos Oleos están estrechamente unidos al Misterio Pascual – porque por medio de ellos nos santifica el Espíritu Santo; por medio de ellos el Espíritu Santo nos conforma más perfectamente con Crtisto, para que propaguemos la fragancia de Su presencia en todo el mundo a medida que crecemos en las virtudes de la Fe, la Esperanza y la Caridad.
El año pasado, en esta Misa del Santo Crisma, yo convoqué nuestro Sínodo Diocesano –
el primero en la historia de nuestra joven Diócesis – con su tema “Comenzando De Nuevo Desde Cristo”. Hoy, me siento feliz de informarles que con la participación de un número sin precedentes de fieles de Cristo – con más de 1,000 personas sirviendo en una o más de las comisiones de nuestro Sínodo – hemos progresado mucho. Y continuamos yendo hacia adelante. La labor de nuestras comisiones llegará a su fin durante el mes de junio. Y, en agosto, celebraremos la Asamblea de nuestro Sínodo, a través de la cual le
será presentado a nuestro pueblo un Plan Diocesano. Al seguir avanzando, pido sus contínuas oraciones – y les doy las gracias por el entusiasmo con que han abrazado al Sínodo.
Los Oleos que bendecimos hoy, evocan los temas principales de nuestro Sínodo: conversión, comunión y solidaridad. Como nos recordara el Segundo Concilio Vaticano, aún cuando celebra siete Sacramentos particulares, la Iglesia misma es un Sacramento. Es el Sacramento de Cristo – porque nuestra Iglesia Católica y Apostólica es un signo vivo y efectivo de la presencia de Cristo en nuestro mundo.
Los que buscan, son ungidos con el Oleo de los Catecúmenos al comenzar su jornada inicial hacia el Bautismo. El Oleo de los Catecúmenos nos recuerda que es en la Iglesia donde somos llamados a encontrar al Cristo vivo, al Cristo que nos llama a la conversión. Sus primeras palabras, recogidas en el Evangelio de Marcos, las cuales se repiten al imponer las Cenizas al comienzo de la Cuaresma, son: Cambia tu vida y cree en el Evangelio. La conversión de nuestras mentes y de nuestros corazones al Señor, como una respuesta libre a Su gracia salvadora, necesariamente tiene lugar en la Iglesia, porque como Sacramento de Cristo en el mundo, la Iglesia sigue siendo necesaria para la salvación. La antigua fórmula de San Cipriano lo dice brevemente: Uno no puede tener a Dios como su Padre sin tener a la Iglesia como su madre.
Y así, por medio del Bautismo y de la Confirmación entramos en esa Iglesia que es una comunión de los santos – como enseña el Credo de los Apóstoles. Pero la Iglesia es también una comunión en la vida misma del mismo Dios: Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Si el Oleo de los Catecúmenos nos habla de la conversión, el Sagrado Crisma – usado en los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, y también en el Sacramento del Orden Sagrado – es verdaderamente el Oleo de la alegría. Porque en estos Sacramentos que confieren un carácter indeleble en nuestra alma, la unción con el Sagrado Crisma expresa los efectos del don del Espíritu Santo que nos permite compartir la vida misma de Dios, en la koinonia o comunión de la Santísima Trinidad. Como nos recuerda San Pablo, nadie puede decir: Jesús es Señor, excepto en el Espíritu. Y no hay otro nombre por medio del cual somos salvados. Solamente por medio del Señor Jesús, en el don de Su Espíritu, podemos ir al Padre.
Y así como el Oleo de los Catecúmenos evoca el tema de la Conversión del Sínodo, y el Cristo Sagrado del tema de la Comunión del Sínodo, así también el Oleo de los Enfermos evoca el tema de la Solidaridad del Sínodo. En el Sacramento de los Enfermos, la Iglesia le ofrece solaz y consuelo a quienes sufren las tribulaciones de la enfermedad o de la ancianidad. Como el Siervo de Dios, Juan Pablo II, enseñó en su Carta Apostólica “Salvifici Doloris” y vivió en su propia carne: “El sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la ‘civilización del amor’” (No. 30). Con ese fin, al ungir a los Enfermos, la Iglesia desea estar presente para el mundo del dolor – para todos los que sufren dolor físico y o espiritual. El Sacramento de los Enfermos, cuando se celebra de una manera digna y oportuna, puede darle valor a aquellos que están enfermos y también a quienes los aman y cuidan de ellos. Por medio de esta unción, se le da a los enfermos la seguridad de que su sufrimiento y su dolor pueden llegar a ser redentores – para ellos y para el mundo entero. En este gesto de solidaridad, la Iglesia reconoce la dignidad y el valor del sufrimiento y afirma “que el hombre no vale por su eficiencia o por su apariencia, sino por sí mismo, porque ha sido creado y amado por Dios.” (cf. Benedicto XVI, Angelus 4/2/6).
Por medio de la unción con estos Santos Oleos, El Espíritu Santo fortalece y renueva constantemente al pueblo de Dios, para que siempre podamos “comenzar de nuevo desde Cristo” en nuestra jornada, en nuestro peregrinaje hacia la Casa del Padre. En la jornada de nuestra vida, gracias a la acción del Espiritu Santo presente en la Iglesia, nos encontramos al Jesucristo Vivo, el Camino para la Conversión, la Comunión, y la Solidaridad. (cf. Ecclessia in America).
Por supuesto, la Eucaristía es el momento extraordinario del encuentro con el Cristo Vivo. Y hoy, nuestra atención va hacia aquéllos que por medio de una consagración especial con el Sagrado Crisma y la imposición de las manos, son hechos administradores de los Sagrados Misterios que celebramos en la Misa... me refiero, por supuesto, a nuestros sacerdotes. Oren por sus sacerdotes para que sean buenos administradores de los dones de la gracia de Dios – especialmente, del don de Su Misericordia en el Sacramento de la Confesión; y del don del Pan de Vida en la Eucaristía, el memorial vivo de la Muerte y la Resurrección de nuestro Señor.
En la Misa de hoy, en la que todos sus sacerdotes renovarán su compromiso con el servicio sacerdotal, nuestras oraciones están llenas de esperanza y gratitud. La presencia de nuestros seminaristas y de los tres diáconos transitorios ordenados tan sólo el mes pasado, confirma esa esperanza. Y, ¿cómo podríamos dejar de ofrecer plegarias llenas de agradecimiento por nuestros sacerdotes que se encuentran celebrando su jubileo?. El Padre Sebastián Hanks es el más joven de ellos, el celebró su jubileo de plata, 25 años de sacerdocio. Que Dios lo bendiga, Padre Hanks. Y celebrando su jubileo de oro están los Padres Alex Dalpiaz, Gerald Shovelton, Norbert Adelman, Harry Wallace, y, por supuesto, el Obispo Dorsey. Este año ellos celebran 50 años de servicio sacerdotal. Estos hombres fueron sacerdotes – predicando, enseñando, escuchando confesiones, celebrando Misa – antes de que yo siquiera pudiera recitar mi “ABC”. ¡Que Dios los bendiga!. Un escritor espiritual dijo una vez que como el sacerdote ofrece el Santo Sacrificio todos los días, el sacrificio tiene que ser la condición de su vida. Gracias por su “sí”. Les damos las gracias por su sacrificio. 50 años es mucho tiempo, y ciertamente 50 años tienen que celebrarse – mas esos 50 años no marcan el fin de su servicio sacerdotal a Dios y a Su Iglesia, sino solamente una parada a lo largo del camino. La Iglesia aún los necesita y ustedes tienen muchos dones que ofrecer. Por supuesto, el Padre Alex es aún un párroco activo; y los demás, aunque “retirados” de deberes administrativos, no se han retirado de entregarse a Dios y a Su pueblo
Como dije, 50 años son sólo una parada a lo largo del camino. El Padre Leo Dobosiewicz es una prueba viviente de que el retiro significa que uno puede estar ocupado sin estar preocupado. Este mes, él celebra el sexagésimo aniversario de su ordenación. Ahora él ha sido sacerdote el doble de tiempo que yo – y fue sacerdote mucho antes de que yo fuera una chispa en los ojos de mi padre.
Junto a estos sacerdotes que están celebrando su jubileo, nosotros los sacerdotes diremos juntos “sí” al renovar nuestro compromiso sacerdotal. Y ya sea que tengamos 60 años de haber sido ordenados como el Padre Dobo, o cincuenta como el Obispo Dorsey y los demás sacerdotes que celebran su jubileo y que hoy honramos, o 40 años como el Padre Fuschek, o hasta un año como los Padres Torres y Circe, ninguno de nosotros, al renovar su compromiso, puede dejar de pensar en ese día en que fue ordenado sacerdote. Como San Pedro o San Pablo, estamos ciertamente conscientes de que éramos y somos indignos de un don tan grande. Por eso ante Dios no cesamos de experimentar asombro y agradecimiento por la gratuidad con que nos ha escogido, por la confianza que deposita en nosotros y por el perdón que nunca nos niega. (cf. Juan Pablo II, 4-12-01). Como sacerdotes, al renovar nuestro compromiso al servicio sacerdotal, una vez más nosotros “comenzando de nuevo desde Cristo”, pedimos a Dios que nos haga “buenos administradores” de los misterios que El nos confía
Hoy, al ser bendecidos estos Oleos, y ser reservados para un santo propósito, recordemos que, por el Bautismo, todos somos “una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios hizo suyo” (1 Pedro 2:9). Y oremos para que nuestro Sínodo ayude a todos los fieles de esta Diócesis de Orlando a “comenzar de nuevo desde Cristo”, y así dar lugar a una total revitalización pastoral de nuestras parroquias, de nuestras escuelas y de otras instituciones diocesanas, de modo que esta Iglesia local sea aquí en la Florida Central un signo cada vez más coherente de la presencia de Cristo, el camino a la conversión, a la comunión, y a la solidaridad. De esta manera, como buenos administradores de los dones que Dios nos ha dado, no olvidemos nunca que el Espíritu del Señor nos ha ungido “para llevarle la buena nueva a los pobres”. Que compartiendo nuestro tiempo, nuestro talento y nuestro tesoro, fieles a nuestra vocación bautismal a la santidad, propaguemos siempre y en todas partes la buena fragancia de Cristo. |