El
Obispo Wenski - HomilÍas
Vigilia Pasqual - Abril 2006
La primera lectura de la Vigilia Pascual de esta noche, está tomada del Libro del Génesis, que nos recuerda el misterio de la Creación, el misterio del hombre: hombre y mujer, El los creó – las únicas criaturas que Dios hizo para Sí mismo. Fuimos creados a imagen y semejanza de este Dios que es amor. Entender que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios puede ayudarnos a entender por qué Dios puso en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación – y así la capacidad y la responsabilidad – para el amor y comunión.
Este plan original de Dios se vió frustrado por el pecado original del hombre – su alejamiento de Dios. Sin Dios, el corazón del hombre creado por Dios no tuvo descanso, y no pudo alcanzar por su propio poder el amor y comunión que él ansiaba. Mas Dios, en Su Divina Misericordia, no abandonó a Su Creación. Las otras lecturas de la vigilia de esta noche, tomadas de las Escrituras, nos ofrecieron un breve resumen de la Historia de la Salvación – la Historia de Dios en la búsqueda de Su criatura perdida para ofrecernos de nuevo una renovada amistad con El, para proporcionarnos los medios para cumplir nuestra vocación – la vocación de la existencia humana – para el amor y comunión.
En la plenitud de los tiempos, El envió a Su Unico Hijo – el que sin dejar de ser verdaderamente Dios, se hizo verdaderamente uno de nosotros – en todo menos en el pecado. En Cristo, la Creación es sanada; vuelve a su curso original. Lo que el antiguo Adán perdió para sí y para sus descendientes, el Nuevo Adán, Jesucristo, ha recuperado para quienes habrían de convertirse en Sus hermanos y hermanas en el Bautismo.
Adán y Eva nos alejaron de Dios – y así, de la posibilidad de ser plenamente aquello para lo que fuimos creados; en Jesús volvemos a Dios, y por el poder de Su muerte y de Su resurrección El redime todo lo que es verdaderamente humano. Por el don del Espíritu Santo, Cristo hace que podamos no vivir más para nosotros mismos sino para El.
La disciplina de la Cuaresma ha sido una representación, en nuestra propia vida, de la historia humana narrada en la Historia de la Salvación – la historia de la jornada de vuelta al hogar, de vuelta a Dios, de la humanidad; la historia de nuestro llamado a la conversión de la mente y del corazón por un Dios quien es Amor y Misericordia, un Dios que continúa llamándonos a la comunión Consigo mismo. Esta noche esa jornada culmina – para nuestros Catecúmenos – en el Bautismo, por medio del cual ellos se convierten en una nueva creación en Cristo; y para nosotros los que ya hemos sido bautizados, esa jornada culmina esta noche con la Renovación de nuestras Promesas Bautismales.
El Bautismo recuerda nuestra propia Pascua anunciada en el Exodo de los hebreos: - somos liberados de la esclavitud del pecado para la nueva vida de la gracia. La Luz, la nueva Luz del Cirio Pascual, simboliza la Luz de Cristo que las tinieblas del pecado y de la muerte no pudieron vencer. En esta noche hermosa, Su Luz ilumina nuestro camino y fortalece nuestra esperanza. La luz dispersa la oscuridad, la vida vence a la muerte, y el amor conquista el pecado.
Somos bautizados para asi poder comulgar. Por esta razón, el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo se considera el Sacramento final de la Iniciación Cristiana, porque en nuestra comunión en Cristo nos volvemos uno con Dios y uno con todos los miembros de Su Cuerpo Místico, la Iglesia. Es el medio por el cual Dios ayuda a Su Creación, renovada en la gracia, a alcanzar su vocación para el amor y para la comunión. Es el “pan de cada día” por el que Cristo nos enseñó a rezar, el Viaticum, que nos sostiene en la jornada de la vida hacia la Casa del Padre.
Esta nueva vida que celebramos esta noche es el regalo precioso del Señor Resucitado para cada uno de nosotros. Que esta vida – recibida como un regalo, pero también confiada a nosotros como una tarea – crezca en cada uno de nosotros para producir en nuestra vida su fruto de amor, paz y regocijo, los frutos de la Vida Eterna. En Su Resurrección, Cristo renueva todo lo que es verdaderamente humano en nuestras vidas. Por el don de Su Espíritu, El hace posible que nosotros podamos vivir no más para nosotros mismos sino para El. ¡Aleluya!.
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