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El Obispo Wenski - HomilÍas

Domingo de Ramos - Abril 2006

En el relato de Isaías del Siervo Doliente – que se nos leerá el Viernes Santo – cuando escucharemos de nuevo la lectura de la Pasión – él dice: “Por sus llagas hemos sido sanados”.

Al contemplar la imagen de Jesús, golpeado, torturado, muriendo en la cruz – una imagen representada tan gráficamente en la Pasión del Cristo de Mel Gibson hace un par de años – tenemos que preguntarnos:  Si esta fue la cura, entonces, ¿cuál fue la enfermedad?.  Y, por supuesto, a menos que reconozcamos la enfermedad – y nos reconozcamos a nosotros mismos como enfermos, no comprenderemos las dos lecciones catequéticas principales de la Semana Santa:  que, ante todo, El murió debido a nosotros, debido a nuestros pecados; pero aún más importante, que El murió por nosotros.

En la Ultima Cena, cuando Jesús anuncia su traición, todos los apóstoles le preguntan: “¿Seré yo Señor?  Y  la Pasión seguirá siendo extraña a nosotros, a menos que reconozcamos que este sufrimiento y esta muerte de Jesús fue nuestra propia obra.  Tenemos que hacer nuestra la pregunta que hicieron los apóstoles – mas, al hacerlo, tenemos que responderla nosotros mismos: Yo soy Judas, el que traiciona; yo soy Pedro, el que niega; la multitud que grita, “¡A ése no!  Suelta a Barrabás”.  Cada vez que he preferido mi satisfacción, mi conveniencia, mi voluntad, mi honor a los de Cristo, he respondido la pregunta: “Sí, soy yo”.

Mas, si Jesús muere a causa de nosotros, también muere por nosotros.  “Por sus llagas hemos sido sanados”.  ¿Cuál fue en esencia esa enfermedad que requirió una cura tan drástica?  Estoy seguro de que la mayoría de ustedes ha oído hablar de una enfermedad llamada arteriosclerosis – endurecimiento de las arterias.  Quizás podríamos llamar a la enfermedad que sufrimos y por la que Jesús sufrió y murió para salvarnos, cardioesclerosis – endurecimiento del corazón.  Las Escrituras no utilizan esta palabra, por supuesto, pero encontramos sus equivalentes en la Escritura: Ezequiel habla de “corazones de piedra”, Jeremías habla del “corazón impuro”, y Moisés, en el Libro del Deuteronomio, la llama simplemente “terquedad de corazón”.    

Podríamos decir que la cardioesclerosis es una enfermedad genética.  La heredamos de nuestros primeros padres, Adán y Eva.  Ellos le dijeron “No” a Dios y a Su voluntad.  Ese pecado original representó un alejamiento de Dios, un  dejar a Dios fuera del corazón, mediante la construcción de los muros de piedra de la voluntad propia.  Y mientras que se puede decir que esa cardioesclerosis está en nuestros genes, por así decirlo, se agrava por las decisiones de nuestro propio estilo de vida – los momentos en que hemos ratificado ese “no” con nuestros propios pecados.  Y en realidad, esto es lo que el endurecimiento de corazón representa en la Escritura: rehusar a someterse a Dios, a amarlo con todo el corazón, a obedecer Su ley.

Algunas veces, construimos un muro de piedra alrededor de nuestro corazón para dejar a Dios afuera.  Esto ciertamente describiría la situación de aquéllos que se llaman a sí mismos “no creyentes” o aquéllos que han expulsado a Dios de su corazón mediante el pecado mortal.  Pero también puede ser cierto que construimos un muro de piedra para guardar a Dios adentro – para contenerlo, para mantenerlo en su lugar.  Esto, creo yo, se aplica a muchos de nosotros que hemos aceptado a Cristo, pero nuestro compromiso es un poco tibio, y nos gusta simplemente así.  Tácitamente, hacemos que Dios comprenda lo que puede y lo que no puede pedir de nosotros.  Oración sí, pero siempre y cuando no perdamos nuestro sueño; obediencia sí, mas no abuso de nuestra disponibilidad; castidad sí, pero no hasta el punto de privarnos de esas películas o de esos programas de la televisión subidos de tono que nos gustan.  En otras palabras, esto es la cardioesclerosis – si no bloquear a Dios, dominarlo.

En las Escrituras,  el corazón es la morada de la vida interior, el corazón representa el “yo” más profundo del hombre, su propio ser – su inteligencia y su voluntad.  El corazón es el centro de la vida religiosa, el punto donde Dios nos habla y nosotros decidimos la respuesta que le vamos a dar.  El recuento de la Pasión de hoy termina con el velo del santuario del templo siendo rasgado en dos de arriba a abajo.  Este tiempo de la Pasión,  esta Semana Santa, se trata de abrir desgarrando nuestro corazón, rompiendo las piedras que lo rodean, que nos impiden decirle sí a Dios.

Jesús muere por nosotros.  El es verdaderamente hombre – Su obediencia compensa la desobediencia de nuestros primeros padres: el Huerto de Getsemaní redime, por así decirlo, el Jardín del Edén.  El temor humano y la traición de Adán y Eva, encuentran la confianza humana, el amor y la obediencia de Jesús de Nazarea, a quien Dios llama Su Amado.  Desde los tiempos del Antiguo Testamento, el Pueblo de Dios ha repetido la plegaria del salmista: “Crea en mí, Oh Dios, un corazón nuevo”.
 
Y, por supuesto, es por esto que Jesús murió – para darnos ese corazón nuevo.  Ese corazón solamente puede ser nuestro mediante nuestro compartir en Su Pasión, mediante nuestro morir y resucitar con El del pecado a la nueva vida de la gracia que es el fruto del Bautismo.  Esta semana somos llamados a estar con Jesús en el Calvario – y al contemplar Su Pasión, Su Muerte, que ese terremoto que sacudió la tierra alrededor de Jerusalén y causó que se desgarrara el velo del templo, también desgarre nuestro corazón, rompiendo sus piedras, venciendo la cardioesclerosis de nuestra condición humana.  Entonces, la cruz de Cristo no parecerá más “locura y escándalo”; sino, por el contrario, como “fortaleza de Dios y sabiduría de Dios”.  La cruz se convierte no en un instrumento de tortura, sino en una razón para nuestra certeza, la prueba suprema del amor de Dios por nosotros. Con un corazón nuevo formado dentro del corazón herido de Cristo mismo, podemos decir con San Pablo: “Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la  cruz de nuestro Señor Jesucristo”.

Domingo de Ramos 2006
Catedral de Santiago

 


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