Corpus Christi - Junio 2006
Hoy, la Iglesia recuerda el gran regalo que nos fue dado el Jueves Santo, la noche de la Ultima Cena. Esa Ultima Cena fue la Cena de la Pascua, en la cual se comió un cordero sacrificado para conmemorar la liberación de los hebreos de su esclavitud en Egipto. Mas esa “Ultima Cena” que trajo a la mente la Antigua Alianza, fue también la primera cena, la “primera Misa” de una “Alianza nueva y eterna” sellada ahora no con la sangre de cabras y toros, sino con la Sangre de Cristo, el verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. El Sacrificio del Calvario está previsto en esa Ultima Cena; y ese mismo sacrificio, ofrecido una vez por todas, es re-presentado “en memoria de El” en cada Misa, hasta que El vuelva de nuevo. El antiguo himno, O Sacrum Convivium, expresa sucintamente la fe y el asombro de la Iglesia ante la Presencia Real de nuestro Señor en el Santísimo Sacramento.
| O SACRUM convivium, in quo Christus sumitur: recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur. |
O SAGRADO banquete en el qual Cristo es recibido, se reneuva en memorial de su Pasión, la muerte se llena de gracia y se nos da una promesa de futura gloria. |
“Este es mi cuerpo”; “Esta es mi sangre”. Estas palabras de Jesús son hoy una invitación para nosotros a renovar nuestro asombro ante este gran “misterio de fe”, de modo que siempre nos maravillemos ante la divina humildad de nuestro Dios, Su disposición a rebajarse para acercarse a nosotros y elevarnos hacia El.
En la Eucaristía, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo. En la Eucaristía, el Santo Dios se acerca a nosotros; la Sagrada Comunión nos lleva hacia una intimidad familiar con nuestro Salvador, quien, al entregársenos, nos hace partícipes -según palabras de la Segunda Lectura- “de la herencia eterna prometida”.
Dios desea estar cerca de nosotros, estar íntimamente unido a nosotros y que nosotros estemos familiarizados con El. El así lo desea porque nos ama – mas el amor es un negocio arriesgado. Arriesga rechazo; arriesga traición; el amor arriesga no ser valorado. Gracias a Dios, el amor de Dios no calcula por que hemos sido tan pobre inversión: ¿quién de nosotros puede decir que no ha rechazado el amor de Dios en algún momento?; ¿quién de nosotros puede decir que no lo ha traicionado o que siempre ha sabido valorarlo?
Existe ese antiguo proverbio, “lo que se tiene no se aprecia”. Y debemos preguntarnos si hemos permitido que una cierta familiaridad informal en nuestra manera de participar en la Misa y de acercarnos a la Sagrada Comunión, nos lleve a no saber valorar este maravilloso regalo.
Y esto explica el por qué de esta Misa solemne y de esta procesión. Otras fiestas de la Iglesia recuerdan eventos de la vida de Cristo. Esta fiesta nos recuerda una verdad de fe, Su Presencia Real en la Eucaristía; y responde a una necesidad muy real: proclamar esta fe solemnemente.
Necesitamos proclamar esta fe para evitar el peligro de estar tan acostumbrados a esa Presencia, que ya no le prestemos atención. Juan el Bautista lo reprochó a sus contemporáneos. Refiriéndose a Jesús les dijo: “Entre ustedes se encuentra alguien a quien no conocen”. Y si Juan el Bautista estuviera hoy por aquí, diría lo mismo? Si supiéramos quién se encuentra entre nosotros en el Santísimo Sacramento, ¿tomaríamos tan a la ligera nuestra obligación de ir a Misa todos y cada uno de los Domingos? ¿Nos acercaríamos al altar para recibir la Sagrada Comunión tan displicentemente?
El corazón del culto cristiano, la fuente y la cumbre de nuestra vida como cristianos católicos, es el Sacrificio de Jesucristo hecho presente sacramentalmente en la Eucaristía. Nuestra creencia en la Presencia Real de Cristo en el Santísimo Sacramento es lo que nos hace católicos. La Doctrina de la Transubstanciación, es decir, que en la Consagración de la Misa el pan y el vino son cambiados en el mismo Cuerpo y en la misma Sangre, Alma y Divinidad de Cristo. En otras palabras, que mientras la apariencia exterior del pan y del vino permanece, su sustancia es ahora el Cristo Vivo. Puede que algunos de ustedes hayan oído de la escritora sureña Flannery O’Connor. Ella fue una devota y convencida católica que vivió en el corazón del Sur de los Estados Unidos, entre protestantes. Una vez, cuando en una cena alguien empezó a criticar la fe católica diciendo que la Sagrada Comunión era solamente simbólica, ella respondió: “Escuche, si es sólo un símbolo, ¡al infierno con él!”.
Hacemos bien en recordar las palabras de San Pablo: “Por lo tanto, cualquiera que coma el pan o beba de la copa del Señor de manera indigna, será culpable de pecar contra el cuerpo y la sangre del Señor. Así que cada uno debe examinarse a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa. Porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condena.”
En la Iglesia antigua – y también hoy en algunos Ritos Orientales – la invitación a recibir la Sagrada Comunión se hace con estas palabras: “Que aquél que es santo se acerque, el que no, que se arrepienta”. En el Rito Latino repetimos las palabras del centurión: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi morada, mas una palabra tuya bastará para sanarme”.
Venimos buscando un remedio divino, una medicina espiritual. Somos alimentados con este pan para convertirnos en testigos auténticos del Evangelio. Necesitamos este pan para crecer en el amor, porque sólo el amor nos llevará a reconocer el rostro de Cristo en los rostros de nuestros hermanos y hermanas.
Según el Evangelio, una vez algunos griegos se acercaron a Felipe y a Andrés y pidieron ver a Jesús (Jn 12:21). Y a todos aquellos a través los tiempos que piden: “deseamos ver a Jesús”, la Iglesia les responde repitiendo lo que el Señor hizo por los discípulos en Emaús: Partió el pan. En el Santo Sacrificio de la Misa, al partir el pan, los ojos de aquéllos que lo buscan con un corazón sincero se abren y pueden adorar a Jesús escondido bajo la mera apariencia de pan y vino. En la Eucaristía, la intuición del corazón reconoce a Jesús, y Su amor inconfundible es vivido “hasta el ultimo” (Jn 13:1).
Después de la Misa, llevaremos a Jesús en procesión a las calles, presente en la Hostia Consagrada. El Jueves Santo, después de la Misa de la Ultima Cena, la Eucaristía es llevada en procesión al altar del reposo. Esa procesión simboliza nuestra disposición a caminar con Jesús al Jardín de Getsemaní y después hasta la Cruz. La procesión de esta noche nos lleva fuera de las paredes de la iglesia hacia las calles. Esta procesión simboliza nuestra disposición a obedecer el mandato del Señor Resucitado de ir al mundo y llevarle la buena nueva a toda la Creación. Deseamos proclamar públicamente que el Sacrificio de Cristo es para todo el mundo.
Nuestra procesión simboliza nuestro peregrinaje terrenal – esta vida no es nuestro último destino, sino un camino al Cielo, nuestra verdadera patria. Y en nuestra procesión, guiándonos, está nuestro Señor Eucarístico. Mientras caminamos a través de pruebas y tribulaciones a lo largo de este valle de lágrimas, no estamos solos en nuestro peregrinaje. En esta jornada Jesús va delante de nosotros, con el regalo de Sí mismo hasta el punto del sacrificio y se nos ofrece como alimento y apoyo. Cristo, el Pan de Vida, camina con nosotros. Panis angelorum factus cibus viatorum, el pan de los ángeles se hace alimento de los peregrinos.
Nuestra comunidad diocesana necesita de la Eucaristía para continuar en el camino de la renovación que se ha trazado. En los últimos quince meses, nuestro Sínodo Diocesano ha examinado las perspectivas de conversión, comunión y solidaridad en la Diócesis de Orlando para los años venideros. Y a medida que nuestro Sínodo se acerca a su final, es necesario, para nosotros católicos, continuar “comenzando de desde Cristo”, es decir, desde la Eucaristía. Caminemos generosa y valientemente, buscando siempre crecer en la gracia de nuestro Señor Jesucristo y en el amor de Dios y en la comunión del Espíritu Santo. Fortalecidos y renovados por nuestro compartir del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, estemos siempre amorosamente dedicados al servicio humilde y desinteresado de todos, especialmente de los más necesitados. Que la procesión del Corpus Christi alrededor del Lago Eola, seguida de la Bendición del Santísimo Sacramento, en el anfiteatro, simbolice para todos y cada uno de nosotros un nuevo “Comenzar Desde Cristo”. |