Misa Azul - Septiembre 2006
Hoy nos reunimos para celebrar nuestra Misa Azul anual, en la que honramos a aquellos que en nuestra comunidad nos sirven y protegen; los primeros en responder en momentos de crisis: nuestros policías, bomberos y cuerpos de emergencia. Los honramos, y, agradecidos por su servicio, pedimos a Dios que vele por ellos y los mantenga bajo su cuidado.
Y ustedes necesitan Su cuidado providencial. Todos ustedes, ya sean policías, bomberos o cuerpos de emergencia, todos pueden dar testimonio de la violencia y destrucción de las fuerzas del mal presentes en nuestro mundo. Ustedes se enfrentan a ellas todos los días cumpliendo con su deber de defender a los débiles, proteger a los honestos, promover la paz en nuestras comunidades. Ustedes necesitan la protección de Dios, al menos porque ven con demasiada frecuencia nuestra naturaleza caída.
Ser testigo de la cobardía de un conductor que se da a la fuga después de atropellar a alguien, la frialdad de corazón de un asesino a sueldo, el cadáver de un niño abusado, la degradación de una prostituta endrogada, la desesperación de una familia que ha perdido su hogar a consecuencia de un incendio. Presenciar y experimentar tales cosas puede dejar a uno hastiado, lleno de cinismo y de ira a menos que estemos bien enraizados en la fe, la esperanza y el amor.
Con demasiada frecuencia la tensión y el dolor producto de este trabajo pueden dejar su espíritu atrofiado, como la mano del hombre en el Evangelio de hoy. Y así como vemos a Jesús curar a ese hombre en la lectura de hoy, tomada de San Lucas, en esas situaciones difíciles y dramáticas, el Evangelio nos conforta. Porque Jesús triunfa sobre el mal, Su presencia disipa las tinieblas de la desesperación. Como el Papa Benedicto dijo ayer en Munich, el Dios en que creemos “opuso su sufrimiento a la violencia, que ante el mal y su poder eleva su misericordia como límite y superación”.
No importa cuán complejas y difíciles sean las situaciones, nunca se debe permitir que la semilla de la esperanza muera en el corazón humano, porque el Señor permanece en nosotros y comparte con nosotros el pan ácimo de la sinceridad y la verdad. “Extiende la mano”, le dice Jesús al hombre con la mano atrofiada, y lo cura. ¿Nos rechazaría a nosotros si le extendiéramos nuestra mano?.
San Ambrosio, quien vivió hace unos 1700 años, dedujo de este pasaje del Evangelio un entendimiento muy penetrante de la psicología y la espiritualidad humanas. El entendió que bajo la manifestación de un espíritu atrofiado – la ira desenfocada y mal dirigida, la adicción a drogas o alcohol – se encuentra el dolor y la pena que sólo se cura “extendiendo nuestra mano”. Comentando sobre la frase “Extiende la mano”, él dice: “Esta forma de medicina es común y general. Ofrézcanla con frecuencia, en beneficio de su prójimo; defiendan de la injuria a cualquiera que parezca estar sufriendo a consecuencia de una calumnia; extiendan la mano también al hombre pobre que pide su ayuda; extiéndansela también al Señor, pidiéndole que perdone sus pecados; es así como deben extender la mano y es la forma de ser curados”.
Hoy, por supuesto, se cumplen cinco años de ese día fatídico en el que nuestra nación se vio atacada por hombres corrompidos por lo que San Pablo llama, en la primera lectura de hoy, la antigua levadura de “la maldad y la perversidad”.
Y ciertamente, recordamos a aquéllos que murieron ese 11 de Septiembre – en New York, en Washington, y en los campos de Pennsylvania. Y entre aquellos que murieron ese día, había personas que se encontraron con la desgracia sin quererlo, abordando un avión o yendo a su oficina a trabajar. Mas también estaban aquéllos que, respondiendo al llamado del deber, enfrentaron la desgracia y perecieron tratando de salvar a otros de ella. ¿Dónde encontraron la fortaleza necesaria para cumplir con su deber a plenitud sino en la total adherencia a los ideales de su profesión?.
Muchos de aquéllos que murieron hace cinco años, también creían en Cristo, y Sus palabras iluminaron su existencia y le dieron un valor ejemplar a su sacrificio. Ellos hicieron del Evangelio su código de conducta. Que el ejemplo de sus colegas, que al cumplir fielmente con su deber alcanzaron la cumbre del heroísmo, y quizás de la santidad, sea un ejemplo para ustedes. Que estos ideales – deber, honor, integridad, honestidad – también los guíen al “servir y proteger” al pueblo de la Florida Central.
Como ellos, miren también a Cristo que los llama a “extender la mano” “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”. El los llama a ser santos. Y para poder alcanzar su vocación, según la bien conocida expresión de San Pablo en el capítulo 6 de la Carta a los Efesios: “Pónganse la armadura de Dios, para que en el día malo puedan resistir y mantenerse en la fila, valiéndose de todas sus armas. Tomen la Verdad como cinturón, la Justicia como coraza, y, como calzado el celo por propagar el Evangelio de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la Fe, y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio. Por último, usen el casco de la Salvación y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios” (Ef 6: 13-17). Sobre todo, “vivan orando y suplicando.” (Ef 6: 18). |