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El Obispo Wenski - HomilÍas

La Misa de Clausura del Sínodo - Septiembre 2006

Cuando el Papa Benedicto XVI inició su pontificado, se describió a sí mismo simplemente como un humilde trabajador en la viña del Señor.  Y, ciertamente, tenemos que mantenerlo a él – y a nuestro mundo – en nuestras oraciones, especialmente en estos días en que algunos han tomado, fuera de contexto, palabras que él dijo durante su reciente visita a su patria, y están usándolas como excusa para fomentar la violencia.  Como dijo el Padre Lombardi, portavoz del Papa:  más bien que para ofender la sensibilidad de los creyentes musulmanes, las palabras del Papa fueron una advertencia dirigida a la cultura occidental para que evite ‘el desprecio a Dios y el cinismo que considera burlarse de lo sagrado como ejercicio de la libertad’. Y con razón hizo un llamado a todos – ya sean cristianos, musulmanes u otros – a que nunca hagan de la religión una motivación para la violencia.  Como dije anteriormente, tenemos que mantenerlo a él y a nuestro mundo en oración.

Ahora, mi viña es ciertamente un poco más pequeña que la suya, (y tal vez, aquí mas bien vemos la toronja que las uvas); mas déjenme decirles que estoy tan feliz de que, a pesar de no merecerlo, Dios me ha llamado a esta viña - a estos nueve condados del centro de la Florida que forman la Diócesis de Orlando.  También aquí en esta viña, en esta Iglesia local, Cristo es la vid y nosotros, todos nosotros, somos los sarmientos; sarmientos de los cuales el viticultor, Dios nuestro Padre, espera cosechar mucho fruto.

Hace 18 meses, convoqué el primer Sínodo General de nuestra Diócesis, bajo el lema “Comenzando De Nuevo Desde Cristo”.  El propósito del Sínodo no era sólo desarrollar nuevos proyectos o nuevos programas, sino iniciar una revitalización pastoral de nuestras parroquias, escuelas e instituciones diocesanas.  El Sínodo nos ayudaría a proclamar la Buena Nueva sobre Jesucristo de una manera más efectiva y más coherente, en otras palabras, de una manera más fructífera.  En Novo Millenio Ineunte, una de las guías básicas para las reflexiones de nuestro Sínodo, el Papa Juan Pablo II nos recordó que el programa ya existe – es el Evanghelio.

El Papa Benedicto dijo la semana pasada:  “He venido a Alemania para volver a proponer a mis compatriotas las eternas verdades del Evangelio y para confirmar a los creyentes en la adhesión a Cristo, Hijo de Dios, quien se hizo hombre para la salvación del mundo”.  El Papa continúa:  “Estoy convencido de que en El, en su palabra, se encuentra el camino no sólo para alcanzar la felicidad eterna, sino también para construir un futuro digno del hombre ya en esta tierra”. 

En otras palabras. No somos salvados por programas, sino por una persona, es decir, por Jesucristo; y El es el mismo ayer, hoy y siempre.

El esperado fruto de nuestro Sínodo – mediante la implementación de sus muchas recomendaciones – es ayudarnos a todos nosotros – sacerdotes, diáconos, religiosos consagrados y fieles cristianos – a hacernos más Vivos en Cristo, para que podamos ser Sus testigos, testigos de la esperanza, de una esperanza que por estar centrada en Cristo, no defraudará.

El Domingo pasado, en la segunda lectura de la Misa, Santiago nos recordó que la fe, por sí sola, si no tiene obras, está muerta.  Aunque es cierto que la fe es el comienzo de la salvación y que sin fe no podemos agradar a Dios, también es cierto que una fe viva tiene que dar fruto en forma de obras.  Estamos llamados a estar vivos en Cristo – con una fe firme obrando por medio del amor (cf. Gal. 5:6).  Compartiendo en la vida de Cristo por medio de Su gracia, cooperamos con El en Su obra de redención, de modo que las personas que viven aquí en centro de la Florida puedan encontrar a Cristo, el camino a la conversión, a la comunión, a la solidaridad. 

La crisis de nuestro tiempo puede ser descrita como una crisis de esperanza.  Muchas personas – en nuestras comunidades, nuestra nación, nuestro mundo, están enojadas, muchas personas están temerosas, demasiadas están desesperadas.  Los problemas sociales de nuestra era revelan esta falta de esperanza – ¿Acaso podemos decir que el abuso de drogas, la promiscuidad, el divorcio, la destrucción de la familia y el aborto, no son sintomáticos de una pérdida de la esperanza?  Una persona capaz de envenenarse a sí misma por medio del abuso de drogas, es alguien que no tiene esperanza para sí misma.  Una madre capaz de matar al fruto de su vientre, ha perdido la esperanza en el futuro – ya que los niños son la esperanza del futuro.  La exclusión de Dios, promovida en las ideologías del siglo pasado – ya sean de inclinaciones colectivistas del comunismo o de inclinaciones individualistas del consumismo – carecían de esperanza.  Todas señalan una pérdida del sentido de trascendencia – del hecho que estamos llamados a algo más que esta vida presente, que fuimos hechos para algo más que sencillamente morir.  A ésto nos llama la esperanza.  Aún el abuso y la manipulación de la religión, como vemos en el caso de los terroristas, revela la desesperación de un mundo que ha olvidado su propia relación con su Creador.   

Más que nunca, la Iglesia – y eso significa todos nosotros los bautizados en el Señor Jesús, y así constituídos como miembros de Su Cuerpo, como ramas en la vid que es el Señor – más que nunca tenemos que dar testimonio de la esperanza que es nuestra en nuestro Señor Jesucristo – porque El es una esperanza que no defrauda.

Como una comunidad diocesana de fe, esperanza y amor, tenemos que comprometernos de nuevo con nuestra vocación bautismal a la santidad.  Permanezcan en mí, nos dice Jesús, como yo permanezco en ustedes.  Este es el regalo y la tarea que tenemos ante nosotros – al tratar de hacer fructificar la promesa de nuestro Sínodo.

Mas, como dijo el Papa Benedicto:  tenemos que ser humildes trabajadores en Su viña.  Al seguir adelante en la implementación de los planes y propuestas presentados por las 20 comisiones de nuestro Sínodo, tenemos que estar plenamente conscientes de las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy:  “sin mí, nada pueden hacer”.

Y así, al seguir adelante, tenemos presente lo que el Papa escribió en Deus Caritas Est:  “Haremos con humildad lo que nos es posible y, con humildad, confiaremos el resto al Señor.  Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros.  Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que El nos dé fuerzas.  Sin embargo, hacer todo lo que está en nuestras manos con las capacidades que tenemos, es la tarea que mantiene siempre activo al siervo bueno de Jesucristo.  ‘Nos apremia el amor de Cristo’ (2 Cor 5:14).  #35 Deus Caritas Est.

 


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