Dia de la Hispanidad - Octubre 2006
Hoy nos reunimos como una comunidad católica e hispana para celebrar “El Día de la Raza”. Conmemoramos la fecha – el 12 de octubre – en que la expedición de Cristóbal Colon llegó a las costas de una isla americana. A partir de entonces se inició el contacto entre Europa y América que culminó con el llamado “encuentro de dos mundos”. O como algunos dirían más vulgarmente: el 12 de octubre llegó Colon a América y nueve meses más tarde nació el primer latinoamericano. Por supuesto, ese encuentro tuvo sus luces y sombras pero sin lugar a duda trasformó las visiones del mundo y las vidas tanto de europeos como americanos – sin dejar de mencionar a los africanos y luego los asiáticos.
Cuando una mujer da a luz, hay dolor pero también alegría. La alegría que ella y familia sienten al ver a una nueva criatura nacer no niega o minimiza los dolores. Sin embargo, la alegría y la esperanza que la nutre las superan. Al contrario a los que dicen que no hay nada que celebrar porque los europeos “descubrieron” estas tierras, nosotros si encontramos motivo para celebrar. Podemos celebrar este encuentro con alegría y con esperanza. La celebramos con todas sus luces y sombras.
La celebración del día de la Raza es la celebración de la identidad del hispano tal como hispano – una identidad que se forjó en un crisol en el cual se mezclaron muchas culturas y razas y una identidad que se bautizó en la fe católica y apostólica. Esta identidad debe ser el orgullo de cada latinoamericano.
El Papa de feliz memoria, Juan Pablo II, ha destacado tantas veces el hecho que es el hombre no se puede entender sin Cristo – pues Cristo siendo verdadero Hombre y verdadero Dios nos da a conocer quien es Dios y quien es el Hombre.
Así también, uno no puede llegar a entender lo que es la hispanidad sin tomar en cuenta el evangelio. En América Latina, la fe se ha hecho cultura. Y es una cultura católica. Afirmar esto no quiere decir que no reconozcamos que esa cultura tiene que ser cada vez mas purificada ni tampoco quiere decir que es suficiente que la cultura tenga un toque católico. También hace falta que cada uno tenga una fe personal, una fe convencido, y una fe coherente.
Y por eso, el pasaje del evangelio de hoy que nos habla del hombre rico y de los peligros de las riquezas nos reta a cada uno de nosotros. Se nos invita a reflexionar y hacer una mirada hacia adentro para que evaluemos esta identidad tal como es hoy a la luz de los valores de Jesús. Pues, a pesar de los raíces religiosos de la identidad hispana, la realidad en vivimos hoy – dondequiera que vivimos – es una realidad mas y mas secularizada. Vivimos en las palabras del Santo Padre Benedicto XVI quasi Deus non daretur – como si Dios no existiera. No nos atrevemos a declararnos ateos – pero, no le damos a Dios tanta importancia en nuestros quehaceres diarios. No es que Dios se nos ha marchado sino que no demos tanto cuento a su presencia en nuestras vidas diarias como hacían nuestros padres y antepasados. Miren la situación actual en España, la madre de la hispanidad, donde en las partidas de nacimiento ya no ponen ni madre ni padre sino progenitor A y progenitor B.
En una sociedad que premia a los ricos con más riquezas, en la que el que tiene más parece ser más, es más fácil ser discípulos de una consumerismo insaciable que discípulos de Jesucristo. Nuestra identidad verdadera se revela en lo que servimos. Si nuestra identidad como personas se define por nuestra posesiones – por las cosas que tenemos – quienes seremos si un día las perdimos. Como ese joven rico, el apego a bienes materiales fácilmente nos convierte en esclavos de estos mismos bienes. Tenemos carros bonitos – pero, en verdad, somos sus dueños? O son los carros, con estos pagos mensuales tan altos, son nuestros dueños? El apego a las cosas materiales nos priva de la libertad de aceptar la invitación que nos hace el Señor como pasó con ese joven que se marchó pesaroso. En nuestro afán de conseguir para nosotros y nuestros hijos “una buena vida” debemos mantener una independencia interior, para que lo que somos no dependa en lo que tenemos.
Los discípulos de Jesucristo se identifican por sus relaciones con el y por sus relaciones con su prójimo. Y fue por eso que Jesús al responder a la inquietud de ese joven dio tanta importancia a los mandamientos. Si queremos heredar la vida eterna, porque a fin de las cuentas, esto es lo que cuenta, hace falta que cumplamos los mandamientos. Y en cumplir con los mandamientos aprendemos a decir “no” a nosotros mismos y a las inclinaciones pecaminosas de nuestra caída naturaleza humana para que podamos estar más listos para decirle “sí” a Dios.
El contenido de ese “sí” a Dios está expresado en los 10 Mandamientos. Y es importante que comprendamos que los Mandamientos no son sólo un paquete de prohibiciones. No se permitan pensar de esa manera en las obligaciones que asumimos como católicos. Seguro, como católicos no debemos faltar a Misa el domingo, ni debemos aventurarse en ninguna de las supersticiones de la Nueva Era o de otros tipos de sincretismo; como católicos no debemos usar contraceptivos artificiales ni apoyar el aborto o la fertilización in Vitro o la esterilización; como católicos no debemos tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Ni podemos como católicos, engañar a nuestros empleados o robarles a nuestros empleadores o pasar nuestras vidas persiguiendo las cosas materiales solamente.
Todo esto y mucho más es verdad; pero los mandamientos no son imposiciones en nuestra vida o limitaciones de nuestra libertad. En realidad, los Mandamientos proyectan una gran visión de la vida y nos muestran el camino hacia la verdadera libertad. Y el joven rico del evangelio de hoy no llegó a comprender esto a pesar de que desde niño había cumplido con los mandamientos. Y por lo tanto no pudo dar ese paso mas adelante que el Señor que lo miraba con tanto cariño le ofreció. Su apego a sus bienes le había convertido en esclavo de estos mismos bienes y así no tuvo la libertad para hacer un compromiso mayor con Jesús. No tenía esa libertad interior para decirle al Señor “si”.
Como dijo el Papa Benedicto XVI el pasado Enero, cuando bautizó a unos niños en la Fiesta del Bautismo de Nuestro Señor: Los 10 Mandamientos son un “sí” a un Dios que le da significado a la vida (los tres primeros mandamientos); un “sí” a la familia (el 4º Mandamiento; un “sí” a la vida (el 5º Mandamiento); un “sí” al amor responsable (el 6º Mandamiento); un “sí” a la solidaridad, a la responsabilidad social con la justicia (el 7º Mandamiento); un “sí” a la verdad (el 8º Mandamiento); un “sí” al respeto al prójimo y a sus pertenencias (el 9º y el 10º Mandamientos)”. Enero 8, 2006).
La hispanidad debe ser más que un asunto de folklórico; deber ser más que costumbres y mañas; debe ser una experiencia vivida de una realidad todavía vigente, una realidad en la cual la fe todavía se hace cultura. Si quieren conservar la hispanidad, si quieren mantener su identidad hispana – en un mundo de valores contrarios -no es suficiente que conserven un toque católico en sus tradiciones familiares.
También hace falta que cada uno tenga una fe personal, una fe convencido, y una fe coherente. O sea, como señaló el Santo Padre hace falta una fe que sea un “si” vivido: a Dios, a la familia, a la vida, al amor responsable, a la solidaridad, a la responsabilidad social con la justicia, a la verdad, al respeto al prójimo y a sus pertenencias.
Hoy, al recordar la herencia cultural que hemos recibido gracias a esta hispanidad forjada en el encuentro de dos mundos a través de los últimos 500 años, pidamos a la Virgen Maria, a la Santísima Virgen del Pilar de Zaragoza, patrona de España y de la Hispanidad su intercesión. Que ella interceda por nosotros y por nuestros hijos para que Dios nos conceda en medio de las luces y sombras en que vivimos la hispanidad este espíritu de Sabiduría por el cual viene todos los bienes – no solo para esta vida sino también para la vida eterna. Amen. |