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El Obispo Wenski - HomilÍas

Semana Nacional de la Migración - Enero 2007

No es una coincidencia que la Iglesia Católica, aquí en los Estados Unidos, comience hoy su celebración de la Semana Nacional de la Migración con la fiesta solemne de la Epifanía.  Esta fiesta recuerda cómo Jesús fue revelado o “manifestado” a los Reyes Magos como el Salvador de las naciones.

Los Reyes Magos fueron a Belén, “al entrar a la casa vieron al Niño con María, Su Madre; se arrodillaron y lo adoraron”. (Mt. 2:11).  Estos misteriosos Reyes Magos simbolizan las naciones más allá de Israel.  Jesús vino a salvarlas a ellas también – y no sólo a los judíos.

La Epifanía nos recuerda que la salvación ofrecida por Dios en Jesucristo es “católica”.  Por supuesto, “católica” viene de la palabra griega que significa universal.  Y si la salvación de Dios es “católica”, entonces, la Iglesia, que es el Sacramento de la Salvación en el mundo, también tiene que ser “católica” – católica no solamente por la plenitud de su doctrina, fiel a la totalidad de la revelación de Dios en Jesucristo – sino católica en su constitución.  “Al entrar a la casa, vieron al Niño con María, Su Madre...”  Este “entrar a la casa” donde los Reyes Magos encontraron a Jesús, en algún sentido representa a la Iglesia.  Para encontrar al Salvador, uno tiene que entrar en la casa, que es la Iglesia.

Nosotros somos una familia – hermanos y hermanas de un Padre – no a través de la carne y de la sangre, sino por medio del agua y del Espíritu Santo.  Como un pueblo católico formado por personas de diferentes orígenes étnicos y nacionalidades, hablando idiomas distintos, con diferentes culturas, somos uno en Cristo – y en Cristo, reconocemos que por medio de nuestra diversidad podemos enriquecernos mutuamente.  Porque en el Cuerpo de Cristo, la diversidad no nos divide – solamente el pecado puede dividirnos; pero Cristo es más fuerte que el pecado.

Hoy, al observar la Semana de la Migración, deseamos comprometernos una vez más a hacer de esta casa, de esta Iglesia nuestra, un hogar en el que todos puedan sentirse como en su hogar.

Al mismo tiempo, la observación de la Semana Nacional de la Migración de este año tiene su tema, “Acogiendo a Cristo en el Trabajador Extranjero”.  Recordamos la parábola del Ultimo Juicio, también en el Evangelio de Mateo:  “Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa”.

Al reflexionar sobre la experiencia inmigrante, podemos establecer un paralelo con la venida de Jesús entre nosotros, como hombre, y el arribo de un recién llegado a una tierra extraña.  En esto, quizás, nuestra reflexión nos ayudará a contemplar el rostro de Jesús en el semblante del inmigrante.  Durante los antagónicos debates sobre la reforma inmigratoria el año pasado, con demasiada frecuencia los inmigrantes – especialmente los indocumentados – fueron vistos como una amenaza, como demonios, y no como nuestros hermanos y hermanas, ni siquiera entre los “más humildes” de sus hermanos y hermanas.

 

Las políticas xenófobas del 2006 enfocaron a los “inmigrantes ilegales” como un problema, obscureciendo así la faz humana de la inmigración.  Los dramáticos arrestos cada vez más violentos de más y más trabajadores promedio no resolverá nuestra crisis de inmigración.  En realidad, tales acciones con frecuencia engendran más confusión y resentimientos.  El verdadero problema no es el inmigrante, sino el sistema defectuoso que cínicamente tolera el crecimiento de una clase baja de personas vulnerables, fuera de la protección de la ley.  Se necesita su labor; sin embargo, el actual régimen de inmigración no les ofrece a ellos ni a sus empleadores las avenidas necesarias que les permitiría tener acceso al sistema y legalizarse.  Ningún ser humano debe ser reducido a ser un “problema”.  Esta manera de pensar reduccionista, envilece al “inmigrante ilegal” y, en definitiva, nos deshumaniza a todos.

Como el inmigrante que llega a nuestra tierra, por medio de Su Encarnación, el Hijo Eterno de Dios montó Su tienda entre nosotros.  Y como Jesús, quien nació en un establo porque no había una habitación para El en la posada, hoy, aún laborando árduamente en trabajos que los americanos no pueden o no quieren hacer, los inmigrantes escuchan de nuevo lo que María y José escucharon en Belén hace dos milenios:  no hay lugar en la posada para ustedes.  Y como muchos de ustedes aquí hoy, Jesús también fue un refugiado, un refugiado político forzado a huir de la despótica tiranía del Rey Herodes.

La misteriosa estrella guió a los Reyes Magos al Cristo Niño.  Seguramente ellos tienen que haber estado sorprendidos por lo que encontraron al final de su jornada.  Podemos estar seguros de que este nuevo Rey, al que ahora le rindieron homenaje, no era lo que ellos esperaban.  Recuerden que ellos fueron primero a Jerusalén, al Rey Herodes.  Ellos, al igual que nosotros tuvieron que aprender que Dios no es como nosotros lo imaginamos usualmente.  La luz de la estrella los guió no a los ricos palacios de Jerusalén, sino a una humilde casucha en Belén.  Allí, la luz de la estrella fue reemplazada por la luz de la fe, para que ellos pudieran reconocer en el Bebé en los brazos de Su Madre, al Rey Prometido que ellos habían estado buscando.  Sorprendidos por Dios, tuvieron que cambiar sus ideas – sobre el poder, sobre Dios, sobre el hombre.  Tuvieron que cambiarse a sí mismos.  Su encuentro con Cristo los llamó a la conversión.  Esta conversión está simbolizada por su regreso “por un camino distinto”.

El tema de la Semana Nacional de la Migración este año, Acogiendo a Cristo en el Trabajador Extranjero, es también un llamado a la conversión.  Necesitamos que la luz de la fe nos ilumine, como la luz de la fe iluminó a los Reyes Magos – para que veamos a Cristo en el trabajador itinerante.

Como pastores del rebaño que nos ha sido confiado, nosotros, los Obispos Católicos de los Estados Unidos, prometemos continuar trabajando por leyes de inmigración más justas – leyes que ayuden a unir a las familias, no a dividirlas; leyes que ayuden a integrar a los recién llegados haciéndolos participantes del sistema, y no leyes que, por falta de remedios justos, continúan marginando y aislando a hombres y mujeres que sólo quieren la oportunidad de vivir honestamente.

El recién llegado – sin tener en cuenta el estatus legal – es un ser humano, es un hermano, una hermana, que reclama nuestra solidaridad.  Y por esa solidaridad, tenemos que construir puentes, no muros.  Que la Estrella de Belén que guió a los Reyes Magos en su jornada y mantuvo su esperanza, sea siempre el punto de referencia para ayudar a todas las personas a encontrar su camino a Cristo.  

 


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