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El Obispo Wenski - HomilÍas

Miércoles de Ceniza - Febrero 2007

Hoy, nuestra Misa comenzó sin el acostumbrado rito penitencial, en el cual se nos invita a pensar en nuestros pecados antes de celebrar los Sagrados Misterios.  Su omisión es una manera de atraer la atención hacia el hecho que todo este tiempo de Cuaresma, que comienza hoy, es un “pensar en nuestros pecados” para que podamos celebrar los misterios de la Pascua de Resurrección del sufrimiento, de la muerte y de la resurrección  de nuestro Señor de una manera más apropiada.  Nuestra jornada cuaresmal es una conmemoración de nuestro Bautismo:  el Domingo de Pascua, todos seremos llamados a renovar nuestras Promesas Bautismales.  La Cuaresma, si la observamos bien, orando, ayunando y dando limosnas, puede ayudarnos a comprender y a apreciar lo que esa renovación de las Promesas Bautismales debe significar realmente para nosotros.  Nuestra Cuaresma será fructífera, si nos ayuda a salir de nosotros mismos para que podamos abrirnos – con un abandono lleno de confianza – al abrazo misericordioso de nuestro amoroso y misericordioso Padre.  Al mismo tiempo, una observancia fructífera de la Cuaresma nos ayudará a abrirnos a aquéllos que estén necesitados, de modo que nosotros, habiendo experimentado la misericordia de Dios, aprendamos cómo ser misericordiosos nosotros.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo nos exhorta:  Somos embajadores de Cristo, como si Dios mismo les rogara por nuestra boca.  Y de parte de Cristo les suplicamos: “Pónganse en paz con Dios”.  ¡Reconcíliense con Dios!  El ruego de San Pablo es por una reconciliación personal – mas, hablando como un embajador de Cristo, también está exhortándonos a nosotros a reconciliarnos, como él dijo, “por medio de nosotros”, es decir, por medio de los representantes de la Iglesia.  La Cuaresma es un tiempo de gracia y de salvación.  Y, por tanto, es “el tiempo favorable” para que cada católico vuelva a descubrir una vez más el Sacramento de la Penitencia.

No es un secreto que muchos de los fieles han abandonado la práctica de la confesión frecuente.  Y, la verdad sea dicha, en muchos lugares las confesiones no siempre están disponibles – y señaladas a horas convenientes – como quizás fueron una vez.  Me complace señalar que aquí en esta iglesia catedral, se escuchan confesiones todos los días antes de la Misa – y, nuestro Templo, María Reina del Universo, provee un servicio maravilloso, teniendo un sacerdote disponible para confesiones todos los días, desde la hora en que abre el templo por la mañana, hasta que cierra tarde por la tarde.  Durante la Cuaresma, nuestras parroquias señalan servicios especiales de penitencia, que invitan a los fieles a participar en el Rito de la Reconciliación con la confesión y la absolución individual.  El año pasado, yo le escribí a todos los sacerdotes de nuestra Diócesis, pidiéndoles que estuvieran más disponibles para el Sacramento de la Confesión.  Este año, le he pedido a un número de nuestra parroquias que participen en un Fin de Semana de Reconciliación, de modo que el 30 y el 31 de Marzo, inmediatamente antes del Domingo de Ramos y del comienzo de la Semana Santa, las iglesias que han sido designadas abrirán sus puertas temprano el Viernes por la tarde y el Sábado todo el día, y proveerán sacerdotes para escuchar las confesiones de los fieles, sin parar.

El Sacramento de la Penitencia sigue siendo “la manera ordinaria de obtener el perdón y la remisión de los pecados serios cometidos después del Bautismo”.  Y como la Cuaresma está diseñada con la Renovación de las promesas Bautismales en mente, una buena confesión debe ser parte de la observancia Cuaresmal de todo católico.  Por medio de este Sacramento, podemos, en las palabras de Juan Pablo II, volver a descubrir a Cristo como “mysterium pietatis, Aquél en quien Dios nos muestra Su corazón compasivo y nos reconcilia plenamente consigo mismo”.

En su Mensaje Cuaresmal para este año, el Papa actual, Benedicto XVI, nos invita a cada uno de nosotros a contemplar de nuevo el Sagrado Corazón de Jesús, y ver en Su corazón traspasado la más profunda expresión del amor de Dios por cada uno de nosotros.  Del costado atravesado de Jesús, fluyó “sangre y agua”, lo cual simboliza para nosotros los Sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía.

Buscar el Bautismo es buscar hacerse santo; y la Eucaristía, cuando se recibe adecuadamente con las disposiciones apropiadas, nos permite crecer en comunión con Dios, la fuente de toda santidad.

Entonces, renovar nuestras promesas bautismales significa volver a comprometernos a esa búsqueda de la santidad, lo cual debe ser lo que nuestra vida en Cristo signifique para nosotros como cristianos, como católicos.  Si buscamos la santidad, como el Papa Juan Pablo II nos recordó, entonces “sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial”.

Durante la Cuaresma, oramos más intensamente, ayunamos, damos limosnas (es decir, compartimos con aquéllos que no pueden devolvernos lo que les damos – los pobres, los necesitados, los impedidos.  Mediante estas observancias Cuaresmales especiales, hemos de trabajar para resolver “esas contradicciones” en nuestra vida, que nos distraen de la búsqueda de la santidad.

Ahora, esta penitencia y este ayuno no se tratan simplemente de acciones externas, sino más bien de una actitud interna.  “Desgarren su corazón, no sus vestidos”, nos dice el profeta en la primera lectura de hoy.  Nuestras prácticas Cuaresmales no se tratan de manipular a Dios, como el niño que aguanta la respiración hasta que consigue lo que quiere de sus padres.  Y mientras Jesús no quiere que escondamos nuestra luz debajo de una cesta.  El punto que el quiere que entendamos es que todo lo que hacemos debe ser para la mayor gloria de Dios.  Como escuchamos en el Evangelio de hoy, El es más bien severo en Su juicio de aquéllos que usan la religión para llamar la atención.

A principios de este milenio del cristianismo, uno de los Antiguos Padres de la Fe, San Juan Crisóstomo escribió:  Les digo que es posible guardar el ayuno sin ayunar.  ¿Es esto una adivinanza?  Disfrutando la comida, mientras no se saboree el pecado, es una mejor clase de ayuno”.  En otras palabras, como cristianos, estamos obligados, en primer lugar, a ayunar del pecado.  No tiene sentido privarse de una comida, y entonces pasar la tarde destruyendo al prójimo con chismes.  Dejen de alimentar sus pecados, no su estómago.

Diciendo “No” a nosotros mismos por medio de algún tipo de ayuno durante la Cuaresma, diciendo “No” a los hábitos pecaminosos, yendo a confesarse en esta Cuaresma, todo se trata de ayudarnos a decir “Sí a Dios, “Sí” a Su misericordia y a Su compasión, “Sí” a Su plan para nuestra vida.

Hoy comenzamos nuestra jornada Cuaresmal.  A través de esta jornada, miremos fijamente a Cristo herido en la cruz.  Es en la cruz, en Su "sí” a Su Padre, que Jesús nos revela en toda su plenitud el poder de la misericordia y del amor de nuestro Padre Celestial.  Su cruz sigue siendo el único camino para que nosotros entremos en el misterio de esta misericordia y de este amor – porque es solamente por El, con El y en El, gracias al agua y a la sangre que fluyó de Su costado, que somos reconciliados y nuestros pecados son perdonados.

Recibimos las cenizas en nuestra frente y somos marcados con el signo de la cruz.  Que esto sea para nosotros un signo de nuestra buena voluntad de recibir el verdadero camino de la vida presentado a nosotros en el Evangelio.  Cuando recibimos las cenizas, escuchamos de nuevo las primeras palabras de Jesús habladas en el Evangelio de Marcos:  “Arrepiéntete y sé fiel al Evangelio”.

Miércoles de Ceniza, Febrero 21, 2007
Catedral de Santiago
Obispo Tomás Wenski

 


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