| Misa del Santo Crisma - Abril 2007
Hace dos años, en mi primera Misa del Santo Crisma como su Obispo, convoqué nuestro primer Sínodo Diocesano. Verdaderamente, fue un “Comenzar De Nuevo Desde Cristo”. Y aunque el Sínodo concluyó formalmente el pasado mes de Agosto, las recomendaciones de las distintas comisiones están, justamente, empezando a ser implementadas. Así que, podríamos decir, que los frutos deseados de nuestro Sínodo aún están madurándose. Y esos frutos no son simplemente parroquias, escuelas y otras instituciones mejor dirigidas, más eficientes. No estamos tratando de construir iglesias más grandes y mejores, ni de recaudar más dinero.
Sí, tenemos muchos “planes” que implementar, planes muy ambiciosos de seguro; mas detrás de todos ellos hay justo un plan fundamental (y, por favor, permítanme citar a Juan Pablo II en Novo Millenio Ineunte una vez más); es el plan “recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste”. (Novo Millenio Ineunte).
El año que viene se celebra el 40º aniversario de nuestra Iglesia Diocesana. Y siguiendo la recomendación de nuestro Sínodo, el año que viene, el año 2008, será un año especial, un “año de favor del Señor”, un año de fe para comprometernos nuevamente a Evangelizar – a hacer que Cristo sea conocido, amado e imitado.
Si el Evangelio de Cristo ha de ser visto y oído, en un mundo que le presta cada vez menos atención a las profundas cuestiones relacionadas con Dios, con el significado de la vida, con la fe, tendrá que ser visto y oído en la vida de los creyentes. Evangelizar significa no sólo guiar a otras personas hacia la fe, sino también crecer nosotros en esa misma fe. El Papa Benedicto nos recuerda constantemente que nuestra fe católica no se trata de una idea, sino de una persona. No somos llamados a anunciar una idea, sino a ser testigos de una persona, de Jesucristo, quien sufrió, murió y fue enterrado, pero que ahora ha resucitado de entre los muertos. Seremos testigos, solamente si nosotros mismos estamos vivos en Cristo. Entonces, evangelizar – predicar el Evangelio – significa simplemente compartir lo que hemos experimentado en la intimidad viva de nuestra comunión con Cristo.
Para Su primer sermón, Jesús escogió el texto de Isaías que acabamos de escuchar. Esto no es una coincidencia, porque con Jesús nada está improvisado. Isaías es el gran profeta del Mesías. El habla de la Virgen que habrá de concebir un Hijo, Emmanuel, Dios con nosotros. Isaías nos describe al siervo que sufre. En el pasaje de hoy, Isaías habla del siervo que es ungido – el Mesías, el Cristo – por el Espíritu. El continúa, describiendo su misión – anunciarle la Buena Nueva a los pobres, devolverle la vista a los ciegos, liberar a los cautivos y a los oprimidos, declarar un Jubileo. Es como si Isaías hubiera escrito la descripción de un trabajo para Jesús. Que Lucas haya puesto este pasaje de Isaías al comienzo del ministerio público de Jesús, es la clave interpretativa para comprender todo lo que habría de seguir en el Evangelio. El descubre la identidad de Jesús para nosotros – y como personas “cristianizadas”, mientras más comprendamos la identidad de Jesús, más habremos de comprender la nuestra.
Hoy, los óleos son bendecidos y consagrados: para aliviar, fortalecer, sellar y saturar al pueblo de Dios con el Espíritu Santo, para que podamos adentrarnos más íntimamente en el misterio de la vida en la Santísima Trinidad. La unción con estos óleos nos “identificará” con el Señor.
Bendecimos el Oleo de los Catecúmenos para ungir a quienes se encuentran en la jornada hacia el Bautismo, para que crezcan en la fe y crean en El. Consagramos el Santo Crisma. El Santo Crisma nos sella en el Bautismo y en la Confirmación y en el Orden Sagrado – a aquéllos escogidos para el sacerdocio ministerial – para que guiemosa toda la humanidad en la celebración de la esperanza de la Vida Eterna a la que El nos llama. Bendecimos el Oleo de los Enfermos, usado para aliviar a los enfermos llamados a vivir el misterio de Cristo compartiendo Su muerte y su resurrección en su propia carne. Los dones del Espíritu nos identifican con Cristo y confieren una tarea a cada uno de nosotros: todos somos enviados para llevar la Buena Nueva; todos somos encargados de sanar los corazones quebrantados.
Pero hoy, en esta Misa que nos lleva a la habitación en los altos donde se celebró la Primera Misa y el sacerdocio ministerial fue instituido, la Iglesia desea atraer nuestra atención hacia nuestros sacerdotes de una manera especial. Les pediremos a ustedes, miembros de los fieles de Cristo, que sean testigos de nuestra renovación de las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación.
Y, sabiendo que llevamos este tesoro en vasijas de barro, les pedimos que recen por que ejerzamos fielmente el ministerio que Dios nos ha confiado por ustedes. El día de nuestra ordenación, el Obispo nos dio el cáliz y la patena y dijo: “Recibe la oblación del pueblo santo que ha de serle ofrecido a Dios. Entiende lo que haces, imita lo que celebras, ajusta tu vida al misterio de la Cruz del Señor”.
En Junio, yo le diré estas palabras a los tres diáconos que nos han servido en esta Misa, Jeremiah Payne, Gilberto Medina, y Tony Weile, y los ordenaré como sacerdotes para el servicio de esta Iglesia local. Recen por que en los años venideros yo le diga estas mismas palabras a nuestros seminaristas – y a aquéllos futuros seminaristas que se unen a nosotros hoy en esta Misa.
Hoy, honramos a tres sacerdotes que escucharon estas mismas palabras que les fueron dichas a ellos hace 25 años: los Padres Barry Dowd, George Dunne, y Peter Puntal. El primero es un neoyorquino; el segundo es de Dublín, y el tercero es filipino. Ellos son un testimonio de la diversidad que existe entre los sacerdotes que sirven al pueblo de la Florida Central – ellos provienen de todos los continentes excepto de Antártica. Y les estamos agradecidos a estos tres sacerdotes – y a todos los sacerdotes que nos sirven aquí en la Diócesis de Orlando. Ellos pueden tener distintos antecedentes y hablar con distintos acentos, pero tienen una misma pasión y una misma alegría: predicar sobre Jesucristo y servirlos a ustedes, el Pueblo Santo de Dios.
El año pasado, el Jueves Santo, el Papa Benedicto nos dijo a nosotros los sacerdotes: “El Señor ha impuesto Sus manos sobre nosotros y ahora quiere nuestras manos para que se conviertan en las Suyas en el mundo. El ya no quiere que sean instrumentos para tomar cosas, personas o el mundo para nosotros mismos, para reducirlas a ser nuestras, sino que, en cambio, poniéndonos al servicio de Su amor, trasmitan Su toque divino”.
Junto con estos sacerdotes que están celebrando su jubileo, todos nosotros sacerdotes diremos unidos: “Sí, lo hago” (“I do”) al renovar nuestros compromisos sacerdotales. Al decirlo, nos comprometemos – con la ayuda del Espíritu Santo – a “entender lo que hacemos, imitar lo que celebramos, ajustar nuestra vida al misterio de la Cruz del Señor” y, de esta manera, a ponernos al servicio de Su amor, para que Cristo sea conocido, amado e imitado. Una vez más nos ponemos en las manos del Señor, y le damos las nuestras.
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