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El Obispo Wenski - HomilÍas

El Jueves Santo - Abril 2007

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.  Estas palabras son la clave para comprender lo que Jesús hace esta noche en esta Ultima Cena.  Estas palabras son la clave para comprender el Misterio Pascual que conmemoramos en estos días.

“El los amó hasta el fin”.  Jesús le dijo una vez a sus seguidores que El no había venido para abolir la ley y a los profetas, sino para cumplirlos.  Toda la ley y los profetas – como podemos captar en la primera lectura tomada del Exodo – constituyen la historia de Dios extendiéndole Su mano a la humanidad.  Dios siempre rehusó darse por vencido con su Creación, a pesar de su caída.  No importa cuán lejos nos hemos apartado de Dios, nunca estamos más allá del alcance de Su amor, porque El nos ha amado hasta el fin, dándonos una nueva alianza con un nuevo sacrificio y un nuevo mandamiento.

El Antiguo Testamento de la Ley y de los Profetas se cumple en el Nuevo Testamento de Jesús, el Hijo de Dios.  Este cumplimiento comienza hoy en la Ultima Cena, y llega a su consumación mañana en el Calvario; y el Domingo, muy temprano en la mañana, encuentra su vindicación.

Por los sacrificios de la Antigua Alianza – el ofrecimiento de la sangre de los corderos – hay un nuevo sacrificio y una nueva víctima.  El sacerdocio del Antiguo Testamento se cumple en el sacerdocio único de Jesucristo.

El Jueves Santo, Su sacrificio, ofrecido en el Calvario de una vez por todas, se anticipa en la Ultima Cena, en la consagración separada del Pan en Su Cuerpo y del Vino en Su Sangre.  Jesús se convierte en el Cordero de la Nueva Alianza, cuyo sacrificio ha de ser re-presentado en cada Misa hasta que El venga en gloria.  Jesús les dice a Sus apóstoles:  “Hagan esto en memoria mía”.  Con esto, Jesús asegura que Dios permanecerá cerca de Su Pueblo por medio de los sacerdotes, quienes, actuando en “persona Christi capiti”, en la persona de Cristo – la cabeza, continuarán alimentando y edificando Su cuerpo – la Iglesia.  Como dijo el Papa Benedicto el pasado Jueves Santo:  “Nuestro Dios no es un Dios lejano, un Dios distanciado, demasiado grande para ser molestado con nuestras nimiedades.  Dios es grande; también puede preocuparse por pequeñeces.  Como es grande, el alma del hombre, creado por el amor eterno, no es una cosa pequeña, sino grande y merecedora del amor de Dios”.

Una Nueva Alianza – con un nuevo sacrificio y un nuevo sacerdocio – también implica un nuevo mandamiento:  Amense los unos a los otros como Yo los he amado.  Los Diez Mandamientos del Antiguo Testamento podrían ser resumidos en las palabras Amen a Dios y amen a su prójimo como se aman a ustedes mismos.  Aquí podemos ver cómo el nuevo mandamiento perfecciona el antiguo, porque Jesús no nos dice que amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, sino que Jesús nos dice amen a Dios como yo lo amo, amen a su prójimo como yo lo amo.  Sin embargo, si Cristo nos pide que hagamos algo, no nos deja sin los medios para que hagamos lo que nos pide.  Así, para que cumplamos con Su orden, nos da los Sacramentos – para que en la medida que los recibimos con devoción, podamos llegar a ser lo que recibimos.  Comemos el Cuerpo

 

de Cristo para poder ser como El.  Recibimos los dones de Sus Sacramentos para que podamos lavarles los pies a los demás, como El mismo nos lavó nuestros pies.

Jesús dice amen a Dios como Yo lo amo; amen a su prójimo como Yo lo amo.  Y al ordenárnoslo de esta manera, El no dice simplemente Hagan lo que Yo digo, sino hagan lo que Yo hago.  Jesús no nos ordena que amemos como El amó, sin darnos los medios para hacerlo en los Sacramentos de Su Nueva Alianza.

Hagan lo que Yo hago.  El Maestro se hace esclavo – El le lava los pies a Sus discípulos.  Y en un hermoso comentario sobre el significado del Lavatorio de los Pies, el Papa Benedicto dijo:  “Dios desciende y se hace esclavo; nos lava los pies para que podamos sentarnos a Su mesa.  Así reveló todo el misterio de Jesucristo”.  Yo diría que los que se confesaron durante esta Cuaresma han experimentado algo parecido a ese lavado de los pies.  Pues el Sacramento de la Penitencia nos lava la suciedad de nuestros pecados, precisamente para poder participar en la mesa del Señor.

Brevemente, recrearemos el Lavatorio de los Pies.  Mas, ¿podríamos no decir que la semana pasada y, en realidad,  durante toda la Cuaresma, nuestros sacerdotes lavaron los pies en el Sacramento de la Penitencia?  ¿No es una buena confesión una experiencia de tener al Mismo Señor quitándonos la suciedad de nuestros pecados con el poder purificador de Su bondad, de Su misericordia – para que podamos sentarnos a la mesa?  En realidad, el amor de Dios no conoce límites, pero el hombre puede ponerle un límite.  Ciertamente, eso también se recuerda esta noche, en la traición de Judas.  ¡Cuál fue su traición sino el rechazo del amor, no querer ser amado, no querer amar!  Tales traiciones se producen por el orgullo humano – y por pensar que lo que cuenta no es el amor, sino el poder y el éxito.Que nada se vuelva más importante que nuestra comunión con Jesús, que Dios y Su amor.

En esta Misa, que nos recuerda la Ultima Cena que Jesús comió con Sus apóstoles, vemos cómo Cristo nos amó en extremo.  Ese amor de Jesús se manifiesta hoy en los tres regalos más maravillosos que El nos dio ese Jueves Santo, hace más de 2000 años:  el nuevo mandamiento, Su sacerdocio, y Su precioso Cuerpo y Su preciosa Sangre en la Sagrada Eucaristía.

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.

 


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