Comunión - Mayo 2007
(Al comienzo de la Misa)
El novelista irlandés James Joyce hizo una vez un comentario sobre la Iglesia Católica – que no creo que tuviese la intención de ser un elogio. No obstante, era cierto – y nosotros los católicos no nos ofendimos. El dijo: “La Iglesia Católica significa…. ‘Aquí viene todo el mundo’”. Nuestra Iglesia es una Iglesia grande – es tan, “Católica”. El día de Su Ascensión al Cielo, Jesús le dio a Sus apóstoles el “Gran Encargo” – predicar el Evangelio a todas las naciones. En la Iglesia Católica, hombres y mujeres de todas las razas y culturas, de todos los idiomas y de todo color, encuentran su casa.
Como católicos, como miembros más que simplemente de una familia parroquial, somos miembros de una Iglesia universal, edificada sobre la base de los apóstoles y de su prédica. Esta Iglesia, llena del Espíritu Santo, predica la Buena Nueva de Jesucristo en todas las lenguas de la humanidad. Esta Iglesia, aunque con muchos miembros, como los granos de trigo una vez esparcidos sobre las laderas, está hecha de un cuerpo en la copa única, el único pan que compartimos: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Eucaristía.
¡Los saludo a todos ustedes, nuestros candidatos para la Comunión plena, nuestros candidatos para la Confirmación; saludo a los padrinos y a los familiares que hoy los acompañan. Saludo a sus párrocos – y a los sacerdotes y a los diáconos que se unen a nosotros. Un saludo especial al Obispo Michael Warfel, de Juno, Alaska, y a nuestro Vicario General, Monseñor Patrick Caverly!
A aquéllos que van a ser recibidos en Comunión plena con la Iglesia Católica; a aquéllos que fueron bautizados, pero fueron catequizados en su adultez, ¡bienvenidos a su casa!
(Homilía)
Comencé la Misa citando a James Joyce, un novelista irlandés; entonces, quizás sea justo comenzar la homilía citando a un inglés. G. K. Chesterton fue un hombre de letras inglés que vivió hacia fines del siglo XIX y principios del XX. El sorprendió y consternó a muchos de sus amigos cuando se convirtió y se hizo católico romano. Cuando fue precisado a dar una explicación, dijo: “Me hice católico para que mis pecados pudieran ser perdonados”.
Esta es una razón bastante buena. Y si fuéramos a publicar un anuncio buscando más conversos, tal vez el titular podría decir, “Se Solicitan Pecadores” o “Sólo Necesitan Optar Pecadores”.
Es importante para todos nosotros recordar esto, especialmente para aquéllos de ustedes que entrarán formalmenmte en la Iglesia hoy, haciendo su profesión de fe y recibiendo el Sacramento de la Confirmación. No habría ninguna razón para hacerse católico si no supiéramos que hacerlo es necesario para nuestra salvación. Y quiénes se tomarían el trabajo si no reconocieran que son pecadores: es decir, que necesitan ser salvados. Entonces, no se escandalizen porque la Iglesia que fundó Cristo para salvar a los pecadores esté, bueno... llena de pecadores.
Es por eso que, en este lado del Día del Juicio, podemos llamarnos “católicos practicantes”. Nuestro peregrinaje terrenal en este “valle de lágrimas” es nuestra única oportunidad para “practicar” la fe católica hasta que logremos hacerlo correctamente.
La Iglesia es Santa – y ustedes expresarán su conformidad con esa proposición, dentro de poco, en la Renovación de sus Promesas Bautismales. La Iglesia es Santa – mas no porque nosotros, sus miembros, seamos santos (espero que estemos tratando de serlo y, como dije, hace falta practicar). La Iglesia es Santa por el Espíritu que la guía. El Espíritu Santo enviado por Jesucristo hace de la Iglesia Su Cuerpo Vivo. Por medio de la proclamación de la Palabra de Dios y de la administración de los Sacramentos, ese Espíritu Santo que nos santifica, y por medio de la muerte y de la resurrección de Jesús el Espíritu Santo nos hace a nosotros –seres imperfectos, pecadores hijos e hijas de Adán y Eva – hijos e hijas de Dios por adopción.
En la primera lectura, Jesús les dice a los apóstoles: “ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos ...” Hoy, en el Sacramento de la Confirmación, ustedes serán “sellados” con el Espíritu Santo. Este sello se llama “carácter”, y marca al que lo recibe como una persona llamada a cumplir la misión de la Iglesia en todas las circunstancias de la vida.
Nuestra fe católica no es una fe en una ideología o en una serie de proposiciones. Nuestra fe católica se trata, fundamentalmente, de una persona – Jesús – quien nos invita a una relación de amistad consigo mismo – y con aquéllos que caminan con El. Antes de ser ungidos con el Santo Crisma, se les pedirá que hagan su profesión de fe. Esa profesión de fe, basada en el Credo de los Apóstoles, es nuestro “sí” a Dios.
Mas todo “sí” también implica un “no”. Ahora, antes de que puedan decirle que sí a alguien o a algo, también tienen que decirle que no a alguna otra persona, a alguna otra cosa. Y, por supuesto, antes de hacer esa profesión de fe, se les pedirá que renuncien a Satanás y a todas sus obras y a todas sus promesas vacías.
Renovando las promesas de su Bautismo, haciendo esta profesión de fe hoy, ustedes prometen que – a pesar de cualquier prueba y de cualquier tribulación que puedan enfrentar – ustedes caminarán a través de esta vida como amigos de Dios, como amigos de Jesús, y en compañía de Sus amigos, que forman Su Iglesia Católica.
El contenido de ese sí a Dios está expresado en los Diez Mandamientos. Una vez, Jesús le dijo a cierto joven rico: “Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos”. (Mt 19:17). Y es importante que comprendamos que los Mandamientos no son simplemente un paquete de prohibiciones. No piensen de esa manera sobre las obligaciones que van a asumir como católicos.
Naturalmente, como católicos, no pueden perderse la Misa el Domingo ni pueden tener escarceos con ninguna de las supersticiones de la Nueva Era; como católicos, no pueden usar anticonceptivos artificiales ni apoyar el aborto o la fecundación in vitro o la estirilización; como católicos, no pueden tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Ni, como católicos, pueden engañar o robarles a sus empleadores o pasar la vida buscando solamente las cosas materiales. Todo esto, y mucho más, es verdad; pero los Mandamientos no son imposiciones sobre nuestra vida ni limitaciones a nuestra libertad.
En realidad, los Mandamientos extienden una gran visión de la vida y nos muestran el camino hacia la verdadera libertad. Como el Papa Benedicto XVI dijo hace un año el pasado Enero, cuando bautizó a algunos bebés el día de la Fiesta del Bautismo de Nuestro Señor: Los Diez Mandamientos “son un ‘sí’ a un Dios que da sentido a la vida (los tres primeros mandamientos); un ‘sí’ a la familia (cuarto mandamiento), un ‘sí’ a la vida (quinto mandamiento); un ‘sí’ al amor responsable (sexto mandamiento); un ‘sí’ a la solidaridad, a la responsabilidad social, a la justicia (séptimo mandamiento); un ‘sí’ a la verdad (octavo mandamiento); un ‘sí’ al respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos)”. (Enero 8, 2006)
El Espíritu Santo confiere siete dones – sabiduría, inteligencia, ciencia, fortaleza, consejo, piedad, y temor de Dios. Estos dones nos ayudan a vivir nuestro “sí” a Dios y a ser Sus testigos.
Y cuando somos receptivos a la gracia de la Confirmación y a los siete dones del Espíritiu Santo, comenzamos a llevar los frutos del Espíritu, La tradición de la Iglesia menciona doce: caridad, gozo, paz, paciencia, clemencia, bondad, generosidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, templanza y castidad. Así como Jesús le dijo a Sus apóstoles el Día de la Ascensión, les dice a ustedes hoy: “… recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y serán mis testigos... hasta los extremos de la Tierra”.
Que con esos dones del Espíritu Santo, puedan dar ustedes estos frutos en su propia vida y que de esta manera sean Sus testigos. La práctica hace al maestro.
Ven Espíritu Santo y llena el corazón de Tus fieles, enciende en ellos el fuego de Tu Amor.
¡Ven y llena el corazón de todos los hombres y renueva la faz de la Tierra! |