Diáconos - Junio 2007
Con la imposición de las manos y la Oración de la Consagración, El Señor derramará al Espíritu Santo sobre estos acólitos y los consagrará como diáconos. Cinco de ellos, escogidos entre las filas de hombres casados maduros, serán diáconos permanentes ordenados para el servicio de esta Iglesia local, de la Diócesis de Orlando. Otro joven, será ordenado diácono transitorio y, a su debido tiempo, será llamado al sacerdocio como miembro de la congregación misionera la Legión de Cristo. Hoy, él también abrazará libremente el estado célibe, como signo y motivo de caridad pastoral.
Mis queridos amigos, estos hombres reciben el Sacramento del Orden Sagrado en el orden de diáconos, por medio de “la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad”. Lumen Gentium, 29.
Mis hermanos, ustedes serán Diáconos de la Iglesia de Dios. Como tales, son ordenados para ser un símbolo y un instrumento de Cristo, quien vino “no para ser servido, sino para servir”.
Si podemos asociar las palabras “cristiano” y “ambición” debe ser solamente cuando la ambición cristiana describe la pasión del cristiano por servir. Ya que “el servicio” es el llamado más alto de todo cristiano. Aún el Papa – quien es la figura “más alta” de la jerarquía de la Iglesia - es llamado correctamente el Servus servorum Dei, el Siervo de los Siervos de Dios.
Como diáconos ordenados, ustedes han de inspirar, promover y ayudar a coordinar el servicio que toda la Iglesia debe realizar en imitación a Cristo. Su diakonia o servicio tiene tres partes: el servicio de la Palabra, el servicio de la Eucaristía y el servicio a los pobres.
Como diáconos, tienen el deber de proclamar el Evangelio y ayudar a los sacerdotes a explicar la Palabra de Dios. Hoy, les encomendaré el Evangelio con estas palabras: Reciban el Evangelio de Cristo, en cuyo heraldo se han convertido. ¡Recuerden que es Su Evangelio, no el de ustedes; es la Palabra de Dios, no la nuestra! Como heraldos, siempre tienen que hablar en Su Nombre y no en el de ustedes. La Iglesia ha de vivir siempre en el mundo, mas no ser del mundo. Viviendo en el mundo, la Iglesia tiene que rendirle un servicio único al mundo – es el diakonia de la verdad, el servicio de la verdad. Como ministros de la Iglesia, deben comprender que es la verdad la que juzga los eventos – no viceversa como ocurre con tanta frecuencia en nuestra cultura actual. Con su servicio fiel al Evangelio en su integridad – sin compromiso, sin acomodación, duda o temor – tienen que ayudar al mundo a descubrir esa Verdad que tiene un rostro humano, la Verdad que es una persona: Jesucristo.
Como diáconos, ustedes son los primeros compañeros de trabajo del Sacerdote en la celebración de la Eucatristía. Como compañeros de trabajo del Sacerdote, también son servidores del Mysterium fidei, del gran Misterio de la fe.
Todos los fieles de Cristo pueden llegar a un entendimiento y a una participación en estos “misterios” más plena y profundamente, si su servicio en el altar ayuda a resaltar lo “sacrosanto” de este encuentro sacramental con el Cristo Vivo. En el altar, su lenguaje, su comportamiento, no puede ser profano de manera alguna o dado a una familiaridad informal – porque en este Santo Sacrificio encontramos a nuestro Señor y Redentor.
El siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, nos recuerda en Ecclesia Eucharistia: “La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación”. (#11) La celebración de mañana de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, nos recuerda que la Eucaristía es el regalo de Dios para la Vida del Mundo.
Por esta razón, nuestra comunión con Cristo en la Eucaristía tiene que llevarnos a buscar la comunión con nuestros hermanos y hermanas. Alimentados por el Pan Eucarístico, y por lo tanto haciéndonos más plenamente vivos en Cristo, todos tenemos que prestar atención a las necesidades de los demás, reconociendo su dolor y su sufrimiento, y así estar en el mundo como testigos de la esperanza.
Sí, los diáconos asisten en el altar, pero están llamados principalmente a ese otro “servicio de la mesa” mencionado en los Hechos de los Apóstolers: el cuidado de los huérfanos y de las viudas. Como compañeros de trabajo del Obispo y de los sacerdotes, ustedes deben ser la expresión viva y activa de la caridad de la Iglesia. Entonces, a ustedes se les encarga de una manera muy especial el ministerio de la caridad, que es el origen de la institución del diácono.
Por lo tanto, ustedes tienen la responsabilidad especial de identificar con la Iglesia a los necesitados, y particularmente a quienes carecen del poder de la voz al margen de nuestra sociedad. Entre tales personas, el diácono ha de hablar de Cristo y ofrecerles la variedad de ayuda de la Iglesia. En la Iglesia, el diácono ha de hablar sobre los necesitados, para articular sus necesidades e inspirar y mobilizar la respuesta de la comunidad católica. Imiten a ese antiguo diácono de Roma, San Lorenzo, quien fue martir en el año 258. Cuando el emperador pagano le ordenó que le diera los tesoros de la Iglesia, él reunió a los pobres y a los enfermos y dijo: “Este es el tesoro de la Iglesia”.
Por medio del ministerio de sus diáconos, la Iglesia puede hacerse presente en el mundo de las necesidad y el dolor que, con demasiada frecuencia, permanece invisible dentro de nuestra vida parroquial normal. Son Ustedes los llamados a recordarnos continuamente que allí, entre los necesitados y los marginados, se encuentra el verdadero tesoro de la Iglesia.
Como esta hermosa ceremonia de ordenación hace claro tan ricamente, como diáconos, ustedes nacen del Altar – desde el corazón del Sacrificio Eucartístico. Ustedes nacen en la oración.
Y la oración – y sólo la oración – los sostendrá y los mantendrá fieles a su triple diakonia de la Palabra, la Eucaristía y la Caridad. En Deus Caritas Est, el Papa Benedicto nos recuerda que, como Dios es Amor, para dar amor tenemos que recibir amor. En su encíclica, él menciona tres veces a la Beata Madre Teresa, para enfatizar que las raíces del servicio y de la caridad cristianos efectivos se encuentran en la oración.
Por esta razón, les recomiendo la Liturgia de las Horas. La Liturgia de las Horas se les encomienda de una manera particular a los ministros ordenados de la Iglesia. La Liturgia de las Horas les pertenece a ustedes – no menos que a los obispos y a los sacerdotes que están atados a ella para su oración diaria. El Papa Juan Pablo II, al urgir que nuestras parroquias se conviertan en escuelas de oración en el nuevo milenio, también recomendó mucho que la celebración de la Liturgia de las Horas sea promovida entre todos los fieles. Como diáconos, pueden ser un instrumento para que el laicado esté mejor relacionado con la Liturgia de las Horas. Y sus propios esfuerzos para rezar diariamente La Liturgia de las Horas puede ayudarlos a aumentar el vigor, a fortalecerse en la fidelidad y a aumentar su habilidad para servir. Y como es una oración ofrecida al Padre en el Espíritu, en el Nombre de Cristo, por la Iglesia y por el mundo entero, es en sí misma otra forma de diakonia.
Sigan el ejemplo del mismo Señor: justo como El ha hecho, ustedes también deben hacer. Hagan la voluntad de Dios de corazón: sirvan a las personas con amor y alegría, como servirían al Señor. |