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El Obispo Wenski - HomilÍas

10o aniversario de mi ordenación al Episcopado - Septiembre 2007

El 3 de septiembre marcó el 10o aniversario de mi ordenación al Episcopado.  El lúnes pasado se cumplió diez años que el Arzobispo Favalora – y sus co-consagrantes, el Arzobispo McCarthy y el Obispo Román – nos ordenaron al Obispo Gilberto Fernández y a mí en la Arena de Miami, ante unas 11,000 personas.  Le doy las gracias al Arzobispo y al Obispo Román por estar aquí hoy en esta Misa de Acción de Gracias.  También les extiendo mi reconocimiento y mi gratitud a nuestro Obispo Emérito, Obispo Dorsey; al Obispo John Noonan, Obispo Auxiliar de Miami; al Obispo Guy Poulard, Obispo de Jacmel, en Haití; y al Obispo Manuel Balarejo, de las Islas Galápagos, por su presencia aquí esta tarde.  Le doy las gracias a los sacerdotes que han venido desde Miami y a mis hermanos sacerdotes de esta Diócesis, que se han unido a mí para co-celebrar esta Misa.  Y también estoy agradecido por todos ustedes, feligreses de la Catedral de Santiago y a todos ustedes que sirven a la Diócesis como voluntarios o empleados, que han venido esta tarde.  También se encuentran presentes aquí mi hermana, mi sobrina y su familia, mi Tía María y su hijo, mi prima Carolina y su esposo. 

Unos días antes de que yo fuera ordenado, la Princesa Diana se mató en un trágico accidente; y pocos días después de mi ordenación, la Madre Teresa se fue al hogar, a Dios.  Es difícil creer que todo esto pasó hace una década.   

En mis primeros seis años como Obispo, serví como Obispo Auxiliar en Miami, los últimos cuatro aquí en Orlando, primero como Coadjutor y después como Ordinario de esta maravillosamente vibrante Iglesia local.

  El 3 de Septiembre también tiene un significado especial para mi familia: fue ese día, en el año 1947, que mis padres se casaron.  Si aún hubieran estado vivos, mi ordenación como Obispo hubiera coincidido con el 50o aniversario de su boda.  Sólo puedo darle gracias a Dios por ellos – y por la fe católica que me dieron.

El 3 de Septiembre es también la fiesta de un Santo Papa y Doctor de la Iglesia:  San Gregorio el Magno (540-604 DC).  Nacido en Roma, Gregorio vivió en tiempos desafiantes; sin embargo, probó ser un verdadero pastor, desempeñando su puesto, ayudando a los pobres, propagando y fortaleciendo la fe.  Su ejemplo y su testimonio inpiran a los Obispos, aún con los retos de hoy, a hacerle frente a las grandes responsabilidades que nos han sido dadas con cierta ecuanimidad.  El Papa Juan Pablo II escribió en Pastores Gregis:  “El realismo espiritual lleva a reconocer que el Obispo ha de vivir la propia vocación a la santidad en el contexto de dificultades externas e internas, de debilidades propias y ajenas, de imprevistos cotidianos, de problemas personales e institucionales. Esta es una situación constante en la vida de los pastores, de la que San Gregorio Magno da testimonio cuando constata con dolor:  ‘Desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos. Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular ... Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? ... ¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña?’ (#23)

Yo creo que todo Obispo – y en realidad todo pastor de almas – puede fácilmente identificarse con el Papa Gregorio, y cómo las demandas de su puesto fueron un gran peso para él.  Y todos nosotros tememos la suerte del constructor de la torre en la parábola de Jesús que escuchamos en el Evangelio de hoy: “… si pone los cimientos y después no puede acabar la obra, todos los que lo vean se burlarán de él, diciendo: ¡ése hombre comenzó a edificar y no fue capaz de terminar!’”.

San Pablo dice: “Pues ¿cómo podría alardear de que anuncio el Evangelio? Estoy obligado a hacerlo, y ¡pobre de mí si no proclamo el Evangelio!” (1

Cor. 9:16).  Comentando sobre el pasaje del Evangelio de hoy, y sus duras palabras acerca del precio del discipulado, el mismo Gregorio, el Magno
dijo: “En este mundo amémoslos a todos aún cuando sean nuestros enemigos; pero odiemos a aquél que se opone a nosotros en nuestro camino hacia Dios, aunque sea nuestro familiar (....).  Así que debemos amar a nuestro prójimo; debemos tener caridad para con todos – con nuestros familiares y con los extraños – pero sin separarnos del amor a Dios por amor a ellos”.

Dios no llama necsariamente a los más sabios, o a los más fuertes, o a los más calificados.  Con frecuencia escoge a aquéllos considerados débiles ante los ojos de este mundo, para sorprender a los fuertes.  Pero demanda que le respondamos con todo el corazón – no simplemente a medias.  “Quien no cargue su propia cruz y me siga, no puede ser mi discípulo”.

Celebrar 10 años de servicio como Obispo es ciertamente una oportunidad – que no debe ser pasada por alto – para darle gracias a Dios que me llamó a pesar de mi indignidad, y darle gracias a todos ustedes, el pueblo católico de la Arquidiócesis de Miami primero y ahora de la Diócesis de Orlando, por su continuo apoyo a mi ministerio, por todo lo que hacen conmigo promoviendo el Evangelio de Jesucristo, y especialmente por sus oraciones.  Como Gregorio y otros que han servido como sucesores de los Apóstoles, un Obispo nunca está solo cuando busca responder a su vocación de ser un “siervo del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo”.  Podemos contar y contamos con las gracias extraordinarias del Señor Jesús que permanece siempre cerca.  Y al reflexionar sobre mis 10 años de servicio como Obispo – y ahora 31 años como sacerdote – me vuelvo aún más profundamente consciente de cómo estas oraciones, y la colaboración de tantas personas llenas de gracia, han hecho posible que el Señor obre a través de mí, ayudándome – muchas veces a pesar de mí mismo – a enseñar, dirigir y santificar esa porción del rebaño del Señor que me ha sido confiada.  Celebrar 10 años es también un momento para alguna introspección, para un sincero y algo doloroso examen de conciencia y para pedirle perdón a Dios por mis pecados y mis fallos como cristiano y como Obispo.  Que el Señor me sostenga – con la ayuda de sus oraciones – para que siempre pueda dedicarme a Su servicio de todo corazón – nunca a medias.   

Hay una historia sobre un Obispo – digamos que se llama Juan (el hecho de que aquí haya dos Obispos que se llaman Juan es solamente una coincidencia) pero de todas maneras; un día, este Obispo llamó a uno de sus sacerdotes debido a una pequeña innovación litúrgica.

Parece que el buen sacerdote en lugar de orar en la Misa simplemente “por nuestro Papa Benedicto, por nuestro Obispo Juan, se estaba tomando algunas libertades con la fórmula diciendo “por nuestro Papa Benedicto, y por nuestro Obispo Juan, Su indigno siervo”.

“Padre”, dijo el Obispo, “Tiene que dejar de hacer esto”.  El sacerdote dijo, “¿Cuál es el problema?, dígalo usted”.  “El problema es”, respondió el Obispo, “cuando usted lo dice, usted de verdad lo cree”.

Bien, la semana pasada, mientras estuve en Tierra Santa, celebré la Misa en una capilla llamada San Pietro en Cantagallo, donde cantó el gallo de San Pedro – y donde Pedro después lloró lágrimas amargas por haber negado al Señor.

Y justo después de la Consagración, un gallo cantó.  No sé si era un verdadero gallo o una grabación.  Pero déjenme decirles que me sorprendió, y cuando llegué a la parte, “y yo, Tu indigno siervo”, en realidad, estuve consciente de la verdad de esa afirmación.  Y déjenme decirles que yo no me olvido de que en verdad soy un “indigno siervo” – y cuando lo hago, usualmente llega a mi oficina una carta de una u otra persona que está disgustada conmigo por algo que escribí en el periódico o por alguna decisión que tomé y me dirán en pocas palabras cuán indigno siervo soy.

El único consuelo para mí – y para cualquiera de nosotros – Obispos o sacerdotes – que llevamos este gran tesoro de nuestro sacerdocio en vasijas de barro, es recordar que cada uno de nosotros – remontándonos a Pedro y a los Apóstoles – se encuentra en una larga línea de “siervos indignos”. Tenemos la esperanza de poder permanecer siempre conscientes de que somos “siervos indignos”, porque de esta manera también podemos aprender cómo ser “siervos humildes”

El Papa Benedicto escribió en Deus Caritas Est:  “Con toda humildad haremos lo que podemos, y con toda humildad le confiaremos el resto al Señor.  Es Dios el que gobierna al mundo, no nosotros.  Le ofrecemos nuestro servicio solamente hasta donde podamos y por el tiempo que El nos conceda la fuerza.  Sin embargo, hacer lo que podamos con la fuerza que

tenemos, es la tarea que mantiene al buen siervo de Jesucristo trabajando siempre:  ‘El amor de Cristo nos apremia’ (2 Cor 5:14).  #35 Deus Caritas Est

Como el protagoonista de la novela de Bernano, “The Diary of a Country Priest” / El Diario de un Sacerdote de Campo, dice:  Es todo gracia.  El autor del Libro de la Sabiduría describe la obra de esa gracia cuando escribe: “O quién supo jamás Tu opinión, a menos que Tú le hubieras dado la sabiduría y enviado Tu Espíritu Santo desde las alturas?  Y así se enderezaron los caminos de aquéllos en la Tierra”.

Por favor, recen por esos dones del Espíritu Santo para mí, su pastor, para que pueda dirigirlos por esos caminos rectos.

 


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