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El Obispo Wenski - HomilÍas

Dia de la Hispanidad - Octubre 2007

Hace pocos meses, el Santo Padre visitó Brasil donde se reunió con los obispos de toda América Latina y el Caribe.  Fue una ocasión para que el Papa conociera de cerca la realidad de este continente que el llamó el continente de la Esperanza.  Y hoy en esta celebración del Día de la Raza, celebramos la Santa Misa en la cual la gracia de Dios se nos da precisamente para reforzar esta esperanza que siempre ha acompañado a los pueblos hispanos a pesar de las dificultades de la vida cotidiana de las naciones y de los individuos de este inmenso continente.  Gracias a esta esperanza, los pueblos de América Latina siempre  han dado pasos adelante, convencidos que “Si se puede”.

Según el Papa, el tesoro mas rico del continente latinoamericano, su patrimonio mas valioso es “la fe en Dios Amor” que reveló su rostro en Jesucristo.  Y ese pueblo latinoamericano – esa nueva raza forjada del encuentro de dos mundos – es un pueblo que cree en el Dios Amor.  Esta fe ha sido su fuerza, y es todavía la fuerza que vence al mundo, es la alegría que nada ni nadie les podrán arrebatar, es la paz que Cristo conquistó para Ustedes con su cruz.  Como el Papa Benedicto afirma: “Esta es la fe que hizo de Latinoamérica el continente de la esperanza. No es una ideología política, ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico; es la fe en Dios Amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo, el auténtico fundamento de esta esperanza que produjo frutos tan magníficos desde la primera evangelización hasta hoy.”

A lo largo de la última mitad del segundo milenio, América Latina fue evangelizada con un colosal esfuerzo misionero de España y Portugal.  La historia de cada pueblo tiene luces y sombras.  Desafortunadamente, hay muchos que piensan solamente en las sombras. Y no deben ser tapadas ni tampoco negadas.  Sin embargo, hay que reconocer con gratitud que el pasado también fue iluminado por la luz del evangelio.  Solo en recordar al pasado con gratitud podemos vivir el presente con entusiasmo y aguardar el futuro con confianza.

Y si hoy celebramos el Día de la Hispanidad es precisamente porque estamos agradecidos por esta fe católica que hemos recibido y por el hecho de que en sus países de origen esa fe se hizo también cultura. Esta fe y esta cultura son claves para entender lo que es la identidad del hispano.  Queremos ser agradecidos – como ese samaritano del evangelio de hoy quien al darse cuenta de que fue curado por Jesús regresó a El para darle las gracias.

Jesús al ver que fue el samaritano quien volvió tomó la palabra para decir: “No han quedado limpios los diez, los otros nueve, donde están? No ha vuelto mas que un extranjero para dar gloria a Dios?”  Y le dijo: “Levántate, vete: tu fe te ha salvado.”

El desacuerdo entre los judíos y los samaritanos es bien conocido por todos.  Los judíos los despreciaban como gente poca valiosa, gente de malas costumbres. No convivían con los samaritanos para nada.  Podemos decir que los inmigrantes de hoy han venido a ser vistos con el mismo desprecio que los judíos tenían para los samaritanos en la época de Jesús.  El samaritano del evangelio de hoy tenia una doble culpa a los ojos del judío – fue samaritano y a la vez leproso.  Y los inmigrantes indocumentados de hoy  a los ojos de muchos norteamericanos llevan también una doble culpa – por ser extraños y por ser indocumentados.  Como gritaban los leprosos, también ellos hoy gritan al Señor:
“Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”

El Señor si es compasivo – y como discípulos de Cristo, nosotros que somos iglesia tenemos que ser misioneros de esta compasión.  Por esto, a pesar de las dificultades – y las incomprensiones de muchos incluyendo algunos católicos, nuestra Iglesia en este país seguirá abogando a favor del emigrante y a favor de una reforma justa de las leyes migratorias de este país que por ser inadecuadas y anticuadas no son justas.  Cuando el pobre clama al Señor – nosotros quienes somos su Cuerpo viviendo en la historia de los hombres tenemos que atender a ese pobre en su dolor en el nombre del Señor, en el nombre de ese Dios Amor reflejado en el rostro de Jesús.

Y ya vemos en el evangelio, el samaritano depreciado por ser extraño no fue extraño por la vida de la gracia.  Reconoce su debilidad – y busca ese Amor de Dios que sana.  Y después una vez curado se da cuenta de donde viene su cura y regresa a darle las gracias. Y Jesús le asegura: tu fe te ha salvado.  Luego, San Pedro en los Hechos de los Apóstoles dirá:  Esta claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. “ (Hechos 10: 34)

A los indocumentados, les digo que no pierdan su fe en Dios, en ese Dios amor.  Porque esta fe – a pesar de las sombras actuales – iluminará el camino hacia la esperanza.  El amor de Dios no tiene fronteras.  Hechos a la imagen y semejanza de Dios, cada ser humano tiene un mismo destino – ser amigo de Dios. 

El latinoamericano por ser de un pueblo criollo y mestizo tiene como vocación propia la de anunciar a todos este destino común. Frente a los que quieren dejarse llevar por el miedo a construir muros – muros de racismo y de incomprensión -, tenemos que ser testigos de un Dios Amor, un Dios compasivo, un Dios que es Padre de todos –  tengan papeles o no los tengan.

Hemos de anunciarla a través de nuestra solidaridad con los leprosos de nuestros días – pues son nuestros hermanos.  San Francisco de Asís, patrono de esta parroquia, una vez besó a un leproso – nosotros quienes somos ciudadanos no debemos negarles a nuestros hermanos nuestra ayuda, aunque sea un gesto tan sencillo como extenderle la mano amiga aun indocumentado o escribir a un congresista pidiendo justicia para ellos. Y tales cartas serian un apoya al Dream Act que se presentará en Senado antes del 15 de Noviembre.  Ese Dream Act dará a los jóvenes indocumentados un futuro de esperanza. Y estos jóvenes ya hablan como americanos, piensan como americanos – y a veces eso preocupa a sus padres.  Comen como americanos.  Por que se les va a negar la posibilidad de soñar como americanos.

Y por encima de todo, hemos de manifestar siempre  nuestra gratitud a Dios, como hizo el samaritano del evangelio de hoy. O sea, que seamos todos hombres y mujeres de fe que es una gracia, un don de Dios – pues solo la gratitud nos capacitará para vivir el presente con entusiasmo – sin dejadez, sin mediocridades, y así aguardar el futuro con confianza.

Que la Virgen María alcance para los hijos de este continente de esperanza la gracia de revestirse de la fuerza de lo alto (cf. Lc 24, 49) para irradiar en este país y en todo el mundo la santidad de Cristo. A él sea dada gloria, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amen.

 


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