Misa Crismal - Marzo 2008
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque El me ha ungido”. Estas palabras del profeta Isaías, que Jesús hace suyas en nuestra lectura del Evangelio, ayudan a enmarcar la razón por la cual estamos reunidos aquí hoy. Vamos a bendecir los óleos que serán usados en el ministerio sacramental de la Iglesia, un ministerio que nos comunica el amor de Dios, recibido del Padre por medio de Jesucristo por la unción del Espíritu Santo.
De modo que la celebración de hoy es una celebración para todo el pueblo de Dios – el itinerario de nuestra vida como católicos está marcado por varias unciones. Cuando fuimos preparados para el Bautismo, se nos ungió con el Óleo de los Catecúmenos; después, en el Bautismo y en la Confirmación, con el Santo Crisma. Con el favor de Dios, al final de nuestra vida, recibiremos la Extremaunción – con el Óleo de los Enfermos, para que en ese momento el Espíritu nos fortalezca y nos consuele.
Mas la celebración de hoy es también una celebración especial para nuestros sacerdotes – esta Misa nos lleva, por así decirlo, hasta la Habitación en el Piso Superior, donde Jesús anticipó Su sacrificio en el Gólgota, mediante la celebración de la primera Misa e instituyendo el sacerdocio, para que la Eucaristía sea celebrada “en memoria Suya” hasta que vuelva en gloria.
Así que todos hemos sido ungidos. El Espíritu del Señor está sobre cada uno de nosotros – pero ¿por qué? Para llevar las buenas nuevas – es decir, somos ungidos para compartir y comunicar en todas partes, con desbordante gratitud y alegría, el don de nuestro encuentro “con un evento, con una persona, que le da un nuevo horizonte y una dirección decisiva a la vida”. Jesucristo es la buena noticia, la buena nueva que le da propósito y significado a nuestra vida como cristianos. Porque conocer a Cristo es conocer la libertad, es conocer la luz que dispersa las tinieblas espirituales del pecado y de la muerte; conocer a Cristo es ser liberado de lo que nos oprime. El Espíritu del Señor está sobre nosotros; El nos ha ungido con el “óleo de la alegría” para que Jesucristo sea conocido, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos – a pesar de las dificultades de nuestras limitaciones o de la resistencia que encontremos a lo largo del camino.
Por supuesto, hoy, esas dificultades son considerables. Vivimos en un mundo que está cada vez más secularizado. Dios está, por así decirlo, marginado, empujado fuera de la actividad humana. La fe religiosa, como un mal hábito, es considerada como algo que se debe guardar para uno mismo. Hay muchas teorías y conjeturas sobre la secularización que amenaza nuestro mundo; mas el Papa Benedicto nos ofrece una definición muy sencilla, pero convincente. El dice que la secularización es el intento de vivir la vida de uno, o de organizar la sociedad, como si Dios no importara. Sin embargo, cuando Dios no importa, aprendemos muy rápidamente que tampoco nada más importa. Un mundo sin Dios se convierte en un mundo sin esperanza. Y es precisamente este mundo el que necesita escuchar “buenas noticias”, el mundo necesita nuestro testimonio de esa esperanza que no decepciona, Jesucristo.
Este año – como ya ustedes saben – nuestra Diócesis de Orlando celebra su 40º aniversario. Y estamos observando este año como un Año de Evangelización, porque no hay otra prioridad, no hay otra razón para lo que hacemos como Iglesia que evangelizar, llevar buenas nuevas. Mas la evangelización sólo puede empezar con un redescubrimiento de parte de cada católico bautizado, de la alegría y la belleza de ser cristiano. Para dar testimonio de la esperanza tenemos que estar “Vivos en Cristo”. Sin embargo, una fe católica que se reduce a ser meramente una colección de cosas que se pueden hacer o no hacer, que escogemos seguir o no seguir de una manera selectiva, fracasará en convertir a otros, mucho menos a nosotros mismos. Tal fe, fragmentada y blanda, no sobrevivirá las tormentas que nos asaltan en estos tiempos de relativismo y de nihilismo secular.
Es precisamente por esta razón que nosotros, como Iglesia Diocesana, celebramos nuestro 40º aniversario con un “Festival de la Fe”. Es mi esperanza que el “Festival de la Fe", en cuya planificación muchos de ustedes ya están envueltos, producirá en todos los católicos de nuestra Diócesis un renovado entusiasmo, un renovado compromiso, y una
renovada confianza en llevarle “buenas nuevas” al mundo. Tenemos que enseñar – por la manera en que vivimos, por lo que hacemos – y por lo que no hacemos – cómo puede ser la vida cuando uno vive como si Dios sí importa.
Hoy también honramos a nuestros sacerdotes – y honramos de una manera especial a los que celebran su Jubileo de Plata y de Oro. A través de sus años de servicio fiel a Dios y a Su Iglesia, ellos nos han mostrado que Dios en verdad importa. El Padre Félix Baños y el Padre David Page celebran su 50º aniversario. Ambos son misioneros, venidos de España y de Irlanda, dos países que han sido increíblemente generosos con la Florida, dándonos sus mejores sacerdotes; y ambos han trabajado aquí en la Florida Central desde antes de existir la Diócesis de Orlando.
A ellos se han unido los Padres Connery, Jurkiewicz, O’Brien, Sheridan y Wojtan, quienes celebran su Jubileo de Plata. Y, por supuesto, hay otros que están celebrando aniversarios significativos, como los hermanos Henry, Peter y Paul, junto con Richard Walsh, Frank Brown y Tito Rojas, quienes celebran 40 años de sacerdocio, y Joe Hayden, quien celebra 60 años de servicio sacerdotal.
La Iglesia de Orlando está agradecida por su servicio, por el “sí” que le dieron a Cristo el día de su ordenación. Espero que su testimonio inspire a nuestros dos diáconos transitorios, Héctor y Mark, quienes serán ordenados a fines de Mayo, así como a nuestros seminaristas y también a nuestros futuros seminaristas que se encuentran presentes esta mañana.
Junto a ustedes, los que están celebrando su jubileo, todos nosotros los sacerdotes renovaremos nuestra dedicación al servicio sacerdotal. Ese compromiso requiere que seamos hombres de oración, maduros en nuestra selección de una vida para Dios; requiere que hagamos uso de los medios de perseverancia, tales como el Sacramento de la Confesión, la devoción a la Santísima Madre, y la mortificación de nuestros sentidos y de nuestros deseos por el bien de nuestra misión pastoral.
Nosotros los sacerdotes somos llamados a ser buenos líderes y buenos pastores. Para ser buenos líderes y buenos pastores, los sacerdotes necesitan el apoyo y las oraciones de su pueblo. Pero además también necesitan a sus hermanos sacerdotes. No fuimos ordenados para ser “llaneros solitarios”. Nuestro ministerio sacerdotal tiene que ser ejercido en colaboración – en comunión con el Obispo y con los otros sacerdotes de la Diócesis. La solidaridad fraternal de los sacerdotes es necesaria si hemos de llevar el Evangelio a los demás, y dar testimonio del mismo coherentemente. El Papa Juan Pablo II nos recordó:
“Es verdad, nadie puede hacerse santo en lugar de otra persona, mas también es cierto que todos pueden hacerse santo con y por otras personas. Siguiendo el ejemplo de Cristo, lo que decimos y cómo actuamos tiene que hacer posible que quienes se encuentren con nosotros experimenten el amor fiel y misericordioso de Dios”
Hoy, conmemoramos la unción sacramental que hemos recibido, y volvemos a comprometernos a propagar la buena fragancia de Cristo (cf. oración después de la Comunión). Que no olvidemos nunca que el Espíritu del Señor nos ha enviado a proclamar las buenas nuevas a nuestro pueblo. |