Ordenación al Sacerdocio Ministerial - Mayo 2008
Héctor y Mark:
Cuando sus nombres fueron llamados, ustedes respondieron “Presente”. Como Isaías
al escuchar la voz del Señor preguntando, “A quién enviaré; quien irá por nosotros? Ustedes contestaron, “Heme aquí, envíame a mi.”
Así como Jesús fue enviado por el Padre y él a su vez envió a los Apóstoles al mundo, ustedes, por su ordenación al sagrado Sacerdocio Ministerial, son enviados a predicar el Evangelio, a sostener el pueblo de Dios, y a celebrar la liturgia, sobre todo, el sacrificio del Señor.
Yo, al igual que toda la Iglesia de Orlando, les damos las gracias por decir “Sí” a este llamado. También estamos agradecidos a todos los que les han ayudado a discernir este llamado y a responder generosamente – a sus padres, su familia, amigos, y a los sacerdotes que les han animado, muy en especial a nuestro director de vocaciones y a la facultad y administración del seminario a cargo de su formación.
Hoy todos compartimos su gozo cuando hacen suyas las palabras del Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.”
¿A qué han respondido “Sí”? ¿Qué significa “ser un sacerdote de Jesucristo? En la Segunda Plegaria Eucarística, siguiendo la consagración, el sacerdote celebrante reza:
“Te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.” Estas palabras, tomadas de un texto del Antiguo Testamento, describen la esencia de nuestro ministerio sacerdotal: estamos frente a la presencia del Señor para servirle.
Como sacerdotes, la Eucaristía, que ustedes celebrarán diariamente – es el centro de su vida sacerdotal. A través de sus palabras, especialmente las palabras de consagración, invitan a Jesús a la asamblea de oración. Diariamente están llamados a estar ante su presencia. Su vida entera, entonces, debe estar ante su presencia. Deben fijar su mirada en El y estar ahí para El. Deben vivir con su mirada fija en El para poder mantener el mundo abierto para Dios. Ciertamente, la liturgia es la obligación principal de un sacerdote – y esto significa que la oración debe ser una realidad primordial en su vida para que la celebración de la Misa o de los Sacramentos sea un reflejo de su propia participación interior.
Están ante el Señor, pero también están para El pues no es nuestra palabra o nuestra persona lo que predicamos si no la palabra de Cristo, la persona de Cristo. El Papa Benedicto dijo en su Homilía en la Misa Crismal este año “Debe estar en guardia ante las fuerzas amenazadoras del mal. Debe mantener despierto al mundo para Dios. Debe estar de pie frente a las corrientes del tiempo. De pie en la verdad. De pie en el compromiso por el bien. Estar en presencia del Señor también debe implicar siempre, en lo más profundo, hacerse cargo de los hombres ante el Señor que, a su vez, se hace cargo de todos nosotros ante el Padre. Y debe ser hacerse cargo de él, de Cristo, de su palabra, de su verdad, de su amor.”
Jesús rezó en la Jardín de Getsemaní: Señor, hágase tu voluntad y no la mía.” Prometen obediencia a su obispo. De manera real, esta promesa les provee la libertad de ser en verdad un hombre para los demás, esta promesa les permite entrar en la voluntad de Dios, en el plan de Dios y al ofrecer testimonio de que lo que creen, enseñan o hablan lo hacen en comunión con la Iglesia Católica y Apostólica.
El sacerdote debe ser una persona recta, vigilante, una persona que está de pie. Y a todo esto, se le añade el servicio. El gran servicio de Jesús a su Padre fue entregarse hasta la muerte para la salvación del mundo. Y por la ordenación, ustedes se han sumergido en este servicio de Jesús. Al celebrar la Misa y los Sacramentos, ustedes hacen lo que Jesús hizo, o mejor aún, permiten que Jesús continúe haciendo su trabajo de salvación a través de ustedes. Cuando bautizan, inician a hombres y mujeres en un nuevo nacimiento; en el sacramento de confesión, perdonan pecados en el nombre de Cristo y de la Iglesia; con el santo óleo, dan alivio y consuelo al enfermo. Celebrarán la liturgia y ofrecerán gracias y alabaran al Dios no solo para el pueblo de Dios si no para el mundo entero. En esto, cumplen un servicio a Dios y a la humanidad en obediencia del mandamiento del Señor: Haced esto en memoria mía.
Busquen, entones, siempre tener conciencia de que es lo que se esfuerzan en imitar en los sagrados misterios que celebran. Por lo tanto, si “le servimos en su presencia”, debemos evitar que los sagrados ritos que celebramos se vuelvan una rutina. De nuevo, como dijo el Papa Benedicto en su homilía en la Misa Crismal: “Contra este acostumbrarse a la realidad extraordinaria, contra la indiferencia del corazón debemos luchar sin tregua, reconociendo siempre nuestra insuficiencia y la gracia que implica el hecho de que él se entrega así en nuestras manos.”
Jesús, quien como el Hijo de Dios, fue y es el Señor, prefirió ser el sirviente de todos. El es el Sumo Sacerdote del Nuevo y Eterno Compromiso quien les ha hecho “dignos de servirle en su presencia.” Y como en la Ultima Cena, cuando instituyó el Sacramento de las Ordenes Sagradas, Jesús representa su sumo sacerdocio en un gesto simple y sencillo como el lavado de los pies. Por su generosidad al dar de su tiempo, por su disposición hacia el pueblo de Dios, por su acceso a aquellos que sufren o tienen necesidad, por su acercamiento hacia el pobre y el marginado, que puedan imitar al Buen Pastor quien vino no a ser servido si no a servir. Con la ayuda del Espíritu Santo que nos fortalece en nuestras debilidades, que puedan lavar los pies de aquellos que están a su cargo.
Hoy han dicho Sí. Que puedan ratificar su “sí” diciéndole al Señor hoy y todos los días: Señor, heme aquí – envíame a “servirte en tu presencia”. |