El
Obispo Wenski - HomilÍas
Dia de la Raza 2004
El pasado 12 de octubre en muchos de nuestros países latinoamericanos se celebró el Día del Descubrimiento. Hoy nos unimos a nuestros hermanos latinoamericanos para celebrar el Día de la Raza, el Día de la Hispanidad, recordando así como en un día como hoy, Cristóbal Colón pisó tierra en una islita de un continente que después se conocería como el Nuevo Mundo. La Iglesia, haciendo suya la historia también recuerda la llegada del Evangelio a nuestro continente. Somos tierra de cristianos.
Para algunos, el Día del Descubrimiento de América no es motivo de fiesta. Se lamentan los crímenes de los conquistadores y las consecuencias de una colonización que poco respetaba los derechos de los pueblos nativos de las Américas. Y es cierto, todo empeño del hombre está manchado por el pecado, pues desde la caída de Adán y Eva, existe entre sus hijos esa tendencia a hacer el mal. Pero no todo fue malo. Y es triste que algunos de los que lamentan los errores cometidos a lo largo de la historia humana quieran presentar la llegada del cristianismo a estas orillas como uno más de estos errores.
Si, es verdad que la espada llegó a estas tierra junto con la cruz. Y no cabe duda que los misioneros, por ser hombres de su época y de sus culturas, compartieran muchos de los prejuicios y a veces los vicios de sus contemporáneos que venían a explotar las riquezas de este Nuevo Mundo. En el año jubilar, el Papa pidió perdón por los pecados cometidos en nombre del Evangelio por los miembros de la Iglesia a largo de dos mil años... Y entre este acto de contrición incluyó muchos acontecimientos de los últimos 500 años aquí en las Américas – entre ellos, el menosprecio de las culturas indígenas, la esclavitud de los indios primero y de los africanos después. En cada época vimos luces y sombras en la manera que nosotros los bautizados vivimos la fe. Hoy, por ejemplo, hay demasiados católicos que se creen “buenos católicos” y al mismo tiempo abusan de sus empleados al no pagarles un salario justo; hay demasiados católicos que se creen “buenos católicos” y al mismo tiempo no ven la contradicción en su apoyo por candidatos y partidos que cabildean por una cultura de muerte.
Pero, al mismo tiempo, sería injusto alegar que todo fue negativo. Sería una mentira decir que los misioneros en su gran mayoría no fueron inspirados por un celo verdaderamente apostólico. Sería una calumnia pretender que la evangelización de las Américas fue simplemente una conquista forzosa a base de armas o de sobornos.
Hoy, en este Día de la Hispanidad, debemos recordar con gratitud a todos los misioneros por quienes recibimos el Evangelio. Como dijo el Apóstol San Pablo, “Y cómo recibirán el Evangelio si no hay quien se los anuncie” Gracias a ellos recibimos el Evangelio, ahora nos toca conservar y defender el Evangelio íntegro, como nuestra Iglesia Católica nos lo da a conocer. Para que cuando venga el Hijo del hombre encuentre fe sobre la tierra, sobre nuestra tierra latinoamericana.
El Evangelio llegó a nuestras tierras con Colón – y pese a los defectos de los cristianos europeos – ese Evangelio encontró en el corazón del indígena una tierra fecunda donde echó raíces profundas, que a lo largo de más de 500 años no han cesado de dar frutos. Dios sabe llevar a cabo sus planes a pesar de los defectos de los instrumentos escogidos por El. A veces los mismos defectos sirven para testimoniar que lo que esta sucediendo no es obra de los hombres sino de Dios y de su infinita y poderosa gracia.
El Evangelio fue, y sigue siendo Buenas Noticias. ¿Cómo no iban a ver en el anuncio de Jesucristo una Buena Nueva los aztecas, quienes creían en los dioses que les pedían el sacrificio de sus hijos? Qué alegría descubrir que el Dios verdadero, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, no pide el sacrificio de nuestros hijos, sino que sacrificó a su propio Hijo para darnos la vida eterna, y hacernos sus propios hijos de adopción.
En la segunda lectura de la Misa de hoy, San Pablo dice a Timoteo: “permanece firme en lo que has aprendido y se te ha confiado, pues bien sabes de quiénes lo aprendiste y desde tu infancia estás familiarizado con la Sagrada Escritura, la cual puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. Lo que dijo San Pablo a Timoteo también vale para ustedes, católicos latinoamericanos. Si un día sus países fueron tierras de misión, ahora les toca Uds. compartir el Evangelio. Les toca a enseñar y dar testimonio de lo que han recibido. Ustedes pueden – y deben – renovar la cultura de estos Estados Unidos de América, su país de adopción. Su cultura latina – tan cristiana y tan católica, tiene mucho para aportar a esta cultura anglosajona. El valor que Uds. dan a la familia, al trabajo duro que a la vez no niega espacio para la convivencia con los seres queridos y amigos, puede ejercer una fuerza renovadora a una cultura demasiada individualista, consumista y relativista. Uds. que han salido de sus tierras, tienen que ser ahora sal de esta tierra dándole sabor, sabor a Cristo.
Aunque hoy algunos lamentan la llegada de Colón a estas orillas – y no negamos que en algo tienen razón – nosotros los católicos debemos celebrar y conmemorar con gozo el comienzo de la evangelización en este continente. Y al celebrar el Día del Descubrimiento, debemos redescubrir ese celo misionero, ese afán apostólico que inspiró a tantos sacerdotes, religiosos y laicos de buena fe a dejar todo para llevar a Cristo a sus hermanos.
El Espíritu Santo nos impulsa a ver en el hombre tantas cosas buenas que Dios nos comunica. Ese mismo Espíritu nos impulsa a redescubrir en el propio hombre el rostro de Dios – sea de cualquier color de piel, quien nos invita a ejercer el amor, la justicia y la paz en nuestros pueblos.
Tenemos que embarcarnos en una nueva evangelización de nuestras tierras. Al comienzo de este siglo nuevo hay muchos retos y desafíos. En América Latina, vemos una creciente miseria en nuestros pueblos y la violencia sigue aumentando en muchos lugares. Aquí, en los Estados Unidos, a pesar de mucha riqueza y vigor económico, el miedo al terrorismo crea inaceptables barreras a la inmigración que siempre ha sido y todavía le es beneficioso al bienestar de este país. Las sectas, allá como acá, promueven un cristianismo defectuoso, pues presentan la fe como otro producto del consumo. Por lo tanto, como nos dice Juan Pablo II, hay que “promover una nueva evangelización, nueva en su expresión, en sus métodos y en su ardor.”
Esta nueva evangelización promoverá una conversión más intensa a Jesucristo, único Salvador del Mundo, una comunión más viva entre los fieles, y una solidaridad más coherente con los pobres y marginados.
María, ruega por nosotros. Nuestro continente es tan vasto en advocaciones a María que no nos cabe la duda: María está presente en cada una de nuestras naciones. Ella es la madre de cada pueblo de nuestra América. Hace 500 años, se presentó delante de un humilde indio, San Juan Diego, en Tepeyac, como la estrella de la evangelización que se inició en aquel entonces. Que la Guadalupana, emperatriz de América, sea para nosotros la estrella de esta nueva evangelización que necesitamos en este nuevo milenio. Qué ella siga siendo para los hispanos la estrella que nos anuncia un nuevo amanecer para los pueblos de las Américas.
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