El
Obispo Wenski - HomilÍas
Benedictum XVI - 25 de abril de 2005
La silla del pescador ya está ocupada. El Papa Benedicto XVI guía ahora la barca de Pedro hacia el nuevo milenio. Desde que Juan Pablo II entrara en la Vida Eterna, hemos orado para que el Espíritu Santo inspirara a los Cardenales a escoger a alguien que fuera un buen pastor para su pueblo. Al escoger al Cardenal Joseph Ratzinger, ellos han escogido sabiamente. La Iglesia ya no está viuda.
El Colegio de Cardenales ha escogido a un hombre de gran talento que durante más de 20 años fue un cercano colaborador de Juan Pablo II. Cuando era un joven sacerdote y teólogo, Joseph Ratzinger fue un influyente consultor para los Obispos del Concilio Vaticano II. Al igual que Juan Pablo II, ha dedicado su vida a asegurar su fiel implementación. Ha servido bien a la Iglesia en diferentes calidades – como sacerdote y maestro, como pastor y arzobispo de una gran archidiócesis en Baviera, como cardenal en la Santa Sede desempeñando diversas funciones, entre ellas la dirección de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Como hombre que ha vivido las grandes convulsiones y contradicciones del Siglo XX, él trae al Papado algunas de las mismas cualidades que el pueblo tanto admiró en Juan Pablo II, su inmediato predecesor: una fe profunda, un agudo intelecto, el amor por la verdad, una gran humildad y el corazón de un pastor. Ambos hombres son regalos providenciales de Dios a nuestra Iglesia y a nuestro mundo. Después de la elección del Papa Benedicto la semana pasada, el Cardenal George, Arzobispo de Chicago, se refirió a esto: Karol Wojtyla, dijo, vino a la Silla de San Pedro desde el Este – en momentos en que la mayor amenaza al futuro de la humanidad provenía también del Este; y Joseph Ratzinger, un hombre de Europa Occidental viene a la silla de Pedro cuando la mayor amenaza al futuro de la humanidad surge del Oeste.
La forma de la amenaza del Este era la ideología colectivista del Marxismo-Leninismo. Hoy día, 15 años después de la caída del Muro de Berlín, es fácil olvidar el formidable enemigo que fue el comunismo. En 1978, cuando el mundo entero vivía bajo la amenaza de la destrucción nuclear, la mayoría de las personas pensaban que nuestro mundo y el de las futuras generaciones, si sobrevivíamos a un holocausto atómico, sería necesariamente un mundo bipolar. Juan Pablo II se negó a aceptar tal escenario – porque él lo consideraba indigno del hombre. El no trató de contener ni de apaciguar la amenaza del Este. Y triunfó –no por la fuerza de las armas, sino por la fuerza de las ideas, de ideas basadas en la verdad sobre la persona humana. "Vivid en la verdad." "Vivid como si fuéseis libres", les dijo a quienes vivían bajo la opresión de la Cortina de Hierro. Y ahora, un hombre de Europa Occidental, cuna de la modernidad, asciende a la silla de Pedro. Y, si una vez la Iglesia estuvo amenazada desde el Este, hoy está amenazada por las ideologías relativistas e individualistas de las sociedades de consumo. Estas ideologías amenazan al futuro de la humanidad no menos que la del Marxismo-Leninismo; y no son menos formidables. Pero el Papa Benedicto XVI comprende la naturaleza de la amenaza y nos ruega que oremos para que él no huya de los lobos. Ayer, en la Plaza de San Pedro, dijo:
"La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre."
La tarea de nuestro Nuevo Papa será, como fue la de Juan Pablo II y la de aquéllos que le precedieron: cuidar y apacentar a las ovejas: guiarnos desde estos desiertos internos del alma humana sola y perdida sin Dios hasta los verdes prados de la comunión en nuestro Dios Uno y Trino.
Al igual que la Misericordia Divina obró a través de la vida de Karol Wojtyla, obrará también a través de Joseph Ratzinger. Y esta Misericordia Divina será siempre mayor que las flaquezas e indignidades de él o de nosotros. A él se ha confiado la tarea de transmitir el evangelio en toda su plenitud. Esa es la tarea del Papa –y ésa es, en realidad, la tarea de cada uno de nosotros – se nos confía el mensaje del evangelio para que lo compartamos con el mundo. No corresponde a nosotros, ni a ningún futuro Papa, alterarlo para avenirse a las cambiantes modas del mundo.
Y aquéllos que especularon que la elección de un nuevo Papa traería cambios en las enseñanzas medulares de la Iglesia, inevitablemente quedaron decepcionados. Nuestra Fe no es una obra humana; es un regalo de Dios y una tarea para cada uno de nosotros. El desafío ante el Papa Benedicto y ante cada uno de nosotros que deseamos seguir a Cristo fielmente no es cambiar la fe, sino vivirla para permitir que nos cambie y, al cambiarnos, nos ayude a convertirnos en testigos convincentes de la esperanza que mora en nosotros, para que el mundo pueda creer en Jesucristo.
Benedicto, que hoy es Pedro para la Iglesia, se dispone a remar mar adentro y a tender sus redes confiado en el poder de Dios para ofrecerle una pesca milagrosa. Ayer, él dijo también:
"Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a loshombres y a las mujeres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlos a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. "
"Sígueme", dijo Jesús a Pedro. Y nosotros no podremos llegar a Jesús sino por el camino de la fe, el camino de Pedro, que una vez dijo a Jesús: "Señor ¿a quién otro habríamos de buscar? Tú tienes la palabra de la Vida Eterna". Conocer al Señor Resucitado significa seguir las huellas de Pedro. Como dijera Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte : "Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: « Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo ». Al igual que Pedro sigue a Cristo, debemos nosotros seguir a Pedro. |