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El Obispo Wenski - HomilÍas

Domingo de Ramos 2005

Todos conocemos ese refrán que dice así: Del dicho al hecho hay un gran trecho. En ese refrán vemos reflejada la realidad de nuestra condición humana debilitada por el pecado original. O sea, desde el primer “no” pronunciado por nuestros primeros padres, Adán y Eva, nos es difícil ser coherentes. Aún cuando quisiéramos decir que “si”, vivimos un “no” por no cumplir con la voluntad de Dios. La historia humana es la historia de las innumerables veces que hemos dicho a nuestro Dios “no”. Esto es el pecado – el volvernos de espaldas a Dios y vivir un “no” aunque muchas veces le habíamos dicho que “si”.

Ese “no” que es la herencia del pecado original, ese “no”, que es la suma de nuestros pecados personales, tuvo que ser sustituido por el “sí” de Jesús – el único Hijo de Dios que se hiciera hermano nuestro en todo menos en el pecado. Se hizo nuestro hermano para que pudiéramos ser, por el don de su Espíritu Santo, hijos de su Padre eterno.

Jesús dice “sí” a la voluntad de su Padre. Ha venido para hacer su voluntad – acepta hacerla hasta el extremo de dar su vida en rescate por nosotros. Obedece a su Padre y obediente sube al monte, al monte del Calvario donde se sacrifica a sí mismo para nuestra salvación.

Adán y Eva dijeron un “no” a Dios cuando comieron del fruto de un árbol en el paraíso. El sí de Jesús le llevo a ser clavado en el árbol de la cruz. Ellos comieron el fruto de la desobediencia – y así perdimos el Paraíso. En su Ultima cena, Jesús nos dio la Eucaristía, que anticipó el sacrificio que ofreció en la cruz. El sacramento de Su cuerpo y Su sangre es el fruto de la obediencia que nos devuelve el paraíso. Así nos ofrece a los que llegamos a creer en El la vida eterna de Su reino. Como dijo al buen ladrón crucificado a su lado: Hoy, estarás conmigo en el Paraíso.

Cumplió la voluntad de su Padre – y nos enseña a cumplirla también al decirnos que rezáramos diciendo: hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Y ¿cuál es la voluntad de nuestro Dios? Sencillamente, que nos amemos los unos a los otros. Jesús cumplió la voluntad de Dios amándonos hasta el final. Así, desde el altar que fue su cruz en el Calvario, Cristo nos enseña lo que es amar.

Para Cristo, amar no es un sentimiento – es una decisión, es un compromiso – es decir que sí y al mismo tiempo subir al monte. Contemplando al crucificado, vemos que amar quiere decir entregarse, amar quiere decir sacrificarse. El que ama siempre quiere abrazar a su ser querido – y Cristo, abriendo sus brazos en la cruz, abraza a toda la humanidad. ¡Tanto es lo que nos ama! El que ama lo aguanta todo, el que ama lo sufre todo, el que ama lo perdona todo.

Este es el gran misterio que celebramos esta semana – una semana que llamamos santa. Pues, en esta semana santa, vemos que el amor es más fuerte que el odio, la vida más fuerte que la muerte, el bien sí vence al mal. Esta es la historia de nuestra salvación. Nos salvamos no por el poder sino por el amor. Los hombres se afanan por el poder – el amor al poder ha causado tanta miseria, tanto sufrimiento en el mundo. Se creen que por el poder se garantizará la vida. Cristo desde la cruz nos salva – no por el amor del poder sino por el poder de su amor.

Acaso Vds. han visto lo que pasa cuando un niño de 2 o 3 añitos se pierde de vista a su madre. Saben qué terribles son a esa edad – ya saben caminar y en un momento son capaces de correr en busca de algo que les interesa. Quieren ser ya independientes – mientras pueden ver a su madre no muy lejos. Pero pasa a veces que se pierden – yo he visto esto ocurrir muchas veces en una recepción. Cuando no ven a su madre, se asustan y de repente empiezan a llorar.

La madre oye los gritos de su criatura. Se dobla para que sus ojos puedan encontrar más fácilmente los ojitos de su niño y lo llama: ven, aquí estoy. Ven, no tengas miedo.

Y el niño va corriendo y cae en los brazos de su mamá que lo levanta y lo pone al lado de su corazón diciéndole, cálmate, nene. Aquí, estoy.

Yo diría que esto es como un resumen de nuestra historia de salvación cuya culminación celebramos esta Semana Santa. Nosotros, como ese niño, hemos perdido de la vista a nuestro Dios porque huímos de su lado diciéndole NO a su voluntad y siguiendo nuestro propio camino en busca de algo que nos interesa. Y haciendo esto, en vez de encontrar algo que nos interesa, que nos satisface, nos encontramos insatisfechos y aburridos y por lo tanto caemos en el temor. Dios oye los gritos de su pueblo – se dobla – se hace pequeño para que podamos encontrarnos con Él más fácilmente. Y desde la cruz, nos llama y nos abraza, levantándonos por la resurrección y nos dice: cálmate, no tengas miedo. Aquí, estoy.

Por tu cruz y resurrección, nos has salvado, Señor! La cruz – árbol de la nueva vida – hace posible nuestro retorno a nuestro Dios que tanto nos ama. En el cielo nos espera la gloria, o sea, la felicidad por la cual fuimos creados, la felicidad de vivir de acuerdo con la voluntad de Dios que es amor. Cristo nos abre el camino hacia el cielo. El nos lleva a la cima del monte santo por ese “si” que pronunció por su vida y por su muerte en la cruz.

Hoy, el Domingo de Ramos nos hace recordar que el camino hacia la gloria pasa por el sendero de la Cruz. Cristo y sus discípulos entraron en la Jerusalén jubilosos – así queremos entrar un día en el Jerusalén celestial. Y con Cristo entraremos jubilosos – pero sólo después de haber ido con Él por el sendero de la cruz.

El catecismo universal nos dice así:

618. - La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2), Él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque Él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21).

Por eso, en los oficios de esta semana santa, se nos invita acercarnos a la cruz. Besando la cruz el Viernes Santos, pidamos al Señor que nos dé el ánimo para que aceptemos las cruces que son parte de nuestra vida cotidiana. Siguiéndole a Él en cumplir con la voluntad de su Padre llegaremos con Él al paraíso. Que nos conceda el Señor la gracia de unirnos a Él y a Su Madre a ese “sí” incondicional, a ese “sí” totalmente coherente a pesar de penas y dolores que dieron al Padre.

Como dijo Santa. Rosa de Lima: Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo. Del dicho al hecho hay un gran trecho. En Cristo, no hay trecho entre sus dichos y sus hechos.

Te adoramos, Señor, y te glorificamos – pues por tu Cruz nos has salvado.


 

 


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