El
Obispo Wenski - Homilas
En Memoría del Papa Juan Pablo II - 8 de abril de 2005
"Sígueme" dijo Jesús a Pedro. Y gracias al ministerio sacerdotal de Pedro y los Apóstoles y de sus sucesores, el llamado de Jesús ha llegado a cada uno de nosotros. "Sígueme".
En su testamento personal publicado ayer después de haber sido traducido del polaco, su idioma materno, el Papa había escrito en 1979: "Deseo seguirle y deseo que todo lo que forma parte de mi vida terrena me prepare para este momento. No sé cuándo llegará, pero al igual que todo, pongo también este momento en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus tuus.”
Hoy, cuando el Papa Juan Pablo II fue sepultado en la gruta debajo de la Basílica de Pedro, damos gracias a Dios por el regalo de su vida y de su ministerio. El introdujo a la Iglesia en el Tercer Milenio. Después de las lágrimas del Siglo XX, que él rogó marcaran el comienzo de una nueva primavera de esperanza para el mundo. Que Dios escuche sus plegarias.
En lo que yo llamaría su testamento público a la Iglesia, la Carta Apostólica posterior al Jubileo, Novo Millennio Ineunte, él escribió cómo durante el Año Jubilar, miraba desde la ventana de sus aposentos, en la plaza de San Pedro, las largas filas de peregrinos en espera paciente de cruzar la Puerta Santa. "En cada uno de ellos", escribió, "trataba de imaginar la historia de su vida, llena de alegrías, ansias y dolores; una historia de encuentro con Cristo y que en el diálogo con él reemprendía su camino de esperanza."
Durante el Año Santo 2000, unos cinco millones de peregrinos pasaron a través de la Puerta Santa. Ese mismo número de personas pasó a través de la Basílica de San Pedro esta semana para presentar sus últimos respetos a Juan Pablo II, a Juan Pablo el Grande. Naturalmente, él puede ahora contemplarlos desde una perspectiva más alta que aquella ofrecida por la ventana de los aposentos papales. Él mira a través de la ventana del cielo – y no sólo a la muchedumbre reunida en Roma sino a aquéllos reunidos en todo el mundo, desde su Polonia natal hasta los confines de la tierra.
En Novo Millennio, él escribió: "Nosotros sólo podemos observar el aspecto más externo de este acontecimiento singular. ¿Quién puede valorar las maravillas de la gracia que se han dado en los corazones? Conviene callar y adorar, confiando humildemente en la acción misteriosa de Dios y cantar su amor infinito."
¿Quién en realidad puede medir las maravillas de la gracia forjada en estos últimos días cuando el mundo entero,
creyentes y no creyentes, católicos y otros cristianos, judíos y hombres y mujeres de otras religiones se detienen para llorar el fallecimiento, la "Pascua de Resurrección" de este notable hombre de Dios?
Una vez, en una clase de catecismo, se preguntó a un niño pequeño "¿qué es un santo?". En una perfecta ilustración de esa frase acerca "de las bocas de los niños", él respondió: "Un santo es una, una ventana". Su experiencia sobre los santos era que aparecían representados en los ventanales de vitrales de su iglesia parroquial. Sin embargo, él había comprendido una profunda verdad. Los santos son como ventanas – a través de ellos brilla la luz, no la luz del sol sino la luz del Hijo de Dios.
En su ministerio sacerdotal, el Papa Juan Pablo II abrazó el renovado énfasis del Segundo Concilio Vaticano sobre el llamado universal a la santidad. El nos recordó que preguntar a los catecúmenos: "¿Quieres recibir el Bautismo?" significa al mismo tiempo preguntarles: "¿Quieres ser santo?". A lo largo de sus 26 años como Papa, no se cansó nunca de poner en primer término las radicales exigencias del Evangelio y nos instó a no tener miedo de abrazarlas. Mediante la exhortación, pero también mediante el ejemplo, un ejemplo dado incluso con mucho dolor y sufrimiento, él nos recordó que para un cristiano "sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial " Al igual que una vez miró a las multitudes desde su ventana en el Vaticano o desde los altares de los muchos países que visitó, él mira hacia abajo desde la ventana del cielo. Y podemos decir que él mismo es una ventana a través de la cual la luz de Cristo continúa brillando sobre nosotros.
Canonizó a más santos que ningún otro Papa en la historia, para realzar el hecho de que es la santidad donde mejor se expresa el misterio de la Iglesia que incorpora a Cristo y la morada de su Espíritu. Nos enseñó que la santidad es "un mensaje elocuente que no necesita palabras, la santidad representa al vivo el rostro de Cristo."
Juan Pablo II, en su palabra y en su vida, nos ha transmitido un mensaje elocuente, un mensaje de esperanza, un mensaje sobre Jesucristo, la fuente de nuestra esperanza, de la esperanza que no decepciona.
"Sígueme", dijo Jesús a Pedro. Y nosotros, por nuestra parte, nunca podremos alcanzar a Jesús si no es por el camino de la fe, el camino de Pedro, que un día dijo a Jesús: "Señor, ¿a quién otro habríamos de buscar?, tú tienes la palabra de la Vida Eterna". Conocer al Señor Resucitado significa seguir las huellas de Pedro. Una vez más, el Santo Padre nos recuerda: "Sólo la fe, proclamada por Pedro y, con él, por la Iglesia en todas las épocas, llega verdaderamente al corazón y toca la profundidad del misterio: 'Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo." Al igual que Pedro sigue a Cristo, debemos nosotros seguir a Pedro.
La Carta a los Hebreos nos recuerda "Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre." El Papa Juan Pablo II enseñó esto sin temor y en la aurora de este nuevo siglo, de este nuevo milenio, nos instó a: "Caminar desde Cristo." En la Diócesis de Orlando, hemos empezado nuestro primer Sínodo Diocesano. Inspirados por el ejemplo de Juan Pablo II y siguiendo la visión esbozada en Novo Millennio Ineunte, también nosotros nos proponemos reconocer a Cristo obrando hoy día entre nosotros. También nosotros deseamos ser instrumentos de la obra de Jesús respondiendo con corazones generosos, para "remar mar adentro " y así caminar desde Cristo.
Pronto otro será elegido para seguir los pasos del Pescador. Su tarea será, al igual que la de Juan Pablo II y la de quienes lo precedieron, cuidar y apacentar a las ovejas. Al igual que la Misericordia Divina obró a través de la vida de este hombre proveniente de un pequeño pueblo de Polonia, él obrará a través del próximo Papa. Y la Misericordia de Dios se mostrará siempre más grande que su propia debilidad y falta de mérito o que la nuestra. A él se le confiará la transmisión del Evangelio. Esa es la tarea del Papa – y esa es realmente la tarea de cada uno de nosotros. El mensaje del Evangelio se nos confía a nosotros, no para que lo cambiemos de acuerdo con las cambiantes modas del mundo, sino para vivirlo, para permitir que sea éste el que nos cambie a nosotros y, al cambiarnos nos ayude a ser testigos elocuentes de la esperanza que vive en nosotros.
Juan Pablo II, testigo de la esperanza, está hoy donde siempre quiso estar. Él ha pasado de la vida a la Vida. ¡Con María como nuestra guía segura, sigamos adelante con esperanza!
Reverendísimo Thomas Wenski
Obispo de Orlando
|