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El Obispo Wenski - Homilías

RITO DE ELECCIÓN – 2005

Creo que fue el hombre de letras inglés G.K. Chesterton quien cuando se le preguntó por qué iba a hacerse católico respondió: Para que se me perdonen mis pecados. Esa es casi la mejor respuesta que cualquier persona puede dar. Quizá es la segunda mejor respuesta. La mejor respuesta tal vez puede encontrarse al contestar la pregunta que el Papa Juan Pablo II presentó en su carta apostólica al cierre del Año del Gran Jubileo del 2000, Novo Milenio Ineunte (El Nuevo Milenio Entrante). “Preguntarle a los catecúmenos”, dijo, “’¿Desean recibir el Bautismo?’ significa preguntarles al mismo tiempo: ‘¿desean volverse santos?’ Significa exponerles la naturaleza radical del Sermón de la Montaña: ‘Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto’”.

Ustedes recuerdan ese viejo himno del jazz de Nueva Orleans: Oh when, Oh when the saints go marching in. Oh when the saints go marching in, Oh I want to be in that number when the saints go marching in. (Oh cuando, Oh cuando los santos entren marchando. Oh cuando los santos entren marchando, Oh yo quiero estar en ese número cuando los santos entren marchando).

Hoy, ustedes están inscritos en ese número, el número de los elegidos, escogidos para hacerse santos en Cristo. Al inscribirse en el Libro de los Elegidos, ustedes están diciendo que quieren ser santos.

El Bautismo es la verdadera entrada a la santidad de Dios, a través de la incorporación en Cristo y del habitar dentro de Su Espíritu. El don de la santidad que, por supuesto, implica el perdón de todos los pecados cometidos antes del bautizo, le es ofrecido a todos los bautizados.

Para ustedes, catecúmenos, la Cuaresma es el tiempo de las preparaciones finales para ese día, el día de su renacer en Cristo. De alguna manera, la Cuaresma, para ustedes, tiene que parecerse al tiempo que Jesús pasó en el desierto. Allí, en el desierto, por medio de la oración y del ayuno, Jesús combatió a Satanás, quien lo tentó.

Satanás ha sido el adversario de la raza humana desde la caída de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Ellos fueron seducidos por él y pecaron. El les mintió y les dijo que podían ser como Dios según sus condiciones, no según las condiciones de Dios. En el desierto, Jesús no peca. El rehusó aceptar las condiciones expuestas por Satanás: que podemos convertirnos en dioses por nosotros mismos mediante la búsqueda del poder, del placer o de las riquezas. Jesús, el Hijo de Dios, muestra cómo hacerse semejante a Dios (God-like): es por medio de la obediencia a la voluntad de Su Padre. Buscando el Bautismo, ustedes prometen vivir su vida – no según las condiciones de Satanás, no según sus condiciones, ni siquiera según las condiciones del mundo, sino según las condiciones de Cristo. Esas condiciones nos son reveladas en el misterio de la cruz – como cristianos católicos ustedes están llamados a celebrar ese misterio cada Domingo en el Santo Sacrificio de la Misa, y ustedes son llamados a vivir ese misterio cada día tomando la cruz en su vida por medio de la imitación amorosa de Jesucristo.

Y así, ya que la Cuaresma es este tiempo de la preparación final, también tiene que ser un tiempo de oración y de ayuno para ustedes, de modo que cuando llegue el Sábado Santo estén listos para que sus pecados sean perdonados. Por su ayuno y sus mortificaciones ustedes aprenderán a decir “no” a ustedes mismos y a las inclinaciones pecaminosas de su perdida naturaleza humana; estarán más listos para decirle “sí” a Dios. Al renunciar a Satanás, y a todas sus obras, y a todas sus falsas seducciones, la noche del Sábado Santo estarán listos para apartarse del pecado y sumergirse en las aguas purificadoras del Bautismo.

El don de la santidad recibido en el Bautismo es también una tarea. Es una tarea que tiene que darle forma a toda nuestra vida cristiana, una que no termina en este lado del cielo. San Agustín dijo una vez; “Nuestro peregrinaje en la Tierra no puede estar exento de pruebas. Nadie se conoce a sí mismo excepto a través de las pruebas, o recibe una corona excepto después de la victoria, o lucha excepto en contra de un enemigo o de tentaciones”. (Office of Readings, First Sunday of Lent / Oficio de Lecturas, Primer Domingo de Cuaresma).

Por esta razón, nosotros los que ya estamos bautizados todavía hacemos nuestra Cuaresma. Nosotros también tenemos que ayunar y orar. Nosotros también tenemos que combatir a Satanás, resistiendo sus tentaciones para imponernos sus condiciones en lugar de las de Dios. Por esta razón, durante la Cuaresma, nosotros los bautizados también buscamos que se nos perdonen nuestros pecados –los pecados que hemos cometido después del Bautismo. Porque, el Domingo de Pascua de Resurrección, nos uniremos a ustedes para profesar nuestra Fe Bautismal y renovar nuestras Promesas Bautismales. Por esta razón, aún mientras ustedes se preparan para que sus pecados sean perdonados en las aguas del Bautismo, nosotros también nos preparamos para que nuestros pecados sean perdonados en el Sacramento de la Penitencia, el cual nos restaura a nuestra inocencia bautismal.

La santidad a la que somos llamados no debe ser malentendida como alguna clase de existencia extraordinaria, solamente posible para unos pocos “héroes poco comunes” de la santidad. Los caminos a la santidad son muchos, de acuerdo con la vocación de cada individuo. Demasiado a menudo, se hace mucho del hecho que hay muchos pecadores en la Iglesia. Y es un hecho; pero no sé por qué estamos tan sorprendidos – ya que Cristo hizo la Iglesia para pecadores. Tal vez es así como Chesterton supo que el único lugar en el que él podía conseguir que sus pecados fueran perdonados era en la Iglesia Católica.

Sin embargo, tenemos que no olvidar que la Iglesia también está llena de santos – tanto vivos como muertos. Algunos de ustedes, quizás, comenzaron su jornada hacia el Bautismo por la inspiración, por el testimonio de uno de estos santos vivos, cristianos ordinarios que se atienen a los elevados principios del Evangelio. Los santos de la Iglesia, especialmente aquéllos reconocidos como tales por medio de la canonización, así como “aquellos santos en ciernes”, (sus padrinos), pueden ayudar a “instruirlos” en los caminos de la santidad. Su vida puede animarlos; porque, si es verdad que por nuestra perdida naturaleza no hay santo que no tenga un pasado, también es verdad que, en Cristo, no hay pecador que no tenga un futuro.

Hoy, al seguir adelante y continuar esa jornada de fe que los llevará a los Sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Sagrada Eucaristía de la Pascua de Resurrección, prepárense bien para abrazar el don de la santidad y para aceptar la tarea de la santidad. De nuevo, como enseña el Papa Juan Pablo II: “en vista de que el Bautismo es una verdadera entrada a la santidad de Dios ….. sería una contradicción conformarse con una vida de mediocridad, marcada por una ética minimalista y una religiosidad superficial”.

Oh cuando los santos entren marchando. Oh cuando los santos entren marchando, Oh yo quiero estar en ese número cuando los santos entren marchando.

 

 


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