El
Obispo Wenski
Día de Concienciación Pastoral -
Marzo 4, 2006
Comentarios Resumidos del Obispo Tomás Wenski
Iglesia Católica de San Pedro y San Pablo
Nadie debe sorprenderse de que la Iglesia Católica haya tomado una posición firme a favor de los inmigrantes. Después de todo, muchos recién llegados son de hecho católicos o vienen de tierras católicas. Y la mayoría de nosotros, católicos, afortunados de haber nacido en los Estados Unidos, estamos sólo a una o dos generaciones de distancia de la experiencia de los inmigrantes. Y aquéllos que conocen su Historia de los Estados Unidos están conscientes de cuánto el nativismo anti-inmigrante que surgió en el siglo XIX fue una manifestación de un profundo anticatolicismo que aún tiene que ser plenamente eliminado de nuestra conciencia nacional.
Nuestra defensa “pro-inmigrante” se trata de más que un “auto-interés progresista”. Es una aplicación vivida del mensaje del Evangelio mismo. Como los Obispos de los Estados Unidos y México escribieron en su histórica carta pastoral del 2003, “Stranger No Longer, Together on the Journey of Hope” /Juntos en el Camino de la Esperanza, Ya no somos Extranjeros” “Nuestra fe común en Jesucristo nos mueve a buscar caminos que favorecen un espíritu de solidaridad. Es una fe que trasciende fronteras y nos impulsa a superar toda las formas de discriminación y de violencia para poder construir relaciones que sean justas y amorosas”.
Nunca ha sido más necesario este llamado a la solidaridad que hoy en día. Un “neo-nativismo” populista, clamando en contra de los llamados “extranjeros ilegales”, cataloga a aquéllos que han venido a nuestra tierra en busca de una nueva vida para ellos y para su familia, como “infractores de la ley”. Recientemente, se ha propuesto una legislación (aprobada en la Cámara de Representantes, HR 4437) que criminalizaría su presencia en los Estados Unidos. Es una pena que el proponente de esta legislación sea un católico. De ser aprobada, HR 4437 alteraría los valores americanos básicos de justicia y debido procesamiento, y debilitaría severamente nuestro sistema protector de asilo y refugio. Su alcance se extendería asimismo a los ciudadanos americanos, incluyendo a aquéllos que como los miembros de nuestras parroquias le ofrecen el sustento básico a un extranjero indocumentado, en un acto de misericordia.
La realidad es que debido a nuestras leyes de inmigración inadecuadas y anticuadas, estos inmigrantes no están tanto “violando la ley” como siendo “violados” por ella. La inmigración ilegal no debe ser tolerada; mas la solución no está en castigar a las víctimas, porque estos “trabajadores ilegales” con frecuencia tienen que hacerle frente a la discriminación y a la explotación, sino en proveer avenidas legales para que ellos regularicen su estatus en nuestro país. El llamado nativista a que los expulsen es poco práctico y cínico. La renuencia de nuestros legisladores en promulgar una verdadera amplia reforma inmigratoria es también poco práctica, cínica y cobarde por añadidura. Leyes que ayudarían a aparejar a un trabajador con buena disposición con un empleador con buena disposición harían más por arreglar la “crisis de inmigración” que muros más altos a lo largo de nuestras fronteras.
Nuestra experiencia americana ha mostrado que los inmigrantes le traen una nueva energía, esperanza y vitalidad a nuestra sociedad. Los inmigrantes han hecho a América más fuerte, no más débil; han hecho a América más rica, no más pobre; han hecho a América mejor, no peor. Hoy, con una población nativa que está envejeciendo, los inmigrantes son todavía necesarios para ocupar los puestos que mantienen funcionando el motor económico de América.
Las leyes de inmigración anticuadas e inadecuadas son, ciertamente, problemáticas: los empleadores son privados de una fuerza laboral legal; los trabajadores inmigrantes son privados de la protección de la ley; las familias son divididas por períodos de tiempo inaceptables; con frecuencia los traficantes victimizan y algunas veces matan a las personas con las que trafican. Estos son problemas que una legislación amplia tiene que tratar. Sin embargo, el recién llegado a nuestro medio, aunque no tenga “papeles” no es un “problema”, sino una persona, una persona en la que debemos reconocer el rostro del Señor. “Porque fui forastero y ustedes me recibieron en su casa.” (Mt 25:35).
Los hispanos son ya el grupo minoritario más grande en los Estados Unidos. También constituyen la proporción más grande de los más de 40 millones de inmigrantes que han llegado a estas costas – legal o ilegalmente – desde mediados del 1960, cuando las restricciones de inmigración de la era del 1920 fueron suspendidas.
Visto como un todo, ellos representan una gran oportunidad y una gran esperanza para la sociedad de los Estados Unidos y para la Iglesia Católica en América. (Actualmente, más del 20% de los sacerdotes ordenados en los Estados Unidos cada año, son nacidos en el extranjero – y un número significativo de ellos son, por supuesto, hispanos.). Los inmigrantes hispanos pueden, yo creo, renovar la sociedad americana, ya que representan un antídoto contra el individualismo y contra el relativismo moral que ha emigrado de nuestra élite a nuestra cultura popular.
Los inmigrantes, y los hispanos en particular, que buscan una oportunidad económica en nuestra nación, todavía creen en el “sueño americano”. Creen que trabajando duro y con una oportunidad, uno puede llegar a ser alguien en este país. Esto se refleja en todos los niveles económicos, desde el profesional hasta el humilde trabajador itinerante. Se refleja particularmente en aquéllos cuyas contribuciones y potencial utilidad a la sociedad americana muchos ponen en duda, concretamente los inmigrantes pobres que aceptan los trabajos que los americanos no quieren. Los trabajos que los americanos despreciarían como trabajos “sin porvenir”, para estos inmigrantes constituyen una verdadera oportunidad de trabajo.
Algunos expresan su preocupación con referencia a que estos nuevos inmigrantes del siglo XXI no se integrarán a la sociedad americana tan exitosamente como lo hicieron los inmigrantes de principios del siglo XIX. Sin embargo, estos temores parecen ser infundados. Los hispanos quieren aprender a hablar inglés y generalmente tienen éxito en hacerlo. Sus valores, su dedicación al trabajo duro, su fuerte adhesión al núcleo familiar y a la familia extendida, y su concepto de la moralidad, han sido el centro de los valores de América desde antes de su fundación.
Una de las enseñanzas centrales del Concilio Vaticano II fue que “el hombre sólo puede realizarse por medio del sincero don de sí mismo”. En una cultura cada vez más absorta y centrada en sí misma, los inmigrantes hispanos dan testimonio de una “teología de la auto donación” profundamente católica. Ya que en la mayoría de los casos ellos han inmigrado no sólo para buscar “su propia realización”, sino para poder ayudar a sus seres queridos.
En muchos casos, venir aquí representa un sacrificio considerable – al dejar seres queridos – no para abandonarlos, sino para ayudarlos. Los millones de dólares enviados en remesas a sus países son testimonio de esta “teología de la auto donación”.
Los inmigrantes hispanos le ofrecen a América tanta oportunidad como América les ofrece a ellos. La mayoría de los estudios se enfocan en su mano de obra, su contribución a la fuerza laboral. Eso no se debe menospreciar – especialmente con el bajo índice de natalidad entre las poblaciones americanas establecidas y el inminente retiro de los nacidos inmediatamente después de la segunda guerra mundial. No obstante, su contribución potencial más grande – y la oportunidad más grande para América – es la contribución de sus valores tradicionales para renovar nuestra cultura.
En verdad, los hispanos traen mucho con que contribuir a la vida de nuestra nación y a la vida de nuestra Iglesia Católica en América. Sus valores están formados por su cultura religiosa católica. Hace más de 30 años, cuando yo estaba en el seminario, se nos dijo que el 25% de los católicos americanos eran de origen hispano. Hoy, probablemente está más cerca del 50%, contando a aquéllos que están bautizados católicos o que se identifican como católicos.
El Buró del Censo de los Estados Unidos nos dice que en la Diócesis de Orlando hay más de 400,000 hispanos viviendo en los nueve condados que componen la Diócesis. Mientras la mayoría de éstos son ciudadanos americanos de origen puertorriqueño, ellos, junto con los inmigrantes hispanos, representan un electorado tremendamente creativo y talentoso que merece un lugar en la mesa de nuestra sociedad civil, así como en nuestras iglesias.
El año pasado, la redada de 66 trabajadores indocumentados en una construcción del gobierno en el centro de Orlando, fue otro recordatorio de que “el sistema de inmigración de América es…anticuado – inapropiado para las necesidades de nuestra economía e incompatible con los valores de nuestro país. “No debemos contentarnos con leyes que castigan a personas trabajadoras que sólo quieren proveer para su familia”. La cita pertenece al Presidente George W. Bush, y fue dirigida al Congreso durante su discurso sobre el Estado de la Unión en el 2005. Para crédito suyo, él repitió palabras similares en el discurso de este año – y en Tampa el mes pasado – aunque a él no le gusta la palabra “a”, la palabra amnistía.
Los arrestos de estas “personas trabajadoras que sólo quieren proveer para su familia” no hizo nada por aumentar nuestra seguridad nacional, lo cual fue el pretexto usado por el Bureau of Inmigration and Control Enforcement al arrestarlos. Ni, en realidad, lo hacen la “justicia” vigilante de los Minutemen y otros grupos civiles que han tomado en sus propias manos el hacer cumplir las leyes de inmigración en la frontera suroeste de nuestra nación o en los suburbios de Maryland.
Empleando tanto de nuestros escasos recursos para hacer cumplir las leyes en perseguir albañiles, amas de llaves, y camareros quienes están buscando una vida mejor para su familia, no debe ser más una aplicación aceptable de nuestros recursos de seguridad en un mundo posterior al 9/11. Después de todo, hay criminales, traficantes de drogas y terroristas que aprehender.
Para arreglar el sistema, tenemos que tratar tanto el futuro flujo de inmigrantes hacia los Estados Unidos, como a los trabajadores indocumentados que ya viven aquí. Los llamados “ilegales” son eso no porque ellos desean desafiar la ley, sino porque la ley no los provee con ningún canal para regularizar su estatus en nuestro país – que necesita su labor; como dije, ellos no están violando la ley, la ley está violándolos a ellos. Si en el Congreso los partidos echan a un lado intolerantes intereses partidistas y verdaderamente trabajan por el bien común, podemos alcanzar una reforma que proteja los intereses de todos los trabajadores, tanto inmigrantes como nacidos en los Estados Unidos.
Una reforma verdadera debe reconocer que los inmigrantes ya son parte de nuestras comunidades y proveer reglas con sentido común para trabajadores y empleadores. Muchos inmigrantes hacen trabajos esenciales pero que pagan muy poco, que la mayoría de los americanos pasan por alto. Ellos cuidan de nuestros niños y de nuestros ancianos, limpian nuestros edificios de oficinas y las habitaciones de nuestros hoteles, cosechan y sirven nuestros alimentos, y trabajan en lugares de construcción y en otros proyectos en nuestras comunidades. Estos trabajadores inmigrantes deben poder buscar un salario decente, cuidado de salud, y respeto en el trabajo por parte de empleadores que puedan contratarlos libremente sin tener que preocuparse de sanciones legales.
Los Obispos católicos de los Estados Unidos se encontraban entre diversas organizaciones religiosas, laborales, de negocios y de defensa a los inmigrantes, entusiasmados al escuchar que el Presidente Bush tenía un plan de reforma de inmigración, primeramente develado en enero del 2004. En ese momento le felicitamos a él por volver a empezar el diálogo sobre la reforma de inmigración.
El 3 de marzo el Cardenal McCarrick se reunió en Washington con un grupo de líderes de distintas creencias religiosas, haciendo de nuevo un llamado a una completa reforma de inmigración. Confiamos que el Congreso preste este mes su atención a la reforma de inmigración. Ahí hay una propuesta sensata: Secure America and Orderly Immigration Control Act (S. 1033, HR 2330) propuesta por los Senadores McCain y Kennedy el año pasado. Se supone que el Comité Judicial del Senado la discuta este mes de marzo.
No se debe permitir que el resurgir del sentimiento anti-inmigrante “nativista”, que evoca la xenofobia de los “Know-Nothings” en el siglo XIX, destruya la amplia y diversa coalición para una reforma sustancial de inmigración que está surgiendo entre organizaciones laborales, de negocios y basadas en la fe.
Es hora de reconocer a quienes vienen a nuestra nación, trabajan duro, y contribuyen a la estructura económica, cultural, y social de nuestro país, igual que lo hicieron muchos de nuestros abuelos y bisabuelos.
Sin embargo, los que sobreviven el reto del peligro de cruzar la frontera, encuentran trabajo en poco tiempo. Nuestra economía necesita su labor: el Departamento del Trabajo proyecta que para el año 2008 habrá seis millones de trabajos de poca capacidad, más de los que los americanos puedan ocupar. Al mismo tiempo, estos trabajadores contribuyen con miles de millones al sistema de impuestos y al del Seguro Social.
Necesitamos una legislación reformada de inmigración con tres componentes principales, semejantes a una banqueta de tres patas. El plan de la administración trata sólo una pata – el empleo de trabajadores temporeros – lo cual no es suficiente para soportar el peso del sistema.
Primero, una nueva propuesta debe señalar los medios para que los residentes indocumentados a largo plazo puedan tener acceso a la residencia permanente. La legalización no significa necesariamente amnistía. Puede estar condicionada a cualquier número de criterios, incluyendo, por ejemplo, “el aporte al bienestar económico de este país”, que los indocumentados ya han ofrecido a través de su trabajo en los Estados Unidos. Tal remedio legal estabilizaría tanto a las familias inmigrantes, como a la fuerza laboral. La legalización no tiene que significar un pase gratuito – a aquéllos en el país “sin estatus” se les podría pedir que pagaran una multa antes de ser elegibles para regularizar su estatus.
Segundo, se debe reformar el sistema de inmigración legal basado en el empleo, de manera que aumenten las avenidas legales para trabajar mientras se protegen los derechos tanto de los trabajadores extranjeros como de los trabajadores americanos. Esto permitiría que un futuro fluir de trabajadores entrara seguro y legalmente, y reduce las muertes en la frontera.
Tercero, el plan acortaría el tiempo de espera bajo el sistema de reunificación de la familia. A menudo nuestro actual sistema separa a esposos de sus esposas y a padres de sus hijos con demasiada frecuencia, un resultado moralmente inaceptable en una nación edificada sobre la fortaleza de la familia. Polemistas anti-inmigrantes ignoran la tragedia humana y la dislocación familiar permitida por el statu quo, mientras que descuentan las contribuciones invaluables que hacen los inmigrantes a nuestra nación.
En general, los americanos son personas justas. No podemos continuar aceptando los beneficios de los obreros indocumentados sin estar dispuestos a extenderles la protección de la ley. Repito, los indocumentados no están “violando” la ley tanto como están siendo “violados” por la ley. Después de la infeliz experiencia de nuestro país con las “leyes" de Jim Crow, que resultaron en la creación de una gran clase baja negra, no debemos repetir el mismo error tolerando la creación de una gran clase baja de inmigrantes, no concediéndoles recursos legales que les permita tener la protección de la ley y la oportunidad de ascender.
Aplaudimos al Presidente Bush por reconocer como el presente régimen de inmigración hiere tanto a los americanos como a los indocumentados inmigrantes en América. El Congreso debe trabajar con el Presidente Bush para aprobar una amplia solución a nuestra crisis inmigrante. Solamente tal amplio enfoque de “tres patas” habrá de proteger los derechos humanos y preparar a nuestra nación para los retos del futuro. Cualquier propuesta de reforma de inmigración tiene que ser evaluada desde ese contexto, dentro de esa claridad.
Los Obispos de los Estados Unidos y de México, en su declaración pastoral de enero del 2003, Juntos en el Camino de la Esperanza, desarrollaron algunos principios importantes, con la esperanza de ofrecerle a los legisladores un medio de elaborar una reforma de nuestro quebrantado sistema de inmigración que habrá de servir a la persona humana.
Las personas tienen el derecho de encontrar oportunidades en sus países. La migración debe realizarse por elección, no por necesidad. Las migraciones forzadas debido a conflictos o a pobreza van en contra de la dignidad humana.
Las personas tienen el derecho de migrar para mantenerse y mantener a su familia. En otras palabras, como seres humanos, todas las personas deben disfrutar las condiciones dignas de la vida humana. Cuando estas condiciones no se encuentran en la patria de uno, uno tiene el derecho de buscar esas condiciones en otra parte.
Los estados soberanos tienen el derecho de controlar sus fronteras. Esta es una función de soberanía al servicio del bien común. Pero las obligaciones con la solidaridad superan los derechos de soberanía. Se les debe dar protección a los refugiados y los que buscan asilo. Aquéllos que huyen de la persecución tienen el derecho a buscar un lugar a salvo, y nosotros tenemos la obligación moral de concedérselos aún cuando sea temporalmente.
Este principio está siendo violado ahora, en este momento, por la repatriación sumaria en nuestra nación de los Haitianos balseros, que están sufriendo el conflicto en su tierra natal.
La dignidad humana y los derechos humanos de los indocumentados deben de ser respetados. De nuevo, la falta de documentos legales no anula la dignidad humana ni los derechos de un inmigrante. Mientras que se hace una gran cosa de su “violación de la ley”, sería más preciso decir que más bien, la “ley los está violando” a ellos.
Nuestras leyes tienen que ser arregladas – necesitan ser arregladas para asegurar una justa y completa integración de los inmigrantes en nuestra sociedad. Los inmigrantes podrán integrarse plenamente a nuestra vida nacional cuando los recursos legales provean, un camino hacia la futura ciudadanía para su estatus permanente y para la protección de sus derechos laborales. Esta es la posición de fuerza que puede integrar exitosamente al recién llegado, para su beneficio y para el beneficio de toda la nación.
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