El
Obispo Wenski
EL CAMINO DE UN OBISPO HACIA LA MAYORDOMIA
La mayordomía, o sea, el uso y distribución responsable de los bienes que poseemos, es una forma de vida; y es una respuesta muy concreta al llamado de Jesús a seguirle.
Después de una noche pescando sin ningún éxito, Pedro y los demás apóstoles oyeron a Jesús decir: Duc in altum! Remar mar adentro. A pesar de que esto iba en contra de toda su experiencia anterior, Pedro obedeció a Jesús y fue recompensado con una gran pesca. Su confianza en Jesús y su disposición a aventurarse más allá de su confianza en sí mismo nos dice algo sobre los desafíos y bendiciones de un estilo de vida en base a la mayordomía. Tal y como Pedro, cuando nos lanzamos en esta empresa, nos sentimos humildes porque recibimos mucho más de lo que damos.
Una de las principales enseñanzas del Concilio Vaticano Segundo es que la única forma en que el hombre se siente realizado es dándose él mismo. En una cultura cada vez más consumista, materialista y radicalmente individualista, la Mayordomía nos recuerda que podemos encontrar la felicidad, y “realización personal” (en las palabras de los Padres Conciliares) no a través de gratificando a sí mismo sino a través dar de sí mismo. Como miembros del Cuerpo de Cristo, por el misterio de la Cruz, nos unimos a Cristo y a la ofrenda sacrificial de su vida al ofrecernos nosotros mismos a Dios y a nuestro prójimo. Esto es Mayordomía vivida desde dentro del corazón de Dios – una mayordomía en la que cada uno trae los dones que El nos concedió – y al mismo tiempo recibe más aún. En la común unión de nuestra Iglesia no hay alguien tan rico que no pueda recibir; ni tampoco hay alguien tan pobre que no tenga algo que dar.
Buena parte de mi sacerdocio lo pasé entre refugiados e inmigrantes – especialmente los Haitianos, a quién serví como párroco por casi veinte años. Muchas veces los conocí llegando a nuestras costas en botes desvencijados. Compartí su lucha por encontrar dignidad y protección en este país, y miraba con admiración como vencían obstáculos aparentemente insalvables para crear una nueva vida para ellos y sus familias. Al mirar atrás, veo que en su lucha contra la opresión, la pobreza, la discriminación y los prejuicios, estaban realizándose a sí mismos a través de su entrega de sí mismos y de sus dones. Verdaderamente, el dejar su patria arriesgando todo en una nueva tierra no era solamente cuestión de realización personal, ellos no solamente vinieron para obtener las cosas materiales de que carecían en su país. Su llegada a nuestras cosas se produjo a costa de un gran riesgo y un gran sacrificio, pues dejaban atrás a sus seres queridos y todo lo que les era conocido. Y lo hicieron precisamente por ayudar a los que dejaban atrás. Su sacrificio diario al mandarles millones en remesas es un buen ejemplo de mayordomía – de vivir no para sí mismos, sino para los demás.
Al empezar el Nuevo Milenio, nuestro Santo Padre nos llamó a “empezar de nuevo desde Cristo”, atendiendo a su llamado de “Duc in altum! Remar mar adentro”. Juntos, vayamos a la viña del Señor y trabajemos como mayordomos, ofreciéndonos nosotros mismos en agradecimiento al Dios que es origen de cuanto don tenemos y destino de cuanto don devolvemos para Su mayor honor y gloria.
Octubre 2004
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