El
Obispo Wenski - Declaraciones
CUARESMA 2005
Con el Miércoles de Ceniza, Febrero 9, hemos comenzado una vez más nuestra jornada Cuaresmal de renovación y conversión contínua de mente y corazón. Estos cuarenta días de oración, ayuno y limosnas nos preparan para el Domingo de Pascua de Resurrección cuando renovaremos nuestras Promesas Bautismales de renunciar al pecado y vivir como hijos de Dios.
Cristo es el nuevo Adán, cuya obediencia a la voluntad de Dios nos reconciliará con el Padre “aún hasta la muerte” y hace del pecado de Adán esa “falta feliz” que ganó para nosotros tan gran Redentor (Pregón Pascual, liturgia del Sábado Santo).
El pecado de Adán y Eva fue, fundmentalmente, un pecado de orgullo y desobediencia. Ante la tentación, ellos sucumben y pecan; y el pecado los alejó a ellos y a su prole de una vida en comunión con Dios. El Libro del Génesis, al narrar la historia de la Caída, habla en un lenguaje altamente figurado –un lenguaje que es difícil para muchos de nosotros captar hoy. Sin embargo, es importante comprender cuál fue su tentación- fue hacerse como Dios –pero según sus condiciones, no las de El. Ese pecado original nos ha herido a todos – porque aún queremos pensar en nosotros como dioses- y creemos que podemos hacernos dioses según nuestras condiciones. Esas condiciones definen la forma en que nos llegan las tentaciones. Un viejo predicador de campo dijo una vez que podemos clasificar las tentaciones dentro de una de las 3 “Ges”: Guns (pistolas), gals (mujeres) – o guys (u hombres), según sea el caso, y gold (oro). En otras palabras, en lugar de buscar la voluntad de Dios, buscamos imponer la nuestra por medio de la persecución egoísta del poder, del placer o de las riquezas.
Estos cuarenta días de Cuaresma están designados a ponernos de nuevo en buenos términos con Dios guiándonos a arrepentirnos por las veces que hemos buscado imponerle a El o al prójimo nuestras condiciones.
La Cuaresma es un tiempo para negarnos a nosotros mismos y para ayunar. Antes de poder decirle sí a Dios o a un prójimo necesitado, tenemos que poder decirnos no a nosotros mismos. El ayuno nos aparta de la tentación de perseguir el placer de por sí.
Y la Cuaresma es un tiempo para dar limosnas. Las Escrituras dicen que la caridad cubre una multitud de pecados. Ayudando a los necesitados, imitamos la misericordia de Dios que esperamos será derramada sobre nosotros. No la regla del oro sino la regla dorada nos ganará la misericordia de Dios.
Jesús, quien es Dios, también comparte nuestra naturaleza humana –El también es tentado, pero no peca. El se niega a aceptar las condiciones definidas por el Adversario. Su camino a Dios, y por medio de El, nuestro camino, no es a través de la búsqueda del poder, o del placer, o de las riquezas, sino a través de la obediencia a la voluntad de Dios.
En Cristo, podemos volvernos como Dios –pero siempre según las condiciones de Dios, no las nuestras. Por medio de El, entramos en la misma vida de Dios, en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Con El, caminamos hacia la gloria de la Jerusalén celestial a lo largo del camino de la Cruz. En El, nos convertimos en una nueva creación y somos hechos hijos de Dios por medio del don de Su Espíritu Santo, para que podamos vivir no más para nosotros mismos, sino para El (cf. IV Oración Eucarística).
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