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SACERDOTES Y DIACONOS:  El Obispo Wenski les pide que lean lo siguiente como guía para una homilía para la celebración del Sacramento del Bautismo.  Esta es una traducción del Vaticano de la homilía de Benedicto XVI predicada el 7 de Enero durante la Misa celebrada el día de la fiesta del Bautismo del Señor.  La Misa fue celebrada en la Capilla Sextina:  “Cada Niño que Nace Nos Trae la Sonrisa de Dios”.

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Fiesta del Bautismo del Señor
Domingo 7 de enero de 2007

Queridos hermanos y hermanas: 
Nos volvemos a encontrar, también este año, para una celebración muy familiar:  el bautismo de trece niños en esta estupenda capilla Sixtina, donde la creatividad de Miguel Ángel y de otros insignes artistas supo realizar obras maestras que ilustran los prodigios de la historia de la salvación. E inmediatamente quisiera saludaros a todos los presentes:  a los padres, a los padrinos y madrinas, a los parientes y amigos que acompañan a estos recién nacidos en un momento tan importante para su vida y para la Iglesia. Cada niño que nace nos trae la sonrisa de Dios y nos invita a reconocer que la vida es don suyo, un don que es preciso acoger siempre con amor y conservar con esmero en todo momento.

El tiempo de Navidad, que se concluye precisamente hoy, nos ha hecho contemplar al Niño Jesús en la pobreza de la cueva de Belén, cuidado amorosamente por María y José. Cada hijo que nace Dios lo encomienda a sus padres; por eso, ¡cuán importante es la familia fundada en el matrimonio, cuna de la vida y del amor! La casa de Nazaret, donde vive la Sagrada Familia, es modelo y escuela de sencillez, paciencia y armonía para todas las familias cristianas. Pido al Señor que también vuestras familias sean lugares acogedores, donde estos pequeños puedan crecer, no sólo con buena salud, sino también en la fe y en el amor a Dios, que hoy con el bautismo los hace hijos suyos.

El rito del bautismo de estos niños tiene lugar en el día en que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, con la que, como decía, se concluye el tiempo de Navidad. Acabamos de escuchar el relato del evangelista san Lucas, que presenta a Jesús mezclado con la gente mientras se dirige a san Juan Bautista para ser bautizado. Cuando recibió también él el bautismo, —escribe san Lucas— "estaba en oración" (Lc 3, 21). Jesús habla con su Padre. Y estamos seguros de que no sólo habló por sí, sino que también habló de nosotros y por nosotros; habló también de mí, de cada uno de nosotros y por cada uno de nosotros.

Después, el evangelista nos dice que sobre el Señor en oración se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre él. En este momento podemos pensar que el cielo se abre también aquí, sobre estos niños que, por el sacramento del bautismo, entran en contacto con Jesús. El cielo se abre sobre nosotros en el sacramento. Cuanto más vivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo se abre sobre nosotros.

Y del cielo —como dice el evangelio— aquel día salió una voz que dijo a Jesús; "Tú eres mi hijo predilecto" (Lc 3, 22). En el bautismo, el Padre celestial repite también estas palabras refiriéndose a cada uno de estos niños. Dice:  "Tú eres mi hijo". En el bautismo somos adoptados e incorporados a la familia de Dios, en la comunión con la santísima Trinidad, en la comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Precisamente por esto el bautismo se debe administrar en el nombre de la santísima Trinidad. Estas palabras no son sólo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que vuestros niños renacen como hijos de Dios. De hijos de padres humanos, se convierten también en hijos de Dios en el Hijo del Dios vivo.

Pero ahora debemos meditar en unas palabras de la segunda lectura de esta liturgia, en las que san Pablo nos dice:  él nos salvó "según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo" (Tt 3, 5). Un baño de regeneración. El bautismo no es sólo una palabra; no es sólo algo espiritual; implica también la materia. Toda la realidad de la tierra queda involucrada. El bautismo no atañe sólo al alma. La espiritualidad del hombre afecta al hombre en su totalidad, cuerpo y alma. La acción de Dios en Jesucristo es una acción de eficacia universal. Cristo asume la carne y esto continúa en los sacramentos, en los que la materia es asumida y entra a formar parte de la acción divina.

Ahora podemos preguntarnos por qué precisamente el agua es el signo de esta totalidad. El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. Y así, en todas las grandes religiones, el agua se ve como el símbolo de la maternidad, de la fecundidad. Para los Padres de la Iglesia el agua se convierte en el símbolo del seno materno de la Iglesia.

En un escritor eclesiástico de los siglos II y III, Tertuliano, se encuentran estas sorprendentes palabras:  "Cristo nunca está sin agua". Con estas palabras Tertuliano quería decir que Cristo nunca está sin la Iglesia. En el bautismo somos adoptados por el Padre celestial, pero en esta familia que él constituye hay también una madre, la madre Iglesia. El hombre no puede tener a Dios como Padre, decían ya los antiguos escritores cristianos, si no tiene también a la Iglesia como madre. Así de nuevo vemos cómo el cristianismo no es sólo una realidad espiritual, individual, una simple decisión subjetiva que yo tomo, sino que es algo real, algo concreto; podríamos decir, algo también material.

La familia de Dios se construye en la realidad concreta de la Iglesia. La adopción como hijos de Dios, del Dios trinitario, es a la vez incorporación a la familia de la Iglesia, inserción como hermanos y hermanas en la gran familia de los cristianos. Y sólo podemos decir "Padre nuestro", dirigiéndonos a nuestro Padre celestial, si en cuanto hijos de Dios nos insertamos como hermanos y hermanas en la realidad de la Iglesia. Esta oración supone siempre el "nosotros" de la familia de Dios.

Pero ahora debemos volver al evangelio, donde Juan Bautista dice:  "Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo (...). Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego" (Lc 3, 16). Hemos visto el agua; pero ahora surge la pregunta:  ¿en qué consiste el fuego al que alude san Juan Bautista? Para ver esta realidad del fuego, presente en el bautismo juntamente con el agua, debemos observar que el bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era sólo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro. En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos sólo nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo actúa Dios mismo, actúa Jesús mediante el Espíritu Santo. En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no sólo nosotros. Dios está presente hoy aquí. Él asume y hace hijos suyos a vuestros niños.

Pero, naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa sólo con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo. Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, el cual ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el "sí" que confiere eficacia a la acción divina.

Estos hijos vuestros, a los que ahora bautizaremos, son aún incapaces de colaborar, de manifestar su fe. Por eso, asume valor y significado particular vuestra presencia, queridos padres y madres, y la vuestra, queridos padrinos y madrinas. Velad siempre sobre estos niños vuestros, para que al crecer aprendan a conocer a Dios, a amarlo con todas sus fuerzas y a servirlo con fidelidad. Sed para ellos los primeros educadores en la fe, ofreciéndoles, además de enseñanzas, también ejemplos de vida cristiana coherente. Enseñadles a orar y a sentirse miembros activos de la familia concreta de Dios, de la comunidad eclesial.

Para ello os puede ayudar mucho el estudio atento del Catecismo de la Iglesia católica o del Compendio de ese Catecismo. Contiene los elementos esenciales de nuestra fe y podrá ser un instrumento muy útil e inmediato para crecer vosotros mismos en el conocimiento de la fe católica y para poderla transmitir íntegra y fielmente a vuestros hijos. Sobre todo, no olvidéis que es vuestro testimonio, vuestro ejemplo, lo que más influirá en la maduración humana y espiritual de la libertad de vuestros hijos. Aun en medio del ajetreo de las actividades diarias, a menudo vertiginosas, no dejéis de cultivar, personalmente y en familia, la oración, que constituye el secreto de la perseverancia cristiana.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendemos a estos niños y a sus familias:  que María vele sobre ellos y los acompañe siempre, para que realicen completamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno. Amén.

PURIFICACION DE LAS VASIJAS EN LA MISA:  El siguiente memorándum del Obispo Wenski fue enviado hoy a todos los sacerdotes, diáconos y directores de liturgia.  Pronto estará disponible en la sección de Culto (Worship) de la www.orlandodiocese.org.

La edición del 2002 de la Instrucción General del Misal Romano / General Instruction of the Roman Misal (GIRM) estipulaba que la purificación de las vasijas en la Misa fuera hecha por el sacerdote, el diácono, o un acólito instituído. (No. 278)

Debido a la práctica común en este país de dar la comunión bajo las dos especies en Misas muy concurridas, con muchos ministros extraordinarios, en esa ocasión, los Obispos de los Estados Unidos pidieron permiso para que los ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión ayudaran a purificar las vasijas.  En respuesta, ese mismo año, la Congregación del Culto Divino y de la Disciplina de los Sacramentos concedió un indulto permitiéndole a los Obispos “conceder a los celebrantes la facultad de permitirle a los ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión ayudar en la purificación de las sagradas vasijas después de la distribución de la Comunión en la Misa”. (Prot.1382/01/L)

Ese indulto fue concedido por un período de tres años.  Cuando el indulto expiró en el año 2005, los Obispos americanos pidieron que fuera extendido o hecho permanente.  Sin embargo, después de consultar con el Papa Benedicto XVI, a la Congregación del Culto Divino le pareció aconsejable no extender el indulto, y así hacer que la ley universal se aplicara también a los Estados Unidos de América.

Comenzando el Primer Domingo de Adviento del año 2006, la Diócesis de Orlando se ajustará a la ley universal de la Iglesia.  Los sacerdotes que sirven en la Diócesis de Orlando tienen que asegurarse que todas las vasijas sagradas sean purificadas por un sacerdote, un diácono o un acólito instituído.  Se espera que volver en nuestro país a la práctica más general de la Iglesia universal ilustre mejor la naturaleza de servicio del ministro ordinario, así como la dignidad del Santísimo Sacramento.

Esto puede causar alguna dificultad en parroquias que tienen congregaciones numerosas que distribuyen la Sagrada Comunión bajo las dos especies, especialmente cuando no hay un diácono o un acólito instituído disponible.

Varias opciones pastorales son posibles:

  • El GIRM permite que las vasijas sean purificados después de la Comunión o después de la Misa.  Los sacerdotes, diáconos y/o acólitos instituídos pueden encontrar más conveniente hacerlo después de la Misa.

En cualquier caso, toda la Preciosa Sangre que quede debe ser consumida al final de la Comunión.  Los ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión, como es costumbre actualmente, pueden consumir cualquier Preciosa Sangre que quede después de la Comunión. 

  • La distribución de la Sagrada Comunión bajo una sola especie (el Pan consagrado) es una opción legítima cuando la purificación adecuada de las sagradas vasijas no puede hacerse de otra manera.
  • También, mojar el Pan consagrado en la Preciosa Sangre (intinction) es aún una opción legítima (siempre y cuando la Sagrada Comunión en esta forma, sea recibida solamente en la lengua y nunca en la mano).  No obstante, como ésta no es ya una práctica familiar aquí en los Estados Unidos, requeriría alguna catequesis previa.  Además, en Misas muy concurridas, esta forma de recibir la Sagrada Comunión no disminuiría el número de vasijas a ser purificadas.

Como he declarado en comunicaciones previas, la decisión de distribuir la Sagrada Comunión bajo una especie o bajo ambas especies queda a la discresión del párroco.

INDULGENCIA PLENARIA: El Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, amablemente le ha concedido una Indulgencia Plenaria especial a los fieles durante este Año de la Eucaristía. Se puede ganar una Indulgencia Plenaria cada vez que:

  • el fiel participe en una función sagrada o en un ejercicio devocional realizado en honor del Santísimo Sacramento, lo mismo si está solemnemente expuesto o reservado en el tabernáculo;
  • miembros del clero o aquéllos en vida religiosa, y los fieles laicos que puedan hacerlo, reciten la Liturgia de las Horas ante el Santísimo Sacramento reservado, lo mismo como comunidad que en privado;
  • aquéllos que debido a una enfermedad o a otra causa justa no puedan participar en un acto de rendir culto en una iglesia u oratorio, “hagan la visita espiritualmente y con el deseo de corazón, con un espíritu de fe en la presencia real de Jesucristo en el Sacramento del Altar, y recen el Padre Nuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa a Jesús Sacramentado (por ejemplo, “Que el Santísimo Sacramento sea bendito y alabado por siempre”.)”.

En todos los casos, se tienen que cumplir las condiciones usuales: participar en el Sacramento de la Confesión, recibir la Sagrada Comunión, y orar por las intenciones del Santo Padre con el alma completamente apartada de cualquier forma de pecado.


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