Las Bienaventuranzas — Enero 2017

Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.

Mateo 5:3

Mis Hermanas y Hermanos en Cristo:

Las Bienaventuranzas están en el corazón de la predicación de Jesús. Toman las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham y cumplen estas promesas al ordenarles a ganar el Reino de los Cielos.  Como Jesús habló al pueblo hebreo, también habla a la gente de cada nación a lo largo de todos los tiempos. Las Bienaventuranzas revelan el objetivo de nuestra existencia, el final de actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Dios nos puso en el mundo para conocer, amar y para servirle a Él y también llegar al paraíso. Las Bienaventuranzas nos llevan hacia la santidad para que podamos participar en la vida eterna.  Las Bienaventuranzas nos enseñan a amar a Dios sobre todas las cosas y cómo amarse uno al otro.

Las Bienaventuranzas revelan la riqueza de la palabra de Dios que sólo puede convertirse en un tesoro si participamos en él; si escuchamos, oramos y aceptamos la palabra de Dios como parte de nuestra vida diaria.  Cada bienaventuranza es una bendición para nosotros; un camino a seguir para conseguir este tesoro.

Nombro la primera bienaventuranza de esta columna porque nos habla a ser humildes ante el Señor.  En el Antiguo Testamento, los pobres de espíritu son aquellos que carecen de posesiones materiales, y cuya confianza es en Dios.  Es una llamada a nosotros reconocer nuestra total dependencia de Dios, no importa el rango social.

Es con esta bienaventuranza en nuestro corazón que reflejamos nuestra creencia en la santidad de la vida; la belleza de la vida desde la concepción hasta la muerte natural debido a nuestra completa dependencia de Dios.  Para poder apreciar la dificultad que tenemos con la decisión de legalizar el aborto o la pecaminosidad de la trata de personas o la disparidad de la pena de muerte, debemos volver a esta bienaventuranza; recordar que somos de Dios y que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo.

Una desconexión se nos presenta cuando, en nuestra cultura secular, cada individuo es rey y centrado en si mismo o de la glorificación de cada uno, y en nuestra vida Cristiana, cada individuo está llamado a vivir como un templo del Señor y reconocer nuestra dependencia de Dios.  María nuestra Santísima Madre nos ofrece un profundo ejemplo a seguir cuando el ángel Gabriel habla de su dar a luz el hijo de Dios y ella responde: “Mi alma proclama la grandeza del Señor. Mi espíritu regocija en Dios mi Salvador.”  La vida es una bendición de Dios.  Dentro de nuestra fidelidad, no es una elección de cada uno para determinar si se permite la vida, pero es una opción de cada uno a vivir la vida a través de, con y en Dios.  Nuestra cultura secular puede tentarnos a deshacerse de las Bienaventuranzas y vivir por lo que se siente bien o es conveniente independientemente de la santidad de cada uno donde nadie es indispensable. Se necesita valor cristiano, el don del Espíritu Santo, para proclamar con alegría la palabra de Dios.

¿Cuál es nuestra ofrenda a Dios, cuando hay tantos detractores de nuestra fe?  ¿Cómo reconciliamos lo que creemos con lo que el mundo secular pone adelante?  Seguimos el ejemplo de nuestra Madre Santísima y reflexionamos cada día sobre nuestra fidelidad hacia Dios; oremos por nosotros mismos y por unos a otros-los que tienen fe en Dios y por los que no; pedimos que no nos seamos disuadidos por los pecados de la carne; más bien que guiemos por ejemplo en todos los aspectos de la vida.

Hace algún tiempo, había una pregunta comercializada hacia gente joven y parecía ser aceptada por ellos; “¿Qué haría Jesús (QHJ) (WWJD)?”  En su simplicidad, se convirtió en una guía para el discernimiento por el cual jóvenes podrían considerar sus acciones ante Dios.  Las Bienaventuranzas son nuestra guía para cumplir con nuestro llamado bautismal a vivir como sacerdote, profeta y rey, para vivir como Dios quiere.

El Papa Francisco dijo en el tercer domingo de Adviento, “Hago un llamamiento a todos por el compromiso de hacer una elección civilizada: decir ‘no’ a la destrucción y ‘sí’ a la paz.”  Nuestro Santo Padre nos exhorta, “el contexto de esta situación es desoladora, un destino inexorable sin Dios.” Los Obispos de la Florida recientemente emitieron un comunicado con motivo del aniversario de la decisión de Roe v. Wade para permitir la legalización del aborto.  En esa declaración, observamos los desafíos que encontramos hoy en día dentro de nuestro proceso legislativo, para hacer nuestro mundo como el paraíso de Dios mientras buscamos vivir en fidelidad con los mandamientos de Dios.  Les animo a leer la declaración y a reflexionar sobre todas las “desconexiones” en nuestro mundo y cómo puede conducir humildemente ante Dios.

Somos los pobres de espíritu. Que podamos ganar el Reino de los cielos por nuestro reconocimiento que sólo estamos bendecidos porque somos de Dios.